Nº 2190 - 8 al 14 de Setiembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáResulta que llega a Montevideo un extranjero, que viaja desde muy lejos. No conoce mucho Uruguay ni tampoco su actualidad. Más bien nada. El motivo de su visita es un asunto puntual de negocios que lo convoca a distintos países de América Latina. El rubro es irrelevante. Podría ser cualquiera, no aporta a la historia.
El asunto es que luego de trasladarse desde el Aeropuerto Internacional de Carrasco a un hotel céntrico se entera de que tiene toda la tarde y la noche libres. Su agenda recién comienza al otro día. En lugar de salir a recorrer una ciudad que le es totalmente ajena, opta por prender la televisión de su cuarto para interiorizarse un poco de la situación del país que lo alberga.
¡Y vaya sorpresa! El tema principal de todos los informativos televisivos es la renuncia del número tres del Ministerio del Interior luego de que se difundiera que tuvo una consulta en el Hospital Policial. Hay una gran conmoción. Sus correligionarios lo halagan, destacan su hidalguía y aseguran que deja “la vara muy alta” al tener tan destacable gesto. Sus opositores cuestionan la dimisión, la consideran exagerada, y entienden que es consecuencia de que el gobierno se enredó en su propio discurso acusatorio. Raro para esta persona extranjera, de otro continente. No es lo que se esperaba.
Baja al lobby del hotel y pide un semanario, uno de los principales del país que visita. Allí, en una entrevista central, un precandidato presidencial de un país vecino destaca los “bajos niveles de corrupción” que registra Uruguay, sus “instituciones sólidas” y los “consensos políticos”. Su sorpresa aumenta. Piensa en sus preconceptos y concluye que viajó a un país mucho más similar a su lugar de origen.
Parece Finlandia, piensa. Desde esa zona del mundo es de donde viene. En los últimos días siguió con atención todos los pormenores del caso que involucra a la primera ministra finlandesa, Sunna Marin, que semanas atrás realizó una fiesta con sus amigos en su residencia oficial, generando un escándalo mediático al conocerse algunos videos grabados en medio de la celebración. Se la ve bailando y cantando y luego se difundió una foto de dos de sus amigas besándose con sus torsos desnudos, tapados con una cartel con la inscripción “Finland”. Las noticias de la fiesta se fueron sucediendo como si fueran distintos episodios de un escándalo de corrupción y ahora pusieron a Marin al borde de la renuncia.
No es tan distinto a lo que pasa al sur del mundo, en un continente famoso por lo contrario, concluye. Así, con esa idea, se va a dormir. Pero al otro día le toca salir puertas afuera del hotel cinco estrellas. Y se lleva otra sorpresa. O más bien, vuelve al principio, al momento de aterrizar. Las calles están llenas de personas viviendo en ellas, la ciudad está sucia, la inseguridad se respira en cada esquina y el panorama que le plantean sus interlocutores es muy distinto al que se había construido en su cabeza el día anterior.
La historia es ficticia pero perfectamente podría haber ocurrido la semana pasada en Montevideo. Más precisamente el jueves 1º, antes de que hechos de violencia tanto en Uruguay como en Argentina prácticamente monopolizaran la agenda mediática. Viene a cuento para intentar poner las cosas en su lugar y dejar en evidencia ese mito alimentado por gran parte de los uruguayos de que los niveles de corrupción local son ínfimos, similares a los países nórdicos.
Y no, no es así. No somos Finlandia. La corrupción existe en distintos ámbitos, aunque quizás a otra escala de lo que ocurre en la región. Pero esa no es una excusa, es simplemente una cuestión de tamaño y de montos. Aquí no aparecen bolsos repletos de dinero, pero eso no significa que algunos no se queden con el vuelto o se benefician de cosas que no deben. El problema es cultural, asociado a la idiosincrasia de muchos uruguayos. Allí es que entra el debate de los últimos días relacionado con el uso de los servicios del Hospital Policial por civiles y muchos otros temas similares abordados en el pasado.
Los finlandeses no se manejan a partir del amiguismo o la ventaja mínima o pretenden sacar provecho del cargo que ostentan en las cuestiones más simples, por más que sepan que no se debe. La gran mayoría tiene claro qué está bien y qué está mal con referencia al ejercicio del poder y si se separan apenas unos milímetros de ese deber ser se generan escándalos políticos de magnitud, como le está ocurriendo a Marin.
Además, cuestiones como la de la primera ministra pueden ocupar mucho de su tiempo porque ya tienen casi resueltas otras muchísimo más importantes, como la educación, la seguridad pública, la vivienda y la alimentación. Ese ya es un punto que genera años luz de distancia pero también hay otro, menor en magnitud, que los uruguayos no terminamos de asumir. O al menos así pareció con las discusiones generadas los últimos días en cuanto a eventuales desviaciones éticas.
No somos Finlandia porque está demasiado expandida esa avivada cotidiana entre los que ejercen el poder, por más mínimo que sea, tanto en el ámbito público como el privado. Y eso trasciende a los partidos políticos y al gobierno de turno. También a las cuestiones ideológicas y a las distintas clases sociales.
Una prueba contundente al respecto. Desde 1985 hasta la fecha han gobernado Uruguay los tres principales partidos políticos y absolutamente todos tuvieron que enfrentar situaciones difíciles por excesos cometidos por sus jerarcas. Todos tienen renunciados, procesados y hasta condenados por hechos no dignos de finlandeses.
Para poner solo unos pocos ejemplos, en uno de los gobiernos del Partido Colorado renunció un presidente del Banco Hipotecario luego de que se conociera que su hija había accedido a un apartamento con beneficios con respecto al resto de los clientes de esa institución; en los del Frente Amplio renunció un vicepresidente luego de que se difundieran los gastos excesivos que realizó con la tarjeta corporativa de Ancap, y un ministro de Economía y un presidente del Banco República fueron procesados por favorecer a un empresario privado en el otorgamiento de un aval; y ahora un jerarca del Ministerio del Interior dio un paso al costado por haber recurrido al Hospital Policial sin que le correspondiera, para acceder más rápido a un especialista.
En ninguno de esos casos hay coimas millonarias ni organizaciones mafiosas ni nada que se le parezca. Temas menores, dirán muchos. Pero no lo son. Hay que hacerse cargo y actuar en consecuencia en lugar de sentirnos superiores a la región. Porque de tan generalizados esos asuntos ya son endémicos. Y por eso se repiten una y otra vez de administración en administración. Y por eso a veces las denuncias que hacen algunos terminan siendo letales para sus propios correligionarios. Y por eso también no somos Finlandia.