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    Noches blancas

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    Moscú es una fiesta. Tarde tras tarde, noche tras noche, los partidos finalizan y salpican de una euforia multitudinaria las calles céntricas de la capital del viejo Imperio ruso. Los colores se mezclan con los cánticos y las ruedas improvisadas alrededor de una bandera. Los latinos son mayoría, o al menos los más ruidosos. Peruanos, argentinos y mexicanos parecen locatarios en los alrededores de la Plaza Roja. Brillan las camisetas y las luces y las guirnaldas y hasta el cielo. Todo es luz en la sede principal del Mundial de fútbol.

    Los locales llaman a estas noches de verano “noches blancas”, porque nunca termina de imponerse la oscuridad. El sol brilla hasta pasadas las nueve de las noche y vuelve a mostrarse un poco después de las tres de la mañana. Entremedio, el cielo no logra alcanzar la negrura absoluta y un reflejo tenue hace que parezca que el día continúa. Es un fenómeno de la naturaleza inspirador, que generó una de las clásicas ficciones de la literatura universal: la novela Noches blancas, de Dostoievski.

    Así es el mundo de fantasía que Rusia ofrece al millón de visitantes invadiendo sus tierras. Así transcurre este mes del mayor encuentro cosmopolita del mundo, en el que casi todos los días llenan un estadio personas de más de 30 nacionalidades. Solo una vez cada cuatro años el fútbol logra tal trascendencia y ahora hay que sumar a las noches blancas y a Uruguay como protagonista.

    Todos tienen algo positivo para decir en Rusia de la selección celeste. Europeos, asiáticos, africanos, latinoamericanos, no hay nadie que no ofrezca algún halago. Los más cercanos se refieren a su continuidad en los mundiales gracias al cuerpo técnico, a la calidad de sus jugadores y a la emoción con la que juega; los más lejanos recuerdan su historia y su forma aguerrida de enfrentar al rival.

    Uruguay también vive durante un mes iluminado por la magia de las noches blancas. Sus habitantes se muestran unidos, defendiendo quizás por única vez en cuatro años una misma causa, sintiendo al de al lado como un socio en ese mundo con forma de pelota.

    Fui uno de los cerca de 4.000 que el viernes 15 gritaron desde las tripas el gol de José María Giménez en Ekaterimburgo. Éramos minoría, 4.000 entre 30.000 personas, sintiéndonos gigantes. Todos dispersos en distintos lugares del estadio pero con una sola historia, larga como el vuelo que nos llevó hasta Rusia. Hasta allí viajé por una semana con dos colegas de El País y El Observador, gracias a una invitación de Coca-Cola, y allí siguen casi medio millar de aventureros orientales con ansias de gloria.

    Muestran camisetas y banderas de todos los equipos locales y muchos disfraces, de los obvios y de los más creativos. Son de todas las edades, familias enteras, grupos de amigos, viajeros solitarios. “Los 23 orientales”, dice una de las telas celestes más llamativas, con el rostro de Luis Suárez sustituyendo al de Juan Antonio Lavalleja. “Luchamos frente a todo”, agrega con épica.

    Da gusto ser parte por unas horas de ese mundo de cuentos al alcance de la mano. Da satisfacción disfrutar de esas noches blancas que todo lo iluminan. Da esperanza ver cómo es posible estar unidos y que eso genere buenos resultados, que haya una mayoría apoyando a una selección nacional.

    El problema es que resulta muy difícil vivir de la fantasía. Sigue ahí, cada vez más perceptible, lo que domina a los uruguayos durante los cuatro años restantes. Es como una pulsión incontrolable que queda encandilada por el exceso de luz momentánea, pero que aparece ante la primera sombra. Los vecinos argentinos también la tienen y ahora la muestran orgullosos y sin disimulo. Los insultos contra los jugadores liderados por Lionel Messi fueron la nota sobresaliente durante el partido entre Argentina e Islandia en el Estadio Spartak de Moscú, que también presencié. Daba miedo ser uno de los once representantes de la camiseta celeste y blanca, que apenas empataron con un equipo cuasi profesional.

    Tampoco fueron buenos los minutos iniciales entre Uruguay y Egipto ni el siguiente encuentro ante Arabia Saudita. El gol agónico en el primero y la clasificación en el segundo calmaron a los más inconformistas, pero antes, en las tribunas mundialistas, se escucharon críticas a algunos jugadores en función de cuál es su equipo de origen o el actual. “Suárez, otra vez nos vas a dejar afuera del Mundial”, gritó uno en Ekaterimburgo, envuelto en una bandera de Peñarol. No importa que sea el goleador histórico de la selección uruguaya: se formó en Nacional. “Guillermo Varela no sabe qué hacer con la pelota”, se quejó otro con camiseta tricolor. Es uno de los laterales con más futuro del fútbol uruguayo, pero eso no es suficiente: juega en Peñarol.

    Cuesta asumir un solo rumbo y objetivo. Es más importante destruir al que está al lado antes que construir el éxito conjunto. Se festeja casi tanto como un triunfo la derrota del otro, y así hace 30 años que un equipo uruguayo no gana una Copa Libertadores.

    La selección lleva casi 15 años de un ciclo con muchos logros. La clasificación a tres mundiales consecutivos, el cuarto lugar en uno de ellos y en otro el ser verdugo de dos potencias, como Inglaterra e Italia, y el campeonato de América en una oportunidad son los más destacados, pero hay muchos otros. Igual asoman los deseosos de modificar ese camino ante el más mínimo resbalo. Eso también es Uruguay, aunque la receta para el éxito esté a la vista de todos. A los resultados los traen los años de trabajo profesional y serio. En el fútbol y en todo lo demás. Lo del equipo de Washington Tabárez debería ser un ejemplo a repetir y a trasladar a otros ámbitos.

    Pero no, el escenario más probable es que este mes siga formando parte de la fantasía y que la historia vuelva a repetirse. Un tropiezo puede ser la excusa perfecta para volver a un país dividido y deseoso de otra refundación. Para trabajar en equipo, primero hay que sentirse como un equipo. Lamentablemente falta mucho para eso, o al menos así lo muestran las señales.

    Los rusos siempre recuerdan que las noches blancas terminan en un largo y helado invierno y que hay que aprovecharlas y disfrutarlas. Quizás por eso es que están tan acostumbrados a reconstruir de las ruinas, a transformar a los fracasos en futuras victorias y a procurar mantenerlas en el tiempo.

    La selección uruguaya tiene serias posibilidades de llegar bastante lejos en el Mundial. Ojalá lo haga y pueda adquirir una enseñanza duradera de su estadía en el verano ruso. Ojalá que el principal legado que todo el país reciba de las noches blancas sea que los buenos ejemplos deben servir para impulsar futuras victorias y no para generar nuevos fracasos.

    ?? Cuando tres es demasiado

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