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    Morir de amor (y alucinar en la espera)

    Algunos aspectos que debemos tener en cuenta para desentrañar la imaginería de este escritor, considerado el más europeo de los rusos clásicos, un tipo de preferencias naturalistas que ocasionalmente se volcó hacia lo fantástico.

    Su padre era un coronel de caballería imperial que casi nunca estaba en casa. Semejante ausencia debería configurar, para un niño de comienzos del siglo XIX (y para uno actual, si cambiamos el caballo por el auto y los arquetipos de Jung no fallan), el principio de sus especulaciones y gran parte del material de sus sueños. El caballo y el jinete como si fuesen gigantes, de un bronce negro, indestructible, y la figura del padre como algo añorado, rodeado de aventuras y misterio. Por allí empieza la literatura.

    Su madre, en cambio, fue una presencia permanente, terrible. Una mujer despótica que también era una madre, su madre. Además, la capataza de las tierras, la encargada de administrar y controlar el trabajo de los siervos. Y de indicarle a su hijo que la escritura como tarea no es una buena opción para la vida.

    Un amor imposible. En este caso concreto, la cantante de ópera española Paulina García de Viardot, definida por quienes la conocieron como de una “fealdad impresionante”. Algunos fueron más lejos y la llamaron “batracio”. Y además, estaba casada.

    Iván Turguéniev (1818-1883) apenas recuerda a su padre y no se llevaba nada bien con su madre. Es más: en cuanto ella murió, el heredero Iván liberó de sus tierras a todos los siervos. Y contradiciendo el mandato materno, se dedicó a estudiar letras, primero en Moscú y San Petersburgo y luego en Berlín, donde descubrió a Hegel, un gran novelista de las ideas.

    Nunca se casó y para colmo de males tuvo un hijo con una de las siervas de la familia. El típico caso a contrapelo: de la familia, de las costumbres aristocráticas de su clase, de la herencia material. Un creador de historias, un defensor de lo onírico, un poeta. Un horror, hubiese dicho su madre. A los 14 ya era proclive a las ensoñaciones, a mirar el cielo y la forma de las nubes y a no a pensar en la suerte de los bienes familiares.

    Pasó más tiempo en lugares como Baden-Baden o París que en las ciudades rusas. Y se codeó en la casa de su amor platónico (el hogar del batracio) con personalidades como Rossini, Chopin, Delacroix, Saint-Saëns y George Sand. Otro detalle: fue amigo de Mau­passant y de Flaubert.

    Es conocido por sus novelas naturalistas como Padres e hijos y Nido de nobles, y no tanto por sus Relatos fantásticos (Adriana Hidalgo, 398 páginas), que acaban de aparecer en el mercado local.

    Y estos cuentos, parejos en calidad, estilizados y con un inconfundible aroma romántico, desatan todos sus fantasmas. Hay un factor común en la mayoría de las historias: la mujer como amada imposible, como ángel protector (Espectros, lo más parecido a un aparato de vuelo rasante), como víctima y como belleza amenazante capaz de tomar con sus propias manos una tarántula repugnante. A primera vista puede parecer que estamos ante esos clásicos encuentros con muertos, figuras trágicas o añoradas, retratos de siniestras suegras que te persiguen con la mirada, pero la sabiduría de Turguéniev —como la de cualquier gran escritor— reside en los detalles y sobre todo en los giros imprevistos.

    Una pálida cantante (Clara Milich) que el protagonista —embelesado, hechizado— escucha en un recital cuyos organizadores son más entusiastas que profesionales, da lugar a una serie de números chapuceros increíbles: un flautista de “aspecto tísico”, un gordinflón que hace una lectura titubeante y sin embargo logra que lo aplaudan estruendosamente, un violinista y un pianista de medio pelo, un trompetista que no se anima a subir al escenario y jamás aparece pero se lo escucha desde el camerino.

    El humor también asoma como correlato del drama o de la violencia física en El perro, donde el protagonista tiene contacto con un espectro al apagar la vela. En la oscuridad de su habitación escucha los ruidos de un animal que se mueve debajo de la cama, frota sus patas contra el suelo, se rasca. Si enciende la vela, no hay nada.

    Hay pasajes en que Turguéniev, como si fuese un maestro cineasta, recurre al sonido para acentuar el silencio (“el súbito zumbido de un escarabajo que pasaba”), como en Tres encuentros. La literatura de calidad no solo consiste en destilar imágenes e ideas: también es sonido.

    Más allá de las noches de tormenta, de los espejos, de las casas encantadas y los poseídos por fuerzas diabólicas, de las beldades vestidas de blanco y con oscuras intenciones (la sexualidad en Turguéniev es un claro ejemplo del espíritu casto y victoriano de la época), del cuerpo que aparece en la orilla de una playa debido a un naufragio y luego desaparece inexplicablemente (El sueño, sobre un hijo bastardo y donde la palabra “violación” jamás se dice) y de otros elementos que caracterizan o ambientan la literatura fantástica, se impone un claro amor por la propia literatura, las bibliotecas y los libros.

    Fausto (relato en nueve cartas) es un ejemplo de semejante pasión. Sí, hay una añorada señora que ahora está casada. Sí, hay un encuentro entre el protagonista y su imposible amor y también el enigma de saber quién es ella exactamente, pero el verdadero acercamiento —o detonante— entre ambos se realiza a través del Fausto de Goethe. El protagonista realiza una lectura completa de la obra y consigue que el semblante y el mundo afectivo de la mujer cambien para siempre.

    Así ocurre con la buena literatura. Hoy en día nadie detectará una diferencia en el semblante de ningún lector, por más sutil que pueda ser. Pero si midiésemos en las profundidades, si existiese el aparato para graficar las ondas literarias, sí, es verdad: hay libros que te cambian la vida.

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