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    Ni un dedo por ellas

    Camino por la Plaza Independencia. Me gusta, pese a que desde el punto de vista de la arquitectura paisajística es horrenda.

    Es un símbolo para la ciudad, con su puerta de la Ciudadela, con su Palacio Salvo, con sus columnas y su monumento a Artigas.

    Recuerdo una intervención urbana en la que participé, allí, en contra de la violencia doméstica. Una artista nos propuso a decenas de mujeres voluntarias a partir desde el Centro Cultural de España, vestidas de novias, de blanco pero con guantes negros.

    Recorrimos en silencio la Plaza Matriz, la peatonal, llegamos hasta la Plaza Independencia y nos sentamos en el suelo. Con tristeza, cada una cosió caóticamente líneas en los guantes negros, con hilo y aguja. El gesto simbolizaba cuántas vidas se destruyen a partir del matrimonio, entre los muros de un “hogar”.

    Nos filmaron: la prensa estaba muy atenta.

    Hoy, años después, quiero participar en una marcha similar a favor de los millones de mujeres que, en países musulmanes, padecen violencias terribles ante los ojos de un mundo que no hace nada por ellas.

    En la era de la globalización, todos hemos visto por Internet cómo mujeres en Afganistán han sido lapidadas por “adúlteras”, hemos sabido de violaciones colectivas en África o en India cuyos perpetradores quedan impunes, conocemos que una mujer recibe violentos castigos si reinicia una relación amorosa, sabemos que es práctica habitual casar niñas con ancianos, sabemos de mutilaciones genitales en el Egipto profundo, conocemos el burka y el velo en todos sus formatos posibles (un velo que en miles de casos no es una opción libre y que está teñido en sangre), pasivamente nos enteramos de que 200 niñas en Nigeria fueron raptadas —para siempre— por ir a la escuela, que en Pakistán Malala fue baleada dos veces por desear una educación, es público que Irán es el país con más alto índice de mujeres periodistas presas, que el índice de analfabetismo de las mujeres en los países musulmanes es enorme, que en la televisión árabe hay programas donde se discute la conveniencia de pegar a las esposas.

    Y estos días los informativos (recomiendo los internacionales) nos notifican sobre la limpieza étnica que está perpetuando el grupo ISIS contra pueblos de diferente credo, como los kurdos: se ejecuta a los hombres y se viola a las mujeres. ¡Otra vez la violación como arma de guerra!

    Sin embargo, solo vi una queja uruguaya pública sobre el “feminicidio” que desde hace años ejecuta este teofascismo islámico. Fue en un graffiti de un grupo feminista: Las mujeres en Afganistán se suicidan por no querer usar el burka.

    Pasaron años. Los muros de mi ciudad mencionan las tropas en Haití. Las manifestaciones citan otros temas.

    Pero nadie habla de la guerra contra las mujeres que se lleva a cabo en un mundo que se llena la boca hablando de derechos humanos. Nadie mueve un dedo.

    Dicen que son diferencias culturales. ¡Los académicos defienden el “multiculturalismo”!

    No puedo menos que sonreír con amargura.