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    Medidas para atender a adolescentes que delinquen pueden “fracasar” si no hay políticas para cuando vuelvan a sus casas, dijo exjerarca blanco

    El Poder Ejecutivo se “olvidó” de que existía el Inisa, opina Álvaro Viviano

    Al día siguiente de renunciar al cargo de director del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa), Álvaro Viviano volvió a recorrer Montevideo para hacer campaña por el Partido Nacional. Integrante del grupo del diputado Jorge Gandini, Viviano estuvo dos años y medio en el Inisa en nombre de la oposición.

    En una entrevista con Búsqueda, aseguró que el Poder Ejecutivo dejó solo al organismo, pese a lo cual han mejorado las condiciones de reclusión de los adolescentes. De todas formas, Viviano advirtió que lo hecho puede “fracasar” si no se aplican políticas sociales que ayuden a esos jóvenes cuando salgan de las dependencias del Inisa.

    “El gran problema es que todo lo que hacés adentro no tiene continuidad afuera“, opinó.

    —¿Con qué expectativa entró al Inisa y con qué visión salió de ahí luego de dos años y medio? ¿Era peor de lo que pensaba?

    —Al principio muchos actores políticos y, sobre todo, el Poder Ejecutivo, una vez sancionada la ley y designado el directorio, se olvidaron que existía. Fue un arreglate como puedas. Y en el medio había un proceso de separación del INAU, muy complejo, que delimitaba competencia, funciones, había funcionarios, una etapa muy difícil y aún no se terminó de cerrar. Hubo varias peleas por presupuesto, pedidos de auxilio, y nunca tuvimos el espaldarazo y el respaldo que el Inisa requería. Me parece que de a poco se va avanzando en busca de un modelo que trascienda gestiones y que sea la base para que el adolescente al que le toque transitar por los centros de Inisa tenga mínimamente la chance de poder restablecer un proyecto de vida luego del egreso.

    —El principal cuestionamiento al Inisa en estos años fue por las condiciones de vida de esos adolescentes recluidos. ¿Cree que mejoró la situación?

    —Los ejes de ese cuestionamiento han sido las condiciones de alojamiento, hacinamiento y el excesivo encierro. En buena medida esas cuestiones se van salvando. La lucha por generar mejores condiciones de alojamiento, la lucha por evitar el encierro excesivo, la lucha por evitar los hacinamientos y sobre todo darle el contenido han sido los ejes de nuestro trabajo.

    —¿Pero cree que lograron algo de esto?, porque los cuestionamientos siguen.

    —Creo que hay avances importantes. En el tema infraestructura hemos tomado algunas decisiones importantes que están encaminadas. Tenemos financiada la construcción de una obra de más de US$ 20 millones que va a ser un centro de medio y máxima contención. En una primera etapa va a contener a 100 muchachos y luego 180, lo que será para la Berro un cambio significativo desde lo programático y lo locativo. Este directorio recibió obras en muy mal estado, un organismo sin reestructura de personal y un proceso de regularización que había que abordar. A partir de las correcciones que había que hacer a nivel funcional, se generaba un estado de inestabilidad bastante complicado. Algunas de esas cosas se pudieron ir corrigiendo a partir del trabajo, del diálogo. Hoy si se mira la situación a trasluz y se la compara con lo que pasaba hace unos años, uno no advierte hoy que haya episodios de fugas masivos, no advierte que estemos discutiendo en forma permanente sobre situaciones de violencia, motines.

    —Pero tuvieron algunos suicidios.

    —Tenemos una tasa de suicidio de uno por año, que es de las notas negativas de la gestión. Pero en términos generales, hay una tendencia a la estabilidad que se nota en el funcionamiento cotidiano.

    —La semana pasada se divulgó en las redes sociales una foto de ratas en restos de alimentos para adolescentes. Usted dijo que cuatro o cinco ratas no pueden manchar una gestión. ¿No cree que eso mostró un problema?

    —Conozco el trabajo que se hace en los centros. Esto fue una situación desgraciada, un descuido, en un predio que no se puede dejar la puerta abierta o un resto de comida y pasan estas cosas en el campo. Hay situaciones que no se pueden dar. Pero esa no puede ser la nota distintiva de lo que ocurre todo el tiempo. Los adolescentes no viven entre las ratas. Por el contrario, se trata de promover con ellos la cultura de trabajo y valores, donde la higiene, el aseo personal y mantener los espacios limpios forman parte del programa.

    Entiendo que el sistema debe definir un modelo de intervención. Debe contener la posibilidad de trabajar sobre hábitos, corregir situaciones que ya son heredadas en adolescentes que vienen de un marco carenciado, disparar baterías de educación formal y no formal, convivir, comer bien. Todo eso le va generando una adaptación al adolescente a algunos parámetros que si están bien implementados, pueden impactar en su conducta futura, reflexionar sobre sus acciones y pensar en un proyecto futuro diferente al que lo trajo. El gran problema es que todo lo que hacés adentro no tiene continuidad afuera. Cuando vos reintegrás a ese adolescente al mismo lugar de donde vino, el trabajo que hiciste en el sistema tiene altas posibilidades de poder fracasar. Es el gran debe que tiene el sistema: hay que lograr respaldar el trabajo que se hizo adentro. Para mí, este es un caso más que notorio de cómo una inversión del Estado a los efectos de reencauzar la conducta de un adolescente pierde impacto. Si le tengo que cambiar la vivienda, le tengo que dar una vivienda; si le tengo que dar un trabajo, le tengo que dar un trabajo. Claro, van a estar los que te dicen: “Nosotros no pasamos por una cárcel y no tenemos nada de eso”. Pero también seguís perpetuando el problema y lo reproducís. Y malgastás dinero, porque invertiste mucho en ese adolescente y lo devolviste al lugar que lo trajo al sistema.