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    Modelo para armar

    Columnista de Búsqueda

    N° 2053 - 02 al 08 de Enero de 2020

    Llegaba sola cada viernes con su impermeable amarillo y su cartel de tres palabras bajo el brazo, Skolstrejk för klimatet (huelga escolar por el clima), se sentaba en el suelo de la plaza frente al Parlamento sueco con lluvia y con sol para exigirle a su país que redujera las emisiones de carbono.

    Un viernes tras otro la niña, su impermeable amarillo, su cartel de tres palabras.

    Cuatro meses después, en diciembre del 2018, ya es una celebridad en el mundo, inspira a millones de personas y genera el movimiento #FridaysForFuture por el que jóvenes  de todo el planeta intentan que los políticos se comprometan con la lucha contra el cambio climático.

    Desde entonces ha viajado por el mundo para hablar con políticos, activistas y líderes, se ha convertido en la portavoz estrella de las causas ambientales y el calentamiento global: estuvo en la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático de la COP24, en el Foro de Davos, en el Comité Económico y Social Europeo, en la Asamblea de las Naciones Unidas y en la Cumbre Mundial del Clima.  

    En 2019 fue nominada para el Premio Nobel de la Paz por algunos diputados del parlamento sueco, y la revista Time la nombró una de las 100 personas más influyentes del año.

    Una carrera meteórica.

    Los llamados negacionistas del cambio climático, entre ellos los mandatarios Putin, Bolsonaro y Trump, han registrado su discurso y su capacidad de convocatoria, la señalan, se burlan: “mascota del alarmismo”, “mentalmente perturbada”, “niña petulante”, “producto fabricado”, “falsa mesías”.

    Del otro lado una interminable lista de famosos la elogia, Obama, Di Caprio, Javier Bardem, el príncipe Harry de Inglaterra, Al Gore, Mia Farrow: “líder de nuestro tiempo”, “cada país necesita su Greta”, “un milagro que nos ha llegado del cielo” o “soy su mayor fan”, dicen embelesados.

    Todo suena un poco desmedido para referirse a una adolescente y sus opiniones, ¿no? Pero cuando se habla de ella parecen no caber ni la mesura ni las medias tintas. Despierta pasiones encontradas. Admiración y rechazo. Amor y odio.

    El contenido esencial del discurso de Greta es, desde todo punto de vista, indiscutible. Es cierto que hay una cantidad de hechos reales como para asustarse: los polos están desapareciendo, el calor se está volviendo extremo y causa sequías e incendios, las inundaciones se han convertido en una amenaza constante.

    Según la página de Naciones Unidas, Cambio climático y medioambiente, en el 2018 hubo unos 2 millones de desplazados, 49.000 millones de dólares en pérdidas, 1.600 muertos en incendios forestales, aumento del hambre debido a las sequías, casi 62 millones de personas expuestas a peligros naturales. El círculo polar ártico ha sido azotado con incendios de dimensiones equivalentes a 100.000 estadios de fútbol en Alaska y Siberia con temperaturas récord de más de 30 grados.

    Y para colmo de males “...el impacto socioeconómico del cambio climático se está acelerando”, según el informe del clima, año 2018, de la Organización Meteorológica Mundial.

    Y en eso llegó Greta.

    La joven de 16 años que, entre enojada y emocionada, entre la ira y las lágrimas, gritó a 60 líderes mundiales en la Cumbre del Clima de la ONU: “¿Cómo se atreven?” y “nos están fallando” y “la carga nos la dejan a los niños”, es la misma que comenzó faltando a clases los viernes para sentarse en el suelo de una plaza con su cartel de tres palabras.

    Pero, atención, ¿no está diciendo lo mismo que la comunidad científica dice, en abrumador consenso, desde hace una década?

    O planteado de otra forma, ¿qué inventó Greta? ¿Qué nos trae de nuevo?

    Podría decirse con toda razón que, con su manera peculiar, pone el tema de la emergencia climática sobre el tapete como nunca ha sido puesto: con su imagen de compromiso y esperanza, con su tranquilidad desafiante, con su impermeable amarillo, Thunberg ha sacado el tema del cambio climático de la teoría y lo ha vuelto cercano, tangible y urgente.

    La siguiente pregunta sería, ¿quién es Greta, realmente?, ¿la que denuncia que nuestra civilización está siendo sacrificada para que unos pocos  sigan haciendo dinero, o  la acusada de ser el títere que maneja el poder?

    Una investigación del diario británico The Times develó que detrás de Thunberg hay una variedad de intereses, principalmente de lobby, académicos y hasta un think tank fundado por un exministro de Suecia y ligado a las empresas de energía del país. “Estas compañías se están preparando para la mayor bonanza de contratos gubernamentales de la historia: la ecologización de las economías occidentales. Greta, lo sepa ella y sus padres o no, es la cara de su estrategia política”, escribió el diario británico.

    Dicho en pocas palabras, ¿y si Greta es un producto marketing del capitalismo verde o green business?

    Por otro lado, científicos, como el astrofísico, investigador y militante de izquierda francés Aurélien Barrau, aplauden su discurso y dicen que la ciencia está del lado de Greta. “Los que nos dirigen no han entendido en absoluto la magnitud del problema... Piensan que los pequeños ajustes, las pequeñas acciones, las pequeñas cosas pueden resolver el problema cuando nos enfrentamos a una gran crisis existencial... 15.000 científicos han advertido de la gravedad de la situación y no se ha hecho nada. ¿Y ahora están indignados de que una mujer joven venga a transmitir este mensaje? Seamos claros: la ciencia está del lado de Greta”.

    Da la impresión de que cada uno puede tener la Thunberg que desee, pasar y elegir de acuerdo a su conveniencia una Greta para armar a gusto y piacere: cómplice de los lobbies verdes, profeta real o ficticia del desastre, diosa ecoguerrera, títere de Soros, líder mundial en una concientización cada vez más necesaria, cíborg o enferma mental.

    En los hechos, y más allá de ese protagonismo que ha cobrado ella misma, no ha pasado nada. No ha habido un solo anuncio auspicioso por parte de quienes deben hacerlo: China, India, Estados Unidos, los países que más carbonizan el planeta. Apenas algunas promesas, dos o tres palabras tibias. “Creo que el grito apasionado de Greta Thunberg pidiendo más sensatez y escuchar y actuar con base en la ciencia fue ignorado”, dijo la jefa de Greenpeace International, Jennifer Morgan. El problema sigue creciendo, y las marchas y las palabras encendidas y el cartel de tres palabras nada han cambiado hasta el momento.

    La pregunta final sería entonces si la toma de conciencia que impulsa es útil en la práctica, si las marchas y las pancartas y el impermeable amarillo pueden ayudar a cambiar lo que hay que cambiar en el mundo, si el apasionado discurso de tres minutos de una niña va a tener un peso real sobre las decisiones de quienes definen nuestro futuro y el futuro del planeta. O si esa emocionalidad un poco superficial y un poco autocomplaciente del mensaje de Greta solo echará algo más de leña al fuego del interés de las masas para después, como casi siempre sucede, caer en el olvido.

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