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    Memorias de Chateaubriand

    Columnista de Búsqueda

    N° 1829 - 20 al 26 de Agosto de 2015

    Conocí a Chateaubriand merced a la admiración de Victor Hugo, que siempre se juramentó alcanzar su prosa (“quiero ser Chateaubriand o nada”, dijo). El primer libro suyo con el que trabé contacto fue El genio del Cristianismo, que sin esfuerzo me hizo su rehén. Luego de eso visité todas sus obras, aun sus novelas de juventud, menos interesantes de lo que la crítica posterior ha pretendido. Su historia de las revoluciones me dio una tonalidad de la audacia histórica y una comprensión íntima de la política que solo había tenido en mi trato con los comentarios de Maquiavelo a los libros de Tito Livio, con las reflexiones de Montaigne y de Bacon acerca del poder y de la misteriosa lógica de los gobernados, con las parcelas de historia que tuvieron a Richelieu como protagonista, con los profesionales desencantos de Voltaire. Salvo la invencible impresión de la primera de las obras nombradas, ningún título de Chateaubriand me prodigó tanta felicidad como las himaláyicas Memorias de ultratumba (Acantilado Ediciones, distribuye Gussi), una pieza que es como la colección de las más de 200 cantatas de Bach, o todas las misas de Josquin des Prés, o el desaforado conjunto de las Selvas Espirituales de Monteverdi; algo que indica totalidad, magnificencia, exceso de perfección, abundancia sin límite.

    Hoy propongo avanzar sobre Chateaubriand, una de las indignadas voces que se levantaron ante el asesinato del duque D’Enghien. En las cerca de cincuenta páginas del decimosexto libro da cuenta de las circunstancias y de la personal experiencia que tuvo en torno al famoso crimen. Por ese entonces su estrella política venía en ascenso, había sido nombrado poco antes como secretario de la Embajada francesa en Roma y en días de la secreta captura del duque recibió el honor de ser designado como embajador a uno de los cantones suizos que habían adquirido fugaz independencia bajo la determinación francesa (la República Rhodanienne). Leemos: “Dos días antes del 20 de marzo, me vestí para ir a despedirme de Bonaparte en las Tullerías; no lo había vuelto a ver desde el momento en que me había hablado donde Luciano. La galería donde recibía estaba llena; estaba acompañado por Murat y un ayuda de campo; pasaba casi sin detenerse. A medida que se acercó de mí, me llamó la atención la alteración de su rostro: sus mejillas estaban caídas y lívidas, sus ojos desapacibles, su tez empalidecida y enturbiada, su aspecto sombrío y terrible. El atractivo que precedentemente me había impulsado hacía él, cesó. (...) Satisfecho de haber cumplido mi deber presentándome en las Tullerías, me retiré. Por el gozo que siempre he sentido al salir de un castillo, es evidente que no estaba hecho para entrar en él. De regreso en el hotel de Francia, dije a muchos de mis amigos: “Tiene que haber algo extraño que no sabemos, pues Bonaparte no puede estar cambiado a tal punto, a menos que esté enfermo”. (…) Sí, lo noté: una inteligencia superior no engendra el mal sin dolor, porque no es su fruto natural y no debería portarlo”.

    Nadie, salvo los cínicos de su entorno, sospechaba lo que estaba incubándose en la mente de Napoleón, más preocupado por dar saltos de propaganda que de observar ciertas leyes de la historia. Nos cuenta el memoralista que al otro día caminaba por el centro de París, cerca de la rue de Rivolí y que escuchó a unas personas que estaban dando una noticia oficial, leyendo una suerte de boletín: “Unos paseantes se detenían, súbitamente petrificados por estas palabras: ‘Juicio de la comisión militar especial convocada en Vincennes, que condena a la pena de muerte al llamado Louis-Antoine-Henri de Borbón, nacido el 2 de agosto de 1772 en Chantilly’. Este grito cayó sobre mí como el relámpago; cambió mi vida, así como cambió la de Napoleón”. Es por demás interesante lo que sigue, por cuanto habla del talante moral de este hombre al que la política tentó en un momento, pero no al extremo de llevarlo al olvido de los principios morales: “Volví a mi casa; le dije a Madame de Chateaubriand: ‘El duque D’ Enghien acaba de ser fusilado’. Me senté frente a una mesa, y me puse a escribir mi dimisión. Madame de Chateaubriand no se opuso y me vio escribir con un gran valor”.