La guitarra podrida satura los parlantes. Lo reciben cinco mil gritos, y él saluda dando vueltas como un poseído. El ícono: torso desnudo, pantalón justo, cabello lacio, inmaculado brushing y ojos desorbitados. Su cuerpo: un mapa arrugado de musculatura envidiable (¡69 años!), algo de lógica flacidez y arterias retorcidas, como ese río selvático que le surca el pecho, que parece a punto de la trombosis. Su pierna derecha, una palma más corta que la otra, hace que se bambolee como un camión viejo con las ruedas descentradas. “Quiero ser tu perro”, jadea. “Yo soy el pasajero”, anuncia su poderoso e intacto vozarrón. “Adoro vivir”, exclama en esa exultante declaración de principios llamada Lust For Life. Con esta tripleta apabullante, Iggy Pop se puso el Teatro de Verano en el bolsillo y complació con Skull Ring, 1969, Search and Destroy y Down on the Street. Ah, también hizo Raw Power, No Fun y la épica Candy. Este tullido desquiciado ha dicho: “sigo haciendo cosas igual que a los 15 años”. Y lo refrendó el miércoles 12. Como un imberbe, como un enfermo, como un artista, se entregó a su público. “No puedo bajar, ¿saben por qué?”, y arremetió con Real Wild Child. Pero ante todo, su música está entera: canta como un señor y junto al formidable cuarteto que lo acompaña dan una clase magistral de rock. Adrenalínica y frenética, su performance es tan genuina, honesta y vital que deja a su paso la vívida sensación de estar viviendo su última noche sobre la Tierra.



