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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáRecientemente los uruguayos hemos sido testigos de múltiples episodios en los cuales ciudadanos, que en particular ejercen cargos relacionados con la política pública, incluyen en su currículum vitae títulos académicos que en realidad no ostentan. No hay lugar a duda de que estos hechos son profundamente repudiables. Sin embargo, más allá del repudio, son una buena oportunidad para entender cuáles son los valores que se ocultan tras las acciones de estos individuos, independientemente de cuál sea su afiliación política.
Lo primero y más evidente es la mentira. La mentira no es simplemente el opuesto de la verdad. Representa la manifestación de la acción de ocultar deliberadamente la verdad. Esto, considerando aquello que se oculta y las circunstancias, podría llegar a ser necesario en determinadas situaciones. Sin embargo, en los casos a los que hago referencia, además del hecho de ocultar información se pretende modificar la realidad, moldearla conscientemente con el objetivo de confundir y alinearla a los intereses personales. La mentira, que nunca obra en soledad, descubre un segundo y nefasto rasgo que es la ignorancia. En este caso en particular no se trata solamente de aprovecharse del desconocimiento de quienes no tienen la oportunidad de involucrarse en un proceso académico y habitualmente desconocen. Es también desconocer lo que hay detrás de un logro académico. Solamente quienes realizaron el esfuerzo desde el inicio al fin de una carrera académica saben lo que implica en términos de aprendizaje y sacrificios personales en cada una de las múltiples etapas que finalmente se coronan con un título. Además, no trata solamente del promovido, habla también del esfuerzo de su familia, de sus allegados, compañeros, tutores, mentores y demás personas que con sus distintos aportes forman parte de tan ansiado logro. Por lo tanto, el mérito de un título académico nunca es un éxito individual. Por cierto, es un producto de un colectivo cuyos esfuerzos se aúnan para un mismo fin. Finalmente, y detrás de todo lo anterior, se oculta el rasgo que inspira, conduce y acompaña permanentemente al resto de los mencionados males: la ambición. La pretensión desmedida de obtener éxito o poder no es tan peligrosa por su alcance sino más que nada por sus medios. Y no es tan desmedida en cuanto a sus objetivos, sino en cuanto a sus costos. Dicha manifestación es equivoca en su génesis, en particular en alguien que pretende dedicarse a la política pública, ya que confunde lo que debería ser una aspiración grupal con el rédito individual. Una grotesca manifestación de egoísmo, que por cierto debería de estar lo más alejadamente posible del poder político. Como decía Oscar Wilde: “La ambición es el último refugio del fracaso”. Una sociedad que no condena a los ambiciosos e inescrupulosos limita sus virtudes y a sus talentos. En esas sociedades quizás no sea necesario mirar bajo para encontrar lo peor. Tal vez sea suficiente solo con mirar un poco más arriba. Como mencioné anteriormente, circunstancias como estas son buenas oportunidades para, en lo individual, medir los escrúpulos (si los tienen) de los individuos que se hacen de un cargo de responsabilidad pública, sin necesariamente actuar de forma responsable; y en lo colectivo, entender cuál es el nivel de desarrollo intelectual y social de nuestra comunidad. Evidentemente, en esos casos quienes se hacen del poder político, mas allá de faltar a las formalidades del caso, son omisos al entendimiento del poder en sí mismo. Irresponsablemente se hacen cargo de una herramienta de transformación colectiva para utilizarla para beneficio personal, mal gastando los recursos y el tiempo de los ciudadanos, muchos de ellos más y mejor capacitados para dicha tarea. No se trata de solamente llenar la currícula para acceder a otras oportunidades, sino de demostrar la suficiente preparación para una responsabilidad mayor.
Quien pretenda colgarse al cuello algo que no tiene intentando esconderse tras débiles excusas tal vez pueda engañar a unos pocos y transitoriamente. Sin embargo, el sol no se puede tapar con una mano, y más temprano que tarde quedará expuesto. Y quienes tienen el poder de elegir (no solamente a través de los votos) tendrán fundados elementos para emitir juicio ya no solamente del repudiable acto, sino de la persona que deliberadamente lo cometió. Quien comparta esto también podrá entender que más allá de la bandera partidaria, el color de piel, credo o religión, los individuos que ejecutan este tipo de acciones son iguales. Ya que detrás de su apariencia seductora y bajo sus coloridos ropajes siempre se esconderán los mismos tres malos compañeros que fomentan y mantienen una sociedad mediocre: la mentira, la ignorancia y la ambición.
Dr. Gonzalo Spera MSc