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    Memes y política

    Sr. Director:

    El nombre meme fue inventado por Richard Dawkins, zoólogo y científico en su libro El gen egoísta (1976). Propone la existencia de dos procesadores informativos distintos en los seres humanos: uno actúa a partir del genoma gracias a la replicación de genes que se transmiten físicamente de un individuo a otro a través de las generaciones y el otro actúa a nivel cerebral, replicando la información cultural del individuo que es recibida por enseñanza, imitación o simple asimilación. Un meme sería la unidad mínima de información que se puede transmitir. Según el autor, los memes conforman la base mental de nuestra cultura, como los genes conforman la  base de nuestra vida. Años más tarde, el propio Dawkins describió a los memes de internet como una variante de la idea original, implicando que incluso el concepto de meme ha mutado y evolucionado por sí mismo.

    Hay organismos culturales que se transmiten a través de los siglos y cuyas características, a semejanza de las de los seres vivos determinadas por los genes, se constituyen a partir de conjuntos complejos de memes. Un ejemplo de esto son los mitos, que incluyen personajes e historias que transmiten enseñanzas que pueden ser éticas, de supervivencia u otras y que resultan fundamentales para el desarrollo de sociedades. Los mitos no representan realidades sino ideales que pueden ser dignos de imitar o advertencias de peligros que acechan la conducta humana y que pueden tener graves consecuencias.

    Los mitos de Dios y Satanás aspiran a representar el Bien y el Mal absolutos, una dualidad que no solamente no existe sino que resulta imposible que exista; pero como se trata de mitos se da por supuesto que tienen un alto contenido de fantasía e invención. Dios o Satanás no existen, pero por analogía pueden ayudar a identificar realidades muy concretas que son condición del ser humano.

    De estos mitos derivan los términos “endiosar” o “deificar” y sus contrarios “satanizar o “demonizar”.

    Yendo más allá de las religiones, estos términos se pueden aplicar y de hecho se aplican a toda una serie de individuos, ideologías y organizaciones.

    Pero la realidad se resiste a dejarse encerrar en categorías extremas y rígidas. Se dice que no es blanca ni negra sino gris. Curiosamente ni el blanco ni el negro son verdaderos colores: el negro es la ausencia de luz, y por tanto de color, y el blanco una mezcla de todos los colores. Por eso la realidad más que gris es colorida, porque está colmada de matices. Pero para ser prácticos usemos el gris.

    La política es terreno fértil para los extremismos. Para poder defender una opción política muchas veces no parece haber más alternativa que dotarla de virtudes sin fin y privarla de defectos, y hacer exactamente lo contrario con las opiniones adversas. De esta manera, y dada la propensión de la mente humana al extremismo, resulta más fácil combatir al adversario .

    Por otro lado, si bien en política la ética tiene su importancia, ya que es imprudente confiar parte de nuestro destino a gente inmoral en mayor o menor grado, existen otras cualidades que son por lo menos tan importantes como ella como la experiencia, la preparación, la competencia y otras. A veces los mayores desastres no los hace un inmoral sino alguien cuya tarea excede sus capacidades. Lo que es peor, en estos casos frecuentemente el sujeto en cuestión actúa con soberbia e imprudencia, logrando con ello hacer aún más daño.

    Un número significativo de sociedades modernas aparecen como muy afectadas por los extremismos. Sin embargo, cuando observamos la realidad vemos fenómenos muy exitosos que son el resultado de la combinación de posiciones contrapuestas y hasta enemigas una de la otra.

    Dos casos claros son la socialdemocracia europea y la China de los últimos tiempos, que son combinaciones altamente creativas y en distintos grados de postulados socialistas y liberales. Se me dirá que la socialdemocracia tiene ventajas en el área de las libertades y derechos, y es posible que sea un sistema mejor, pero no se pueden negar los avances de la sociedad china que ha logrado mejorías asombrosas en el bienestar de sus integrantes. Por otro lado, una democracia plena como Estados Unidos es capaz de producir un engendro como Trump, o sea que volvemos al terreno de los grises.

    En mi opinión, hay fuerzas históricas que impulsan claramente a la resolución de conflictos ya sean internos de los países o internacionales mediante el acuerdo y el diálogo. En apariencia y teniendo en cuenta los acontecimientos de los últimos tiempos, en Ucrania y Gaza sucedería todo lo contrario; pero no podemos olvidar la inmediatamente anterior lucha contra la pandemia que obligó a la unión del mundo con un objetivo común, por más que fuese una unión rechinante e imperfecta.

    Por poner otro ejemplo, una guerra entre Estados Unidos y China es sumamente improbable. No digo imposible, porque la locura humana es capaz de las mayores barbaridades. Pero la interdependencia entre estos países es tan grande que ambos se verían abocados al derrumbe económico en un muy breve plazo. Un caso paradigmático es el del Iphone. Más de la mitad de los aparatos de esta marca producidos en el mundo se fabrican en la ciudad china de Zengzhou, y para más inri la empresa dueña de la fábrica es taiwanesa. O sea que dos enemigos de China continental se han unido para montar una enorme fábrica en el corazón del territorio de su adversario, y este lo ha aceptado con entusiasmo. Casi todas las grandes empresas de occidente tienen fábricas y filiales en China.

    Del otro lado, las importaciones de Estados Unidos desde China alcanzaron en 2021 un valor de US$ 541,531 millones, o sea que imaginemos la debacle que se produciría si se interrumpieran bruscamente como consecuencia de una guerra.

    La productividad mundial se ha vuelto tan enorme e interconectada que son muchas más las posibilidades y ventajas de entablar juegos de suma positiva que de suma cero (es decir, juegos donde todos los actores ganan en lugar de juegos en los que lo que uno gana lo pierde el otro).

    Las últimas dos guerras mundiales fueron claros juegos de suma cero. Hubo vencedores y vencidos, y los vencidos perdieron casi todo, pero el mundo era muy diferente. Los países más avanzados como Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos o Japón se sentían muy amenazados y muchas veces sufrían perjuicios muy reales, como, por ejemplo, los que surgieron a raíz del Pacto de Versalles, que impuso a los alemanes enormes indemnizaciones, quitas de territorio y limitaciones severas al desarrollo, cosas que en la práctica abonaron el terreno para la llegada de Hitler. También China y Japón fueron muchas veces obligados por la fuerza a ir contra sus intereses. Recordemos las Guerra del Opio sucedidas en el siglo XIX, en las cuales la moralista Inglaterra obligó a China a permitir el comercio de ese estupefaciente cuyo comercio ella manejaba, o sea que básicamente impuso por la fuerza su derecho a drogar a los chinos. El imperialismo de esa época fue el caldo de cultivo para las guerras mundiales, y se trataba de un mundo mucho más hostil y belicoso que el actual.

    Hoy con la globalización, un juego eminentemente de suma positiva, todos los actores ganan. Pero una guerra mundial sería peor que un juego de suma cero; sería de suma negativa y catastrófica, ya que todos los contrincantes perderían, nadie ganaría nada, y muy probablemente el mundo sería destruido.

    No es que sea imposible, pero esperemos no ser capaces de semejante locura.

    Pasando a otro aspecto, sí hay una guerra feroz, aunque incruenta, entre China y Occidente por conseguir un mayor poder de computación, que es lo que va a determinar quién dominará el mundo a medida que avance este siglo. En su libro La guerra de los chips, Chris Miller hace ver que China tiene un atraso de unos 10 años en la fabricación de los chips sobre los que se dibujan los minúsculos circuitos que producen los ceros y unos con los que trabajan nuestras computadoras, celulares, automóviles, prácticamente cada artefacto con un mínimo de tecnología. Calculen Uds. que estos circuitos son tan pequeños que en un chip de silicio del tamaño de una uña caben hasta 30.000 millones de ellos. El tamaño mínimo para estos circuitos que alcanza la fabricación china es de 7 nanómetros, mientras que la compañía neerlandesa ASML produce máquinas que vende a Intel, Samsung y otros líderes mundiales y que “dibujan” circuitos de 3 nanómetros, y ya están avanzando hacia los 2 y 1 nanómetros (diezmillonésimas de milímetro); al reducirse el tamaño de los circuitos, caben más en un chip y la capacidad y velocidad de procesamiento aumentan. El 67% de las máquinas de este tipo producidas en el mundo las hace esta  compañía, y Miller calcula que esta diferencia de tamaño representa unos 10 años de atraso para los chinos. Sin embargo, China está tratando de inventar un sistema nuevo de fabricación que con máquinas no tan avanzadas le permitan llegar a los circuitos de 3 nanómetros y, de hecho, entre 2022 y 2024 tiene prevista la instalación de 82 nuevas fábricas.

    Como dije antes, quien domine el mundo será quien tenga más poder de computación, ya que este será fundamental para la inteligencia artificial y toda una serie de avances como la robótica, la nanotecnología, la biotecnología y otros. Como si esto fuera poco, también está en puertas la computación cuántica, que ya no usará ceros y unos sino toda una escala de valores intermedios, con lo cual será infinitamente más rápida y potente.

    Aparentemente Dios y el Diablo van a ir perdiendo terreno según avanza el siglo XXI. No puedo esperar para verlo.

    Alberto Magnone