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    No perder la memoria

    N° 2011 - 07 al 13 de Marzo de 2019

    Son muchos los historiadores e investigadores que admiten que la evolución creativa del tango clásico culminó con Piazzolla.

    Para ser justos, debería agregarse a Eduardo Rovira, un renovador aun más audaz que Astor, pero que, infelizmente, apareció con su aporte más tarde y murió, en su plenitud, antes que el autor de Adiós, Nonino.

    Sabedor de este consenso, siento cierto abrigo frente a algunas discusiones que, de todos modos, no abandonan esta cuestión.

    Ahora bien, ¿qué llegó luego de las alturas a las que Piazzolla y Rovira llevaron al tango clásico?

    Pura recreación —cuyo valor no hay que despreciar, sino respetar y aguardar hasta ver adónde nos lleva— asentada en dos corrientes: aquellos que han buscado poner su sello sobre la base de un referente histórico de su paladar, y los que están experimentando diversas formas de fusión con otros ritmos, aventurándose, incluso, en el uso de instrumentos no convencionales y la electrónica.

    El querer parecerse a un antecesor y mejorarlo es tan añejo como el tango mismo: ya en la Guardia Vieja, luego de los próceres, eso hicieron creadores como Eduardo Arolas, Agustín Bardi y Juan Carlos Cobián; y sobre las obras de estos se asentó De Caro, que a su vez creó una escuela que dio origen, con estilos propios, a Pugliese, Mores, Salgán, Troilo y hasta los mismísimos Piazzolla y Rovira.

    ¡Y después la fusión, presentada ahora como la gran novedad!

    En tangos de Arolas, por ejemplo, se advierte claramente la influencia de la música criolla, de la pampa. “Escuche esta parte de La cachila —me dijo un día Pugliese—. ¿Nota ahí los aires de una vidalita? En otros temas incluyó partes de milongas y de estilos, que fusionó con el ritmo tanguero y sus melodías”.

    Agustín Bardi, que conocía la llamada “música clásica o culta”, y que fue influido por ella, se formó tocando en su violín también los mismos estilos, milongas y vidalitas, hasta armar una obra absoluta de fusión que alcanzó la cima con su –posiblemente— mejor tango: Gallo ciego, en el cual, según Roberto Selles, genera una vanguardia al crear, sobre todo al inicio, “frases melódicas muy cortas que se repiten, ubicando recién en el cierre de la segunda parte las notas que corresponderían al hexámetro musical básico ideado”.

    Más adelante, acumuladas todas estas influencias, aparecen músicos tan diferentes como Mariano Mores, Osvaldo Pugliese, Horacio Salgán y Aníbal Troilo. Tampoco le escaparon a la fusión; por el contrario, recurrieron a ella con entusiasmo.

    Mores tocaba a Schubert, a Bach y a Mozart, apenas adolescente, con notable brillo y gusto refinado. En su trayectoria, a la que muchos tradicionalistas han llamado, con un tufillo peyorativo, “sinfónica”, aparecen sin embargo las añosas y por él también queridas influencias camperas: en Una lágrima tuya —único tema que hizo con letra de Manzi— entramó el ritmo de tango con acordes mozartianos y aires de malambo y de huella, lo que repitió en Adiós, pampa mía.

    Pugliese adhirió a algunas sutilezas de De Caro, como introducciones con el piano, dos partes unidas por un puente, generalmente solista, y una armonía final más rítmica. No obstante, enriqueció su estilo con el fraseo instrumental corto y repetido de Bardi y también acordes de vidalitas y estilos, prefigurando al mejor Piazzolla con la inmensa trilogía de su madurez: La yumba, Negracha y Malandraca.

    Salgán confesó más de una vez su gusto por la ópera italiana, el jazz primitivo de los negros de Nueva Orleans y algunos sones camperos. En A fuego lento, su creación paradigmática, fusionó todas esas influencias y con el ostinatto que “pertenecía” a Bardi —aunque él argumentó haberse inspirado en el aria La calumnia de El barbero de Sevilla— alcanzó lo esencial del tango, junto a breves toques jazzísticos y de milonga vieja.

    Troilo, finalmente, usó todo, dicho con admiración y respeto: aportes del criollismo, del tango canción, o tango romanza, los solos instrumentales decareanos, el pianísimo clásico sin excesos, y al fin, aunque haya quienes no lo admiten, introdujo la economía musical. Lo dijo Rodolfo Mederos: “Pichuco nos enseñó que la música no es buena porque tenga mucho, sino porque precisa poco”. Troilo fue la fusión del susurro, una suerte de síntesis o, si se acepta un juicio más audaz, de “sincretismo del tango”.

    ¿Y hoy y mañana o pasado mañana?

    Sobran artistas jóvenes para seguir la búsqueda de otras formas que no destruyan lo esencial.

    Porque el tango clásico ya fue hecho.