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Desde que el español radicado en Montevideo Félix Óliver se hizo con una cámara y algún que otro truco aprendido del mismísimo Georges Méliès, allá por la década de 1920, el cine uruguayo quedó ligado al documental. Un siglo después, el género se mantiene como uno de los más prolíficos en la producción cinematográfica nacional. De las 26 películas uruguayas estrenadas en 2019, por ejemplo, un 65% fueron documentales, de acuerdo a la base de datos Cinestrenos. Mientas que la ficción busca aún los mecanismos para una mayor proliferación, el documental —que mantiene año a año su interés por las historias vinculadas a la dictadura— perdura gracias al tratamiento, a veces convencional, otras veces más innovador, de relatos biográficos de un interés social. Cuatro producciones recientes, estrenadas en el contexto de la pandemia, arribaron en las últimas semanas a plataformas virtuales alimentando la expansión del género. Son La flor de la vida: la serie, de Claudia Abend y Adriana Loeff, los largometrajes Mala madre, de la argentina Amparo Aguilar y La última escuela, del realizador Pablo Sobrino, y el corto documental La murga migrante, lanzado por el Goethe-Institut Uruguay.
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Dentro del audiovisual nacional, La flor de la vida: la serie, bien podría catalogarse como el primer spin off, un producto narrativo derivado de otro —véase Breaking Bad y Better Call Saul—. El salto, en este caso, fue mayor que el de Walter White y Saul Goodman, ya que la serie surge desde un proyecto cinematográfico. La flor de la vida (la película) se estrenó en 2018 y se consagró como el Mejor Documental Uruguayo de ese año según la asociación de críticos de cine. La película de Abend y Loeff, directoras de la popular Hit (2008), se centra en los vaivenes amorosos de Aldo y Gabriela, un matrimonio de octogenarios. Su historia, que incluye romance y aversión en cuotas similares, llegó a las directoras a través del casting en el que convocaron a un sinfín de adultos mayores a compartir, frente a cámara y sobre un escenario armado en el Auditorio Nacional del Sodre, sus visiones sobre la latencia del amor a través del tiempo y los pormenores del envejecimiento. Entrelazado con esas voces están las del pasado y presente de Aldo y Gabriela.
La película dura 86 minutos. Para establecer ese metraje, Abend y Loeff eliminaron la posibilidad de adentrarse en otras historias que no fueran las de la pareja protagonista. Sin embargo, en plena pandemia, las realizadoras decidieron revisar el material descartado con la posibilidad de reconvertirlo. El impulso principal lo obtuvieron tras obtener parte de un fondo que la Agencia Nacional de Investigación e Innovación lanzó por la cuarentena. Abend y Loeff lo tomaron como la oportunidad de contar las historias que habían dejado afuera. Junto con la montajista Virgina Plottier, el dúo de realizadores volvió a un archivo que llegó a reunir 200 horas de filmación. Fueron guiadas por su uso asiduo y metódico, según aseguraron en entrevista con Búsqueda, de planillas. El resultado es, hasta el momento, dos episodios de La flor de la vida: la serie. Están disponibles de forma gratuita y en Vimeo y se titulan Empezar de nuevo y La revancha. Este viernes 29 se estrenará el tercero y último episodio. Más adelante podrán verse por la plataforma Vera.
Las directoras coincidieron en que la cuarentena tuvo efectos ineludibles en su abordaje. “Son historias que tienen conflicto y claroscuros pero que terminan en un lugar luminoso”, señaló Loeff. “En ese sentido, son adecuadas para este contexto”, agregó. “La obra documental que hacemos, en este caso los episodios de la serie, siempre tiene al menos una función catártica. Es una búsqueda que emprendemos de una forma u otra”, reflexionó Abend a la hora de evaluar el proceso.
Si en el documental original los testimonios que rodeaban a la trama principal aportaban cierto afecto y dulzura a la encrucijada, aquí se convierten en el plato principal. También empleando un escenario del Sodre, Loeff y Abend presentan dos historias breves (alrededor de 15 minutos) sobre pasiones: hay desde un amor imprevisto en un punto final de la vida, como el de Elda y Rubén, hasta el encuentro inesperado entre una protagonista y una disciplina física, como es el caso de la corredora Sandra. Un material audiovisual diverso, vasto y personal, y un guion perspicaz con algún que otro viaje inesperado hacia el pasado inmediato (una escena muestra a la pareja de recién casados siendo retratada por cámaras digitales de mano en lugar de teléfonos) hacen de La flor: la serie una sucesora digna, entretenida y emocional de su versión original.
Mientras las directores uruguayas ya trabajan en su próximo proyecto, vinculado a la maternidad, del otro lado del Río de la Plata la cineasta argentina Amparo Aguilar presenta su propia exploración de la temática en el documental Mala madre, estrenado en Vimeo, que desde el 21 de mayo se puede alquilar por cuatro dólares. Mala madre es una coproducción uruguayo-argentina en la que el ensayo biográfico interviene a la investigación psicológica. Al igual que en ambas versiones de La flor de la vida, largometraje y serie, parte del esqueleto principal del proyecto lo compone una serie de entrevistas a madres diferentes, tanto en sus procedencias geográficas, clases socioeconómicas y momentos de la maternidad. Hay madres primerizas, experimentadas, con muchos hijos, uno solo, hijos adoptivos y más. Son presentadas únicamente por sus testimonios, que brindan mirando a la cámara y sin que sepamos sus nombres. Conforman, a través de varias voces, una sola. En paralelo, Aguilar establece, mezclando escenas de animación con una performance de cuerpos en la oscuridad que retrotrae al teatro de sombras, un ensayo personal sobre su propia experiencia como madre. En conjunto, el documental busca desmitificar las ideas más preponderantes y erróneamente comunes sobre la maternidad.
Aguilar, quien se presenta como la “mala madre” del título desde el planteo inicial, casi humorístico, con la toma de una foto que deviene en una caída accidental de su hijo, se aferra a esa idea para explorar el caleidoscopio de maternidades, poniendo en foco lo que se establece como escenas escondidas. Hay testimonios que abordan, entre lágrimas, la violencia obstétrica y la frustración, al límite del hartazgo, que puede generar un hijo. “Estaba claro que existía una unidad narrativa en la película que eran los fantasmas con los que las madres nos vinculamos”, contó Aguilar a Búsqueda desde Buenos Aires. Para la realizadora fue importante “buscar una relación de paridad” en las entrevistas. Una vez finalizada cada una de ellas, invirtió los roles con sus entrevistadas para que pudieran hacerle las preguntas que ella les acababa de hacer durante el rodaje. Esas respuestas otorgaron los insumos para el ensayo autobiográfico que conecta Mala madre. Si el documental apostaba a la captura de la realidad objetiva, la ausencia de límites que la cámara permite entre el camarógrafo y el retratado, muchas veces no sabiendo quién es quién, vuelve esa realidad un espacio de neta exploración.
En Argentina, Mala madre tuvo una permanencia sostenida en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires a lo largo de dos meses, antes de ser interrumpida por la pandemia. Su estreno en Uruguay, en cambio, estaba previsto para el 20 de mayo y fue finalmente frustrado por el cierre de las salas de cine. De todas formas, Aguilar señaló que se encuentra avanzando en dos futuros proyectos. Por un lado La Tara, una mezcla de documental y road movie que investiga la “única película surrealista (de 1936) hecha en Argentina”, según la directora, y, por otro, Éxodo, una obra de teatro documental sobre la masculinidad escrita por el dramaturgo Felipe Polleri.
Otros estrenos recientes de forma gratuita son los documentales La última escuela y La murga migrante, disponibles en YouTube. El primero, dirigido por Pablo Sobrino, retrata la última época de la Escuela Rural N° 82, ubicada en Valle de Solís, a 20 kilómetros de la ciudad de Minas. Allí asistieron solo tres personas: la maestra Adela y sus dos alumnas, Lucía y Evelyn. La última escuela, de la productora uruguaya DeAká, comenzó su producción en 2013 y la filmación en 2014. En su largo periplo al estreno hubo una campaña para autofinanciarla a través de la plataforma IdeaMe. Finalmente, varios años después, el documental fue liberado por su director el pasado 15 de mayo, Día de la Educación Rural. Tal vez el paso más notorio del tiempo no se note en el propio documental —un registro vivo de la escuela, su alumnado y los hogares de las niñas— sino en los comentarios recibidos en YouTube. Las propias protagonistas repasan la experiencia vivida, la relación cercana entre maestra y alumnado que se da en la población rural del Uruguay, y recuerdan con nostalgia aquellos años. La última escuela contó con la investigación de los periodistas Sebastián Cabrera, Mauricio Rabuffetti y Ángela Reyes, y estará disponible como preestreno hasta mediados de mayo.
Si La última escuela mira hacia atrás, el cortometraje La murga migrante lo hace hacia adelante. La producción estuvo a cargo de Casa Madre-Estudio de Comunicación, funciona como una presentación breve de la murga —compuesta en su mayoría por inmigrantes de Japón y Venezuela— y repasa su origen, así como la llegada y el enamoramiento inicial de cada uno de sus miembros con la propuesta artística. Al igual que La flor de la vida, La murga migrante utiliza la duración a su favor.
Estas cuatro opciones documentales recientes plasman rincones y momentos bajo diferentes miradas. Si bien no presentan un método común, sí establecen un impulso compartido hacia el desarrollo del género.