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    Muerden las balas

    El baladista da vueltas en su caballo, cantando y tocando la guitarra entre los solitarios desfiladeros de gigantescas piedras, en esos desiertos americanos, áridos, terminales, iguales a sí mismos por los siglos de los siglos. Su voz retumba y allá en lo alto las piedras más lisas le devuelven un eco. El hombre sigue cantando en la inmensa soledad de cielos y cañones. En una de las tomas lo vemos —y lo escuchamos— como si estuviésemos dentro de la caja de la guitarra. Es Buster Scruggs, un cowboy que recita sus pesares melancólicos, pero también la pistola más rápida de todas, como Lucky Luke. De pronto, Scruggs dice a la cámara: “Si mal no recuerdo, a la vuelta de esta piedra debería haber una cantina”. Y tal cual: en el medio de la nada surge la cantina. Buster entra, se sacude el polvo —que deja su contorno registrado en el aire— y pide para beber lo mismo que los hoscos y agresivos parroquianos que se encuentran en el local. Por supuesto, habrá problemas. Es el más Coen de los seis episodios que componen La balada de Buster Scruggs, la nueva película escrita y dirigida por los hermanos Joel y Ethan, recientemente colgada en Netflix. Son seis historias del Oeste americano, que es algo así como reverenciar la historia de los Estados Unidos y al mismo tiempo la historia del cine a través de sus películas de vaqueros.

    Buster es rapidísimo, pero antes que nada piensa como un músico, como un baladista y un guitarrista. Te puede montar un musical en el saloon, con número de baile y todo. Y eso lo hace quedar embelesado ante el maravilloso sonido de la armónica que toca un forastero vestido de negro.

    Tenemos un segundo episodio con un hombre que mira fijamente la fachada de un banco donde el diablo ha perdido el poncho (o la levita y el bombín). Y dentro del banco, solo el cajero, un viejo chalado con risa extravagante. ¿Asaltarías ese banco? James Franco se la juega.

    Tenemos un pequeño teatro ambulante, montado pieza a pieza desde las entrañas de un carromato por un empresario que tiene el rostro de Liam Neeson. Y en escena, cuando se descorren las cortinas, un único actor que no tiene brazos ni piernas, un tronco humano que recita unas aburridas historias bíblicas para una aburrida y ocasional audiencia. Una vez terminada la función, siempre la misma, el empresario pasa la gorra.

    Tenemos a Tom Waits que busca oro en un valle de ensueño, impecablemente fotografiado por Bruno Delbonnel (el habitual hombre de la luz de los Coen es Roger Deakins).

    Tenemos una caravana de familias que buscan llegar a su destino y evitar las emboscadas de los indios.

    Tenemos a los pasajeros de una diligencia que hacen cuentos inquietantes al estilo Mary Shelley y Lord Byron, a ver quién impresiona más y mejor.

    Claro, al tratarse de una película de episodios independientes, inexorablemente el espectador tiende a compararlos. Y es cierto que algunos son mejores que otros, o más inteligentes, o más divertidos, o más amargos. Y también es cierto que hubiese sido más atinado rematar con una historia movida y no precisamente con una enteramente hablada.

    Pero más allá de estas disquisiciones, los Coen tienen todo lo que uno quiere ver en una película: acción (y también violencia), humor (y también ironía, que es una forma mejorada del humor), velocidad de dibujos animados sin hacer dibujos animados, síntesis exitosa de géneros —no es para cualquiera ir por la comedia, meter aristas dramáticas, transformar en un musical una secuencia inesperada— y una visión exquisitamente pesimista de las cosas.

    Qué capos estos tipos, tienen 18 películas y apenas dos mediocres (y justo son remakes: El quinteto de la muerte y Temple de acero).

    Te enganchan con las bandas sonoras. Jesús juega a los bolos al compás de Gypsy Kings en El gran Lebowski, una de las grandes secuencias del cine de todos los tiempos. Y no solo con la música sino también con los sonidos puros y duros como en Barton Fink, con la voz a través de la pared y los pasos de John Goodman por el corredor antes de golpear la puerta de la habitación de un aterrado John Turturro.

    Te enganchan con esos primeros planos de John Goodman, de Holly Hunter, de John Polito, de Jeff Bridges, de Frances McDormand, del temible Javier Bardem con su pelo de gato muerto; esos primeros planos de perfectos zopencos (¡qué actor no quiere hacer de zopenco para los Coen!) de George Clooney y del díscolo Brad Pitt extorsionando por teléfono a John Malkovich (“¿Osborne Cox?”) en Quémese después de leerse.

    Te pueden hacer el mejor policial de serie negra (Simplemente sangre, su debut en 1984) o de frío negro (Fargo, su primer Oscar: Mejor guion original) o de bestias negras (Sin lugar para los débiles, tres estatuillas más: Mejor película, dirección y guion adaptado).

    Te pueden hacer la mejor comedia independiente (Educando a Arizona) o hollywoodense (El amor cuesta caro).

    Te pueden hacer la mejor película sumergida, oscura, inquietante, sobre el secreto que ocultan los rabinos: Un hombre serio. Si sos judío te puede causar mucha gracia. O te puede molestar.

    Te pueden hacer la mejor película de gángsters: De paseo a la muerte (imponente Turturro de nuevo en la escena de la ejecución, cuando se arrastra como una rata para que no lo maten).

    O el mejor western, que es sureño y urbano al mismo tiempo (¿Dónde estás, hermano?), porque estos tipos mezclan géneros y juegan con ellos.

    Joel (1954) es el mayor, casado con Frances McDormand. Ethan (1957), el escritor, el más “intelectual”. Dos sesentones que siguen sacudiendo las cámaras a todo rocanrol.

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