Nº 2099 - 26 de Noviembre al 2 de Diciembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsí como se dice que durante la guerra lo primero que cae es la verdad, en un mundo polarizado por narrativas populistas de izquierda y de derecha lo que muere es cualquier movimiento generado espontáneamente por necesidades reales de determinados grupos de la sociedad. En sus orígenes buscan su lugar por fuera de la política existente, procurando lograr una igualdad de oportunidades que el sistema no les ofrece, pero muchas veces terminan empantanados en uno de los dos bandos de la polarización actual.
Un ejemplo esclarecedor en ese sentido es la decisión de la Coordinadora de Feminismos de recoger firmas para derogar más de 100 artículos de la Ley de Urgente Consideración (LUC), poniéndose en línea con el PIT-CNT y el Partido Comunista, entre otras fuerzas de izquierda. La pregunta es: ¿la LUC es machista? Obviamente la vicepresidenta Beatriz Argimón, militante feminista, no piensa eso. Y muchas otras figuras que también se sienten feministas tomaron distancia de esa decisión. Parece claro que la LUC no es un problema para la igualdad que buscan las mujeres bien intencionadas, sino que la Coordinadora se suma ideológicamente a las fuerzas de izquierda y da prioridad a la lucha por el poder, por encima de su razón inicial de ser.
A escala internacional hay otros ejemplos, como el del movimiento Black Lives Matter (La vida del hombre negro importa), donde la causa empezó provocando una amplia simpatía en la población americana e internacional pero luego derivó en acciones políticas partidarias. De un lado está Luis Hamilton —el supercampeón de la Fórmula 1— con el cartel a favor del movimiento en su tapaboca. Del otro, los dirigentes burocratizados con propuestas como “desmantelar la policía” e “intervenir la Justicia”. En otras palabras, lo que quieren es bombardear al capitalismo y volver a las causas políticas primordiales de la izquierda radical, por encima de si se hace justicia con los hombres y mujeres negros que murieron en manos de unos policías descontrolados.
En un artículo publicado el fin de semana pasado en la diaria, bajo el título “De la marea roja a la marea rosa”, se asegura que la derechas del mundo vienen construyendo su nueva narrativa desde la caída del Muro de Berlín con un nuevo enemigo para sustituir al comunismo: la ideología de género y la diversidad sexual. La idea, sostiene el artículo, es buscar una nueva lucha que les dé una razón de ser. Pero nada se dice de la influencia permanente de la izquierda en la educación, en los sindicatos, ni en varios movimientos sociales y feministas. Hacen una muy buena presentación para describir el modus operandi de conservadores religiosos en la derecha, pero omiten referirse a lo que ocurre en la vereda de enfrente.
Los políticos de uno y otro lado consideran que sus luchas por el poder deben ser la prioridad, y si ello implica corromper cualquier movimiento surgido de una necesidad espontánea, pues así se hará. El fin justifica los medios. Pero llama la atención que la izquierda pretenda adueñarse de causas como los movimientos a favor de la igualdad de género y la diversidad sexual, cuando en los tiempos históricos en que le tocó gobernar, hizo bien poco por esas minorías.
En la serie de Netflix tan popular en estos días Gambito de Dama, se muestra cómo en el marco de la Guerra Fría los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Soviética tratan de convertir un partido de ajedrez en parte de su disputa. También un grupo religioso lo quiere transformar en un choque entre religión y ateísmo. Todo eso los aleja de la mayoría de la gente involucrada, que solo quiere jugar y festejar.
El artículo de la diaria hace también una mínima mención al movimiento hippie como uno de los elegidos por los conservadores para atacar. Los hippies fueron protagonistas del rompimiento con costumbres sociales demasiado pacatas en los sesenta y setenta y se desempeñaron como pacifistas anarquizados (aunque si eran anarquistas, no lo sabían), pero no se identificaron ni con la derecha ni con la izquierda. Pero hace poco tuvieron que ver cómo Roger Waters, un referente musical para ellos, atacara a Trump y defendiera a Maduro, como si eso fuera la evolución natural de aquel movimiento. Algo entendió mal o lo ayudaron a entender mal.
En definitiva, si el relato conservador es el que describen, la izquierda no es nada inocente como provocadora de esa reacción. Los movimientos espontáneos, con toda su pureza carismática, duran poco y caen en la mediocre lucha política.