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¿Qué le pedimos a una película biográfica? En los últimos años, el género se consolidó como la nueva vía de explotación de lo que Hollywood siempre amó: las propiedades intelectuales con éxito comercial probado. Mientras los superhéroes ceden terreno a los videojuegos, las biografías dramáticas de músicos parecen ser la última gran apuesta para llevar a las salas a un público adulto dispuesto a repasar, en dos horas o menos, la vida del artista que musicalizó parte de su propia existencia.
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Hay dos necesidades que ese público parece llevar consigo. La primera es la más obvia y es la celebración. Si la vida de un artista merece ser filmada, más vale que esa adaptación honre su figura. La segunda, en apariencia cada vez más extinta, es la de correr el telón para ver qué hay en las sombras. Humanizar al genio para entender que no solo es un mero mortal, sino que esa humanidad es capaz de contener rasgos para nada dignos de festejar.
Michael, dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino del artista, llega con la primera necesidad resuelta de antemano y la segunda archivada bajo llave. No es que la película falle en lo que intenta. Es que nunca intenta nada que pueda fallar.
La producción venía cargada de señales. Graham King, productor de Bohemian Rhapsody (2018) —la película biográfica musical más taquillera de la historia con US$ 910 millones, centrada en Freddie Mercury y protagonizada por el oscarizado y, como demostraría el resto de su carrera, limitado Rami Malek—, repite aquí el modelo.
Los albaceas testamentarios de Jackson, John Branca y John McClain, figuran como productores ejecutivos, junto con los hermanos vivos del artista: Jackie, Jermaine, La Toya, Marlon y Tito. El hijo mayor de Michael, Prince Jackson, también es productor ejecutivo y estuvo en el set durante todo el rodaje. El margen para la incomodidad se negocia antes de escribir la primera línea del guion. Lo curioso es que John Branca, abogado histórico de Jackson, aparece como personaje en la película que él mismo produce, interpretado por Miles Teller. Un albacea supervisando su propio retrato, y el de su gallina de oro, por dentro y fuera de la película..
Los hijos del artista se dividieron. Paris, la hija del medio, leyó uno de los primeros borradores, entregó sus observaciones sobre lo que le parecía deshonesto y, cuando no fueron atendidas, se retiró del proyecto. “La película complace a un sector muy específico de la fanaticada de mi papá”, llegó a decir. Sus hermanos Prince y Bigi respaldaron el proyecto públicamente.
Michael es innegablemente exitosa en sus propósitos evidentes. Fuqua tiene oficio (aunque jamás volvió a alcanzar lo logrado en Día de entrenamiento), sabe construir espectáculo, y encuentra en Jaafar Jackson el conductor ideal, no solo por la narrativa de un linaje que persigue al artista, sino porque el muchacho puede cantar, bailar y llenar el plano con un carisma que, sin ser idéntico al de su tío, es lo suficientemente cercano como para que la trampa funcione. Es la genética utilizada como efecto especial. También hay otros trucos para entretener a los fanáticos indiscutibles, aquí arrastrados por la recreación obsesiva de los fetiches alrededor de la parafernalia estética de la figura del artista. Están el guante, las medias blancas, las chaquetas y todo lo que pueda aparecer en una propuesta que se aleja del cine y poco a poco se acerca más a la publicidad o a un parque de atracciones.
El relato articula un viaje cronológico que parte de la infancia de Michael, como voz y talento emblemático de los Jackson 5, en una Indiana de tintes deliberadamente digitales (un recurso cada vez más frecuente en los planos generales), y avanza hacia su emancipación familiar y su consagración con los sensacionales álbumes Off the Wall, Thriller y Bad, publicados entre 1979 y 1987. El ritmo es ágil y la puesta en escena y la recreación resultan sensacionales. Todo brilla con el mismo esplendor de las lentejuelas de las chaquetas de Michael, y ese brillo encandila, satisface y deja al espectador feliz. Sin embargo, la obra sigue la misma lógica que una playlist de Spotify, con una canción tras otra, sin el concepto que las une ni el contexto que las articula.
Embed - Michael | Tráiler Oficial - HD
Fuqua construyó gran parte de su carrera sobre personajes moralmente ambiguos, hombres que hacen el mal con convicción y que la cámara mira sin juzgar. Esa mirada era exactamente lo que Jackson necesitaba. En cambio, el cineasta entrega aquí lo contrario: un relato en el que los buenos son buenos, los malos son malos y el protagonista es un mártir incomprendido. La película hace un trabajo interesante en los primeros actos sembrando las semillas de la complejidad, pero luego abandona ese camino y se rinde a la santificación total.
Quizás el problema no es que la película falle, sino su cobardía deliberada. La principal ausencia de matices está en el único personaje conflictivo del relato: el padre de Michael, Joseph Jackson. Colman Domingo carga con el mismo rol que el padre de Luis Miguel en la serie biográfica del cantante mexicano. Un padre malo malo malo que dice hacer todo por sus hijos, pero al que se le ve el interés económico en cada escena. La humanización que el relato intenta, la del protector severo cuya única falta fue una ética de trabajo implacable para sacar a su familia de la pobreza, no convence porque el guion lo reduce a esa función y no le da más. Joseph Jackson es un dispositivo dramático, no un ser humano.
Michael, el personaje, tampoco escapa a esa trampa. La película lo condena a una serie de circunstancias que nunca terminan de explicarse para entender por qué este hombre, tan talentoso en sus movimientos y su voz, era tan profundamente extraño. La obsesión con Peter Pan, la amistad con animales, la incapacidad de establecer vínculos normales, todo aparece como dato pintoresco, nunca como materia dramática. La película presenta su soledad no como un vacío doloroso, sino como el requisito indispensable del genio incomprendido. Esa operación convierte el trauma en condición mística y excusa cualquier pregunta sobre el hombre detrás del maquillaje. El incendio del pelo durante el rodaje de un comercial de Pepsi en 1984, que derivó en una dependencia a los analgésicos documentada que eventualmente contribuyó a su muerte, aparece como un episodio más de producción. ¿Es posible retratar a uno de los seres más raros que ha producido la cultura popular del siglo XX sin preguntarse siquiera de dónde viene esa rareza? La película prefiere no preguntar.
Las omisiones más grandes son quirúrgicas. Los juicios por abuso sexual infantil no aparecen, aunque se ha dicho que sí fueron filmados y luego descartados. Una cláusula del acuerdo con una de las familias acusadoras lo impidió legalmente, lo que obligó a volver a filmar el final completo. La película termina en 1988, en el concierto de Londres de la gira Bad, cuando Jackson estaba en la cumbre de su gloria.
Si habrá una segunda parte es la pregunta que no ha dejado de aparecer. Al final de Michael aparece un título que dice “su historia continúa”, y Lionsgate ha expresado disposición si la taquilla lo justifica. En su primer fin de semana recaudó US$ 217 millones, por lo que el negocio está funcionando. Por ahora es difícil imaginar una revisión de la era menos consagrada del músico, si se toma en cuenta esta primera parte.
El resultado era de esperar. Michael, la película, es una operación de rehabilitación de marca a una escala cinematográfica, un mausoleo rentable construido para que el legado siga generando ingresos sin el estorbo de las dudas históricas. Jackson, ese hombre tan talentoso, tan expuesto desde la infancia ante el ojo público, tan genuinamente extraño, podría haber sido el objeto de estudio de una historia con las mismas agallas y osadía que él pareció demostrar en cada una de sus magnéticas presentaciones. ¿Qué le pedimos a una biografía musical, entonces? Quizás, simplemente, que no le tenga miedo a su propio protagonista.