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“Buenos Aires y Montevideo forman una especie de única ciudad partida al medio por un río”. Con esta cita del escritor argentino Abelardo Castillo inicia el viaje y el diálogo de Charco: canciones del Río de la Plata, de Julián Chalde, que se exhibe hasta este domingo 19 en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño. El documental explora la canción rioplatense, investiga lo cercano y lo lejano, las raíces y las ramas.
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Pablo Dacal, músico y trovador argentino, es quien lleva adelante la narración, el nexo entre los músicos de un lado y otro del Río de la Plata que son entrevistados –e invitados a cantar– en la película. “Parece que miro atrás, pero busco la canción de hoy”, dice Dacal. En esa búsqueda, que se extiende a lo largo de cinco años, se encuentra con canciones e intérpretes de distintos géneros (rock, candombe, murga, cumbia, tango y milonga), y con definiciones muy precisas y atinadas, como la de Alejandro Terán: “Uno no hace la música que a uno le gusta. Uno hace la música de la que uno está hecho”.
Franny Glass, Juan Campodónico, Ana Prada, Rubens Donvi Vitale, Pablo Lescano, Gustavo Santaolalla, Hugo Fattoruso, Fernando Cabrera, Eduardo Pitufo Lombardo, Palo Pandolfo, Vera Spinetta, Washington Benavides y varios, varios más, hablan sobre el tango y su herencia (“El tango es música de cámara europea pasada por estas cloacas”, dice Daniel Melingo), la influencia de la milonga, la tradición de los bares, el papel de los Beatles (“Yo escuchaba a Sandro, hasta que vi Yellow Submarine, dice Alberto Mandrake Wolf), el murmullo de la cumbia, la presencia del Carnaval y el latido de las Llamadas. En el camino aparece el recuerdo de Eduardo Mateo, de Luis Alberto Spinetta, de Gabino Ezeiza, de José Alberto Iglesia, Tanguito. Y se dan algunos cruces y mestizajes curiosos e interesantes, como la interpretación de Jorge Drexler de El tiempo está después, de Fernando Cabrera, la que Sofía Viola hace de Fuiste, de Gilda, la que Fito Páez hace de No soy un extraño, de Charly García, la que Mandrake, en el Bar Hollywood, hace de Ángel de la ciudad, de Gustavo Pena, el Príncipe. Porque, como en un momento sostiene Melingo: “La música y el ser humano aprenden y ganan en el mestizaje”.