N° 2014 - 28 de Marzo al 03 de Abril de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay un delincuente mujeriego, seductor, Daniel Benítez, que huye de la persecución policial y aunque al final se redime igual termina en un presidio.
Hay un comisario, Robles, empecinado en la captura de ese delincuente.
Hay una cantante de tangos, Cora Morel, amante del delincuente, quien, mientras su hombre escapa, lo ayuda pasándole datos en un código que inventa usando palabras sueltas de letras con las que se luce en un programa radial.
Esos son los personajes centrales —Santiago Arrieta, Francisco Petrone y Tita Merello, respectivamente— de La fuga, película de Luis Saslavsky estrenada el 28 de julio de 1937 y de la que sobrevive otra versión filmada por Tito Davison, en México, con Arturo de Córdova en el rol protagónico.
He traído este recuerdo porque muchos han olvidado que esa película fue el origen de uno de los más hermosos tangos compuestos por Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, Nieblas del Riachuelo, que, con justicia, figura entre los clásicos.
Para la trama de La fuga, mezcla ajustada de historia romántica con crónica policial, Saslavsky, que trabajó en Estados Unidos para la Metro Goldwyn Meyer, filmó en España y fue amigo, entre otros grandes, de Antoine de Saint-Exupéry y Jorge Luis Borges, necesitaba dos o tres tangos que cumpliesen con los requisitos del guion y para lucimiento especial de Tita Merello. Hecho el pedido a los autores, Cobián y Cadícamo crearon dos —El campeón, que no tuvo repercusión posterior alguna, y el exitosísimo Nieblas del Riachuelo— en el lapso de una semana.
En su momento, Cadícamo dijo: “La elección del motivo de la letra no fue mía, sino de Saslavsky, aunque, la verdad, siempre me atrajo todo lo relacionado con barcos y puertos”.
No mentía. Poco antes de Nieblas del Riachuelo, cuando ni imaginaba esa poesía a pedido, había escrito estos versos de Bodegón del Riachuelo en su libro La luna del bajo fondo: “Bodegón del Riachuelo… es víspera de fiesta… / Un fuerte olor a queso cavalo y a vinoto… / La victrola nos miente a Louis Armstrong y su orquesta / y el marinero yoni se mama con whiscoto…”. Es probable que un lector de gusto fino diga que no se compara con la letra del tango: —Sueña marinero con tu viejo bergantín, / bebe tus nostalgias en el viejo cafetín… / Llueve sobre el puerto, mientras tanto mi canción / llueve lentamente sobre tu desolación…
Tita Merello logró un impacto al cantar, con su peculiar estilo, Nieblas del Riachuelo al momento del estreno de La Fuga. Pero ese impacto, paradójicamente, convocó a muchos artistas a grabar nuevas versiones de la obra, algunas antológicas. Entre otras, hay que destacar las de la Orquesta Argentina Odeón con la voz del uruguayo Alberto Vila, Osvaldo Fresedo con Roberto Ray, Eduardo Adrián, Edmundo Rivero, Virginia Luque, Julia Sandoval, Adolfo García Grau, Roberto Goyeneche, Susana Rinaldi, Miguel Montero, Néstor Fabián, Violeta Rivas, José Salas con Alfredo Belussi y Alberto Di Paulo con un quinteto vocal.
Y, como siempre, hurgando, aparece una curiosidad: Astor Piazzolla grabó en el exterior Nieblas del Riachuelo —un disco poco menos que inhallable— con la voz de un cantante norteamericano cuya identidad jamás supe.
Por supuesto, están además las versiones instrumentales, entre las cuales resaltan las de Los Astros del Tango, Lucio Demare en solo de piano, Aníbal Arias en solo de guitarra y Terig Tucci con Los Nostálgicos del Tango.
Según una investigación de Del Priore y Amuchástegui, “la ribera es un paisaje muy frecuente en las letras de tango, tan ligado a la nostalgia del inmigrante como el fondeadero”. Y recuerdan ejemplos exquisitamente seleccionados: La vuelta de Rocha, de Filiberto y Coria Peñaloza, Aquella cantina de la ribera, de González Castillo y su hijo Cátulo, La cantina, de Troilo y Castillo, Canzoneta, de Ema Suárez y Enrique Lary, Domani, de Viván y Castillo, Mañana zarpa un barco, de Manzi y Demare, Quinquela, de Valle y Flores, La ribera, de Soifer y Romero y Riachuelo, de Donato y Orsi.
No obstante, y aunque todo en el arte es subjetivo, Nieblas del Riachuelo, acaso con la cercanía de Mañana zarpa un barco, es difícil de igualar en su calidad melódica, poética y dramática:
—Nunca más volvió… / nunca más la vi… / nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí… / esa misma voz que dijo adiós. / Anclas que ya nunca, nunca más han de levar… / Bordas de lanchones sin amarras que soltar… / Triste caravana sin destino ni ilusión, / como un barco preso en la botella del figón…