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Fue el jugador más hábil y sorprendente que vi en canchas vernáculas, cualidades que resultaban aún más extraordinarias considerando su físico entrado en carnes. Pero ese gordito, que manejaba los dos perfiles como pocos, te pintaba la cara con una gambeta o un caño, y en una baldosa. La gente disfrutaba viéndolo, porque más que para el equipo de turno, jugaba para la tribuna. Una vez, un hincha emocionado con una de sus endiabladas moñas, comentó a los gritos para regocijo de la tribuna: “¡Un día este Negro le va a meter la pelota en la oreja a un rival!”.
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Luis Alberto Cubilla, el Negro, había nacido en Paysandú en 1940 y murió en Paraguay este domingo 3, como consecuencia de un cáncer estomacal. Tenía 72 años. Como les gusta decir a los hinchas, ganó todo. Dos veces campeón de la Libertadores y una de la Intercontinental con Peñarol (60 y 61); una de la Libertadores y de la Intercontinental con Nacional (71) y a los treinta y largos, cuando además de gordito también arrancaba para la veteranía, campeón uruguayo con Defensor en 1976.
Integró extraordinarios equipos de Nacional, Peñarol, River Plate argentino y Barcelona de España y jugó tres mundiales (62, 70 y 74) con la camiseta celeste. El cuarto puesto que Uruguay obtuvo en México 70 es en gran parte gracias a él, con aquella rascada en la línea de cal, donde cuerpeó y le ganó al defensa soviético, para enviar desde el piso un preciso centro que Víctor Espárrago mandó de cabeza a la red. En aquel entonces, la gente gritó el gol y brotó la algarabía urbana gracias a la transmisión radial, porque el partido llegaba en diferido.
Un día le vi hacer un golazo de volea con la zurda en el arco de la Colombes. Espárrago se la sirvió de cabeza, como devolviéndole el gesto del mundial, y cuando la pelota iba en el aire, el Negro gritó: “¡Mía!”, y la encajó donde defecan las arañas. Ni diez goleros la sacaban. Esa noche los informativos repitieron el gol varias veces.
Otra anécdota sobre su precisión para pegarle a la pelota. En una práctica de la selección que se entrenaba en el Estadio Centenario para Alemania 74, Fernando Morena lo desafió: “¿A qué no te animás a meterla en el túnel?”. Inmediatamente, el Negro giró, levantó la vista, apuntó hacia el túnel —que estaba a unos 70 metros— y mandó un pelotazo que quedó rebotando entre los escalones y la puerta corrediza.
Como técnico fue tan exitoso como polémico. En 1979, Olimpia había ganado el primer partido final de la Libertadores y llegaba para disputar la revancha ante Boca en la Bombonera. Los periodistas abordaron a Cubilla sobre la fecha tentativa y el lugar del tercer partido, dando por sentado que los xeneises se tomarían desquite en su casa. “No va a haber necesidad de jugar un tercer partido”, dijo el Negro. Y así fue: 0 a 0 y primera Copa de América para los paraguayos.
No le fue tan bien con la selección uruguaya. Fue famoso su conflicto con el contratista Paco Casal y con los jugadores que actuaban en el exterior. También tuvo detractores por su forma de entrenar, porque no cumplía los horarios, porque era desprolijo, porque no trabajaba lo suficiente.
Pero quedémonos con el Negro gambeteador, por aquí, por allá, que arranca por la punta y deja rivales en el camino, uno detrás del otro, con las piernas anudadas, los cuellos trancados y las miradas desencajadas. El fútbol como un auténtico espectáculo de ilusionismo.