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    Novela de todos los tiempos

    Columnista de Búsqueda

    N° 1812 - 23 al 29 de Abril de 2015

    En Kafka el desarraigo y la extrañeza formaron parte de su intimidad, de su más secreto centro: escribió en una lengua que no era la suya, siendo racionalista, vivió en la calle de los alquimistas en Praga; quiso que su obra fuera prolijamente quemada después de muerto, no se casó nunca, el par de mujeres a las que amó murieron en campos de concentración, vivió hasta el final con su padre, que lo detestaba. La particular visión del mundo que transmiten sus textos, y de a ratos también las improbables peripecias que en ellos se cuentan, opacan el álgebra de la cuestión: los textos, como acto de la escritura, como espacio narrativo, como acto de vida eterna, son una maravilla.

    La novela que gloriosamente cumple cien años nos muestra el caso de Gregory Samsa, que una mañana despierta convertido en un horrible insecto y que no es consciente exactamente de ello hasta que los demás empiezan a tratarlo como tal. Gregorio, ya insecto en lo físico, se siente humano y como tal se vive en todos los sentidos: tiene conciencia, tiene afectos, tiene esperanzas, esto es, dispone de los tres signos vitales que testimonian la entera existencia de una persona, su lugar único e irrepetible en el mundo. Se entera de que es un insecto cuando los otros lo tratan como insecto, cuando le destinan el desdén, la absoluta falta de empatía, la incomprensión y el desafecto radical e inhumano que solamente está reservado para las cosas y, verbigracia, para los más repugnantes insectos.

    El asalto constante de ese trato, sin embargo, no consigue extirparle el alma ni vaciarle de amor el corazón; pero sí acabará por llevarlo a la resignación y al altruismo: preferirá morir antes que ver a los suyos, a sus seres queridos —a su hermana Gretchen, a su padre y a su madre—degradados al punto de hacer del desprecio su lenguaje y modo de vida; antes que obligarlos al odio o a la abominación, los liberta sin molestarlos siquiera con una despedida.

    Tal es la verdad incontestable de La metamorfosis: es con el trato, con el hielo nublado en la mirada, con la estrechez del corazón con que se transfigura, se degrada y se mata; cuando los seres humanos practican o ejercen la indiferencia, cuando desprecian como hábito y lenguaje cotidiano se están convirtiendo en indignos de sus semejantes. Gregory Samsa nos enseña con su dura experiencia que la práctica del desprecio por parte de los otros nos puede transformar y esa transformación nos puede llevar a que uno pueda reconocerse efectivamente como un insecto.

    Siempre creí que La metamorfosis, y en general toda la obra de Kafka, rendía tributo a los ademanes estremecidos del expresionismo; pero las muchas lecturas de toda esa vasta obra de signos y de gestos donde persona y universo, persona y alteridad, jamás se concilian, me ha llevado a la conclusión extrema de que en Kafka hay mucha más realidad que símbolos. Pero Kafka fue realista de un modo paradojal, como todo en él: no fue realista porque compartiera los ingenuos y ampulosos compromisos ideológicos de esa escuela, ni tampoco porque tuviera algún tipo de parentesco argumental con los gravosos temas que tanto aquejaban a los realistas. Nada más alejado de su obra que los niños de cara sucia y mocos, que los miserables campesinos llorando sobre el arado y que las mujeres hermosas pero humildes ofreciendo sus cuerpos juveniles al burgués del vecindario. Kafka es realista de una realidad mucho más interesante, más profunda, más ontológica; sus parientes no son Dickens o Balzac sino más bien la corriente que abre Kierkegaard con sus preguntas, que con amargura explora Schopenhauer, en la que reinan Nietzsche y más tarde Heidegger.

    La disección exacta y anodina, fría, insensible de sus personajes, de los movimientos, las situaciones, de los intercambios de fantasmas y presunciones no puede sino relacionarse con el señorío de estos maestros, antes que con la servil complacencia de los teóricos. El suyo bien podría ser el estilo que conviene a un manual de anatomía, solo que esta vez lo que se describe no son partes vinculadas de un cuerpo sino trozos disgregados del ser que transporta y soporta ese cuerpo. Mediante la combinación precisa de las palabras se define un universo diáfano, intolerable, impávido. George Steiner opina con acierto que “Kafka pulía palabras como Spinoza pulía lentes; una luz exacta pasa por ellas sin distorsionarse”.

    Que este aniversario de La metamorfosis sirva para conjurar las muchas injurias que cada día nos depara la mediocridad ambiente. No otra cosa se espera de la literatura.