Nº 2113 - 4 al 10 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi hay algo que quedó demostrado durante los últimos meses es que la ciencia es más necesaria que nunca, además de generar negocios muy importantes. Es una buena cosa que los países pequeños traten de enfocarse en especializaciones, no tanto de ciencias duras, pero sí de medicina, microbiología, ingeniería, y otras como informática, energías renovables, fusión nuclear, inteligencia artificial y energía extraída del hidrógeno. Creemos que Uruguay tiene chances en algunos de estos terrenos, donde el valor del conocimiento está muy bien remunerado, incluso para la escala de la economía de un país.
Es importante también el efecto positivo que tendría el crecimiento en esas áreas en la salida laboral y el apoyo para los jóvenes que quieran recorrer el camino científico en su preparación como estudiantes. Al ser consultado al respecto, uno de los principales referentes científicos uruguayos —que prefirió no ser mencionado— comentó con razón que “los países con mayor conocimiento científico sacan diferencias en crecimiento en varias puntas” y que apostar por la ciencia también serviría para dejar “de taparnos de abogados, cientistas sociales y otras carreras tradicionales, que además están teniendo mucho menos demanda”.
En estos días se desarrolló un circo político y mediático por los supuestos recortes presupuestales para la ANII (Agencia Nacional de Investigación e Innovación), tratando de dar la impresión de que el Poder Ejecutivo quiere destruir todo lo hecho en esa materia. No parece esa la intención. No resulta lógico pensar que un gobierno no quiera tomar esta oportunidad de encontrar nuevos caminos a través de la ciencia y la investigación para buscar más riqueza. Es importante ponerse en los zapatos de los administradores, que encontraron un cierto descontrol en el manejo presupuestal. Suponer que querer corregir algo que obviamente necesita ajustarse —más en un momento de crisis— es estar en contra de la apuesta de fondo, responde a una intencionalidad política burda.
El tema para nosotros es otro. Nuestros legisladores se manejan mucho con definiciones teóricas atractivas, las defienden, crean nuevos organismos estatales y se olvidan del tema, sin tomar en cuenta todo lo que viene después. Así surgió la ANII. Pero en los países del mundo que han tenido éxito en este tipo de emprendimiento, la inversión privada juega un papel imprescindible, mucho más importante que el local. Darle un papel más preponderante al Estado es dificultar el desarrollo que realmente necesita la investigación y la ciencia.
Quizás ahora la ANII, por su naturaleza de abrir puertas a proyectos privados y gracias al empuje de sus nuevos directores, pueda tener algunos logros que la separan de otras oficinas del Estado. Pero si vamos a revisar su eficiencia, es un buen momento para darle una participación más contundente al sector privado. Su directorio cuenta con algunos integrantes independientes de la política, pero la prevalencia de los directores nombrados por los gobiernos de turno ha sido evidente, y muchas veces problemática. Ocurrió durante el gobierno del Frente Amplio claramente y ahora la tendencia se repite. Incluir a muchos más jugadores, no necesariamente elegidos por el Poder Ejecutivo, sino por sus méritos científicos y empresariales, no solo mejoraría la performance de la institución, sino que sería más atractivo para la inversión privada.
Un variación de un cuento sufi, que también se puede aplicar para este caso, da una idea de cómo funciona el Estado cuando se hace cargo de un tema. Un pequeño pueblo dependía para su alimentación de una vaca, con ella conseguía la leche y fabricaba sus quesos. Así se alimentaba a buena parte de sus habitantes. El gobierno local comenzó a administrar el “recurso vaca” y designó a varias personas, con sueldos y afines, y llegó el triste momento previsible: el animal murió. Pero eso no iba a desalentar a los gobernantes. Crearon un monumento a la vaca, que primero se parecía a la original, pero con el tiempo fue creciendo en tamaño. De una ubre pasó a tener tres, además fue revestida en oro, y por supuesto la administración de la vaca —ahora monumento— también aumentó: gerente, subgerente, constructor, mantenimiento y muchos más. Solo había un pequeño detalle que llevó a la ruina a todas esas personas: ¡la vaca ya no daba leche!