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    Noche de brujas

    “Cuentos dos veces contados”, de Nathaniel Hawthorne

    Por algo los clásicos son clásicos. A veces el lector siente la necesidad de leer una prosa afín a los días en que vive, bien nutrida de modismos contemporáneos, con velocidad digital, ciudades de vidrio y ascensores silenciosos. Pero otras veces impera el deseo de leer a escritores que hablan de un viajero de extraño semblante y sombrero gris que llega a un poblado y provoca inquietud, de laboratorios con benditos brebajes y pócimas inmortalizadoras, de una mujer con tez pálida y rizos de oro y de la lámpara del sereno que ilumina abruptamente un rostro en la noche. Es decir, de blasones y misterios en el siglo XIX, cuando la máquina a vapor era un invento reciente y los carruajes tirados por caballos el modo tradicional de desplazamiento. Es decir, de un tipo como Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804-Plymouth, 1864), padre de la literatura norteamericana junto a Herman Melville y Edgar Allan Poe.

    Cuentos dos veces contados, publicado por primera vez en 1837, reúne catorce historias extraordinarias, muchas de ellas en el borde de lo fantástico, otras en el límite de lo real, diferencia que siempre opera desde los controles de una mente desbordada e imaginativa, como la de este señor que trabajó de aduanero en el puerto de Boston (un tiempo para soñar) y recorrió Europa (un tiempo para vivir).

    Los personajes de Hawthorne se llaman Wakefield, Owen Warland, Higginbotham, Goodman Brown o Rapaccini, y van a la deriva por la vida, en general con una tendencia romántica y melancólica, buscando las razones de la ciencia y del espíritu, que muchas veces desembocan en los callejones de lo decididamente sombrío.

    Impera siempre un mundo de pesadillas. Abandonar el hogar de tu pequeño pueblo, introducirte en el frondoso y abigarrado bosque porque vas a participar, sin saber bien en qué consiste, en una reunión y constatar que, entre los árboles y las piedras, hay otros habitantes del pueblo, y un poco más adelante otros más, hasta que de pronto es el pueblo todo el que asiste a semejante aquelarre. Para volverse loco.

    O llegar a otro pueblo a visitar a un tío y quedar atrapado en los brazos de una espesa noche, en la escalinata de una iglesia desierta, y paulatinamente —el elemento sonoro es fundamental— aguzar los oídos y sentir allá a lo lejos una especie de desfile que se acerca, un corso monstruoso que ahora emite un ruido tremendo y justo se detiene en las escalinatas donde tú estás sentado, y el jinete que lo preside te mira fijamente.

    La pesadilla puede tener un comienzo apacible, como ocurre con muchos sueños. Nada más cálido que una familia en torno al fuego hogareño, con la placentera sensación de las ramas y las piñas quemando en la estufa. Hasta que un extraño abre la puerta y te recuerda que tu casa está en un abismo, a merced del capricho de las puntas nevadas, que en cualquier momento se pueden desprender.

    También puede suceder que alguien haya dedicado toda una vida, día y noche, a construir el mecanismo más delicado, el organismo artificial más sublime y del tamaño de una mariposa, y que una vez que ese prodigio haya tomado forma y extendido sus pequeñas alas para volar, con todas las consecuencias materiales que esto implica, ya no te importe su suerte por alguna razón. Ah, los misterios insondables del artista y del alma humana.

    Los cuentos de Hawthorne ciertas veces concluyen con una moraleja o enseñanza. Suena un poco anticuado o innecesario. Pero ese sabor demodé encierra un trasfondo filosófico, un principio de análisis. Eran tiempos más reflexivos, en los que una noticia corría tan rápido como... el ferrocarril.

    Poe dijo que estos cuentos pertenecen a la más alta esfera del arte. Es exacto. Una prosa como la de Hawthorne es más prístina y tiene más definición que una imagen de Blu-ray: para pintar un atardecer sobre los techos de las casas con el leve humo de las chimeneas, para sugerir todas las víboras que anidan en el pecho de la humanidad, para exhibir la resonancia interna del tañido de una campana. Una prosa que se maneja con el suave vaivén de una alfombra mágica sobre ciudades, el swing de un instrumento que se abre camino con una facilidad asombrosa y puede tocar horas y horas y siempre con variaciones e ideas, pero que también posee el golpe certero, inmediato. Miren este comienzo: “En aquellos extraños viejos tiempos en que los sueños fantásticos y los delirios de los locos se materializaban en hechos reales de la vida, dos personas se encontraron en sitio y hora convenidos de antemano”. Terrible punch, pero si además uno relee (extraños viejos tiempos... sueños fantásticos... delirios de los locos materializados...), se puede perder en cavilaciones varias.

    No hay un solo cuento que no sea muy bueno, y muchos geniales. Por algo a este señor le fue dedicado “Moby Dick”. Si alguna vez alguien hubiese hecho realidad el deseo del capitán Ahab de atrapar a la ballena blanca, dentro del leviatán hubiese encontrado estos cuentos de Hawthorne. Lo mejor que le puede pasar a un gran libro es que el lector, al cerrarlo, diga: y ahora, ¿qué?

    “Cuentos dos veces contados”, de Nathaniel Hawthorne. El Cuenco de Plata, 2013, 254 páginas, $ 770.