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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas noticias que llegan todos los días desde Argentina y Brasil sobre los casos de corrupción en los respectivos países y gobiernos nos tienen profundamente asombrados. Ese bombardeo de información puede llevarnos a pensar, en esta pequeña República donde todo es más mesurado, que corrupción se da únicamente cuando los gobernantes o sus allegados se llevan literalmente en carretillas la plata de las coimas. No es así. Para desmontar ese error, que en nuestro caso podría anestesiar peligrosamente la opinión pública uruguaya, voy a desarrollar lo que a continuación sigue.
En las sociedades humanas se pueden dar —y se dan con cierta frecuencia— procesos mediante los cuales la vulneración de las normas pasa gradualmente a convertirse en algo admitido y después en algo corriente. Llamo a ese proceso “la normalización de la corrupción”.
En el Brasil, en este momento, en el contexto del escándalo de Petrobras, está preso el Sr. Oderbrecht, titular de una de las mayores empresas brasileñas, que factura billones de dólares por año, no solo en Brasil sino en África, el Caribe y otras regiones del mundo. Hace ya un año que está preso y está preparando su defensa. Según informaciones que han trascendido, la base argumental de su defensa —armada probablemente bajo la supervisión de los mejores abogados de Brasil que un señor tan poderoso como él seguramente puede contratar— se basará en el siguiente razonamiento: él admite, efectivamente, haber entregado millones de reales para cada una de las campañas electorales de Lula y Dilma y ser un fuerte contribuyente regular para la caja del PT pero agrega que adoptó tales prácticas sobre el entendido de que ese es el modo normal e histórico de financiamiento de los partidos políticos en el Brasil, tanto para las instancias electorales cuanto para sus necesidades cotidianas. No hay otro sistema previsto.
Uno puede adelantar un veredicto tajante: Oderbrecht es un ricachón corrupto y corruptor, y aquí terminaría el análisis del caso. Pero si uno quiere entender un poco más —y de eso se trata— hay que seguir escarbando en las complejidades que efectivamente operan en los procesos sociales. No abro, pues, juicio moral sobre Oderbrecht (ni sobre la otra persona que mencionaré más adelante) y voy al análisis sociológico.
Michael Reisman, distinguido jurista americano, estudió cómo operan sistemas normativos que no están formalmente organizados sino que se originan en significados públicos compartidos. Dice Reisman que hay que distinguir un sistema legal —que él llama “mítico”— el cual claramente contiene y expresa todas las reglas y prohibiciones (es decir, el catálogo completo, sin matices ni excepciones, de todas las acciones permitidas y todas las prohibidas) y diferenciarlo de un código práctico que les indica a los ciudadanos cuándo, cómo, por qué y hasta dónde están autorizados a hacer cosas catalogadas como malas en el sistema legal mítico. El sistema legal mítico —prosigue Reisman— no se desmonta, no se desmiente: se mantiene y se sigue proclamando como importante, como cuerpo de valores ideales o meta distante. Sin embargo, un gran segmento de la ley formal (mítica), que los miembros de la sociedad siguen considerando ley sin discusión, no es aplicada y su violación es socialmente aceptada como la única forma práctica de proceder.
Coloque el lector, al final de este razonamiento de Riesman, el nombre de Oderbrecht y entenderá los fundamentos de la defensa legal que está preparando. Pero le propongo al lector que ponga el nombre de Mujica y entenderá algunas cosas del Uruguay reciente y la serie de desastres allí incoados.
Mujica marcó una época que podría llamarse de relativización genérica en la conducción de su gobierno. En algunos casos se trató de aspectos discutibles o sujetos a preferencias y gustos personales: la estética fue uno de ellos, asociada al menosprecio de nociones de ceremonial y formalidad. Pero en otros casos Mujica se manejó ante la ley en los términos de Reisman que he recogido más arriba. Hizo campaña electoral por el Frente Amplio, estando esta actividad vedada por la Constitución al presidente en ejercicio. En forma explícita justificó la intervención del diputado Placeres (MPP) en los negocios con Venezuela y el cobro de esa intermediación: los negocios del Uruguay con Venezuela —lácteos, quesos, casas prefabricadas, informática, etc.— pasan hoy por las manos (y los bolsillos) de la gente de Mujica. El caso más emblemático —por lo explícito— fue cuando nos explicó a todos la infame suspensión de Paraguay del Mercosur: lo político está por encima de lo jurídico.
Parece innecesario recurrir a más ejemplos: el tono y la actitud de Mujica han relativizado sin disimulo todo aquello que él consideró oportuno o conveniente para sus fines. Lo que sí se vuelve necesario es ponderar cuánto haya influido este ejemplo desde arriba en el aflojamiento de valores y observancias que se percibe hoy en la vida pública y privada de nuestra nación oriental. El desvanecimiento de los contornos obligatorios es una característica general de los tiempos que se viven (por lo menos en Occidente) y no puede ser cargado en la cuenta de Mujica. Pero hay algo en su estilo que —aunque Mujica tenga un currículum y una personalidad típica de los años sesenta del siglo pasado— terminó accidentalmente como propulsor de la anomia y el relativismo tan propios de fines del siglo XX y comienzos del XXI.
Hoy hay un “sello” Mujica en el Uruguay. Ese sello marcó un quinquenio gubernamental desgalichado en toda su extensión. Pero no debe olvidarse que ese estilo hizo escuela: actualmente la principal fuerza interna del Frente Amplio es la que actúa —proponiendo y/o frenando— bajo el influjo y el ejemplo del binomio Mujica-Topolanski.
Finalmente quiero agregar algo más, aunque pueda parecer aventurado. El futuro es incierto pero en el mundo de hoy pululan las operaciones a futuro. Creo que el Frente Amplio no encontrará candidato nuevo para las próximas elecciones y, en consecuencia, mujiquistas y antimujiquistas afligidos por igual, recurrirán al para ese entonces octogenario Pepe para que este les junte los votos (cada vez más esquivos y difíciles de arrebañar). De esta apuesta me hago cargo.
A lo que voy es que la prolongación durante largo tiempo de una influencia tan marcada de relativización de la ley y la legalidad hará más complicada la posterior tarea de restablecer el respeto de la norma en la conducta cotidiana de los uruguayos: habrá quedado instalada una cultura que, como dice Riesman, lleva a que la sociedad no refute ni desmienta las normas y los valores consagrados pero encuentre natural ciertos apartamientos considerados como la única forma práctica de proceder. La normalización de la corrupción habrá pasado a ser un mal endémico.
Juan Martín Posadas