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    Monólogos de un desierto

    Violette, con Emmanuelle Devos

    La mayor parte de su existencia, la escritora francesa Violette Leduc (1907-1972) la pasó mal. No se sintió querida ni valorada ni respetada. Hija bastarda, padeció un dolor psíquico perdurable, intensificado por relaciones sin rumbo, estropeadas mayormente por dificultades de autoestima y sentimientos de autodesprecio que la acompañaron desde la infancia y se acrecentaron con los años. Al llegar a la vida adulta se había convertido, además de aspirante a escritora, en un espectáculo unipersonal de la desgracia y la autoflagelación. Logró salir adelante, sobrevivir como vendedora en el mercado negro y atravesar oleadas de sufrimiento y desprecio. Tras esto, sus libros fueron reconocidos, vendidos y exitosos.

    De la literatura de Leduc, marcadamente autobiográfica, suele decirse que es visceral, intrépida, apabullante, de una intensidad poética sobrecogedora. Fue pionera de la autoficción. Y en la biopic dirigida por Martin Provost, realizador que anteriormente se ocupó de la fascinante pintora naive Séraphine de Senli y sus flores crudas y sangrantes, se recrean las instancias en las que la autora, interpretada por la inmensa Emmanuelle Devos (actriz de una belleza extraña, que se la ha visto en Lee mis labios y en El latido de mi corazón, y que aquí lleva una importante prótesis de nariz), inicia su carrera literaria, precisamente, siendo alentada por otros a escribir sobre su experiencia.

    Violette se divide en capítulos, ordenados cronológicamente, que llevan los nombres de las personas que fueron determinantes en esa carrera (“I – Maurice”, “II – Simone”, “III – Jean”, y así). El filme le otorga orden al caos de la personalidad de su retratada. Arranca con un tramo dedicado a su estancia en las afueras de París, durante la II Guerra, con Violette fingiendo ser esposa de Maurice Sachs (Olivier Py), un cretino psicótico con todas las letras. Este escritor es digno de protagonizar su propio filme. Judío francés, fue estafador, proxeneta, colaboracionista, vivió una vida acelerada, decía tener la sangre embrujada, maldita, y considerarse incapaz de distinguir entre el bien y el mal, quizás para justificar sus traiciones, robos y estafas a amigos muy cercanos. Con ese personaje inefable convive Violette, y es él quien en un momento de desesperación de ella, le dice: “Escupe en el papel todo lo que te resulta insoportable”. Ahí se planta la semilla. Y luego: Maurice se larga, fiel a su estilo, a París. Y Violette, que no se soporta a sí misma, que si se queda sola se mata, va tras él. Y comienza un nuevo capítulo cuando, en París, la protagonista encuentra de casualidad un libro de una tal Simone de Beauvoir y pregunta, con asombro: “¿Una mujer escribe un libro tan grande?”.

    Violette escribe desde las tripas. Describe sus relaciones lésbicas, habla de abortos, de relaciones entre un profesor y una niña. Y una mañana sigue a De Beauvoir (Sandrine Kiberlain) y deja el cuaderno en la puerta de la casa de la autora de El segundo sexo. Vuelven a verse. De Beauvoir le asegura que su texto, titulado L’asphyxie, es bueno, que se le lo dará a Albert Camus (¡a Albert Camus!) para que lo edite por medio del prestigioso sello Gallimard. Así nomás. Como quien dice “Me voy a Kiyú este fin de semana, ¿te venís?”. Le sugiere algunos cambios, arreglan una fecha de entrega. Violette está fascinada. Otra semilla. Se inicia una historia de amor no correspondido. Maldito sea el amor. Acá se pudre todo. Van a ver. La protagonista se enamora a un grado obsesivo, a un grado tormentoso, a un grado patético de la intelectual francesa, cuya presencia es fugaz, fantasmal, en la deprimente vida de Violette, que llora y fuma y que llegará a escribir: “Habría querido nacer estatua”. Hay que sentir demasiado para querer no sentir. De Beauvoir la respeta y la aprecia intelectualmente, aunque no abriga la más mínima atracción erótica por ella. Leduc edita L’asphyxie, las ventas no son buenas. “Soy un desierto que monologa”, dice.

    En el filme, que luce una fotografía elegante y una cuidada ambientación de época, circulan intelectuales de la vanguardia francesa, estrellas y celebridades, como el cineasta y artista plástico Jean Cocteau, el poeta y novelista, ex ladrón y ex fugitivo Jean Genet o el perfumista y coleccionista de arte Jacques Guérin (Olivier Gourmet, habitual de los Dardenne). Pasan por ahí, más que como curiosidades, como para que el espectador, de un modo superficial, se haga idea de quién fue Leduc y en quiénes despertó admiración e inspiración.

    Y del mismo modo que se produce la impresión de que le sobra metraje (escenas que tal vez no aporten, otras que quizás digan lo que ya se ha dicho), también hay en la biografía elementos para convertir el filme en un espectáculo de atrocidades ilimitado, pero Provost prefiere otro camino, y se acerca a esos nombres propios que titulan los capítulos, para recrear los momentos en los que la autora toma valor para soltar esas vivencias crueles y convertirlas en literatura. En literatura como remedio, como liberación y como forma de autoconocimiento.

     Violette. Francia-Bélgica, 2013. Director: Martin Provost. Guion: Marc Abdelnour, Martin Provost y René de Ceccatty. Con Emmanuelle Devos, Sandrine Kiberlain, Olivier Gourmet, Catherine Hiegel y Olivier Py. Duración: 139 minutos.

     Juan Andrés Ferreira