—Mi padre es uruguayo, al igual que mis tías, hermanas y primos y primas. Casi toda mi familia paterna, que vive ahí. Hace tiempo que no voy, desde 2005, y espero poder viajar pronto con mi esposa que aún no conoce Uruguay. Me encantaría.
—¿Cómo se conocieron sus padres?
—En Uruguay. Mi abuelo era el embajador italiano en Montevideo. Se estableció allí con mi abuela y mi madre, que tenía 16 años. Allí conoció a mi padre, Víctor Arcelus, y al poco tiempo se fueron a vivir a Nueva York, donde nací yo.
—Su madre es hija de la última princesa rusa. ¿Cómo es esa historia?
—La historia es compleja. Mi abuela (Catherine Ioannovna) fue la última princesa de la dinastía Romanov. Tenía tres años cuando estalló la revolución. Su madre, es decir mi bisabuela, era la princesa Helen de Montenegro, hija del rey Peter I de Serbia. Se casó con el primo del zar (príncipe Ioann Konstantinovich) y se mudaron a San Petersburgo, donde nació mi abuela... (suspira). Es una larga, trágica y sorprendente historia cómo mi bisabuela escapó con su pequeña hija de una muerte segura en Siberia. Lograron huir a través de Suecia y se establecieron en el sur de Francia. Mi abuela fue educada en Londres, donde conoció a un diplomático italiano, quien como integrante del servicio extranjero italiano fue destinado en países de todo el mundo, entre ellos Uruguay, donde mi familia echó raíces. Mi padre ya tenía tres hijas de un matrimonio anterior, que son mis medio hermanas. Dos de ellas viven en Uruguay: María José y Gilda. En mi familia somos uruguayos, rusos e italianos, una mezcla enorme.
—¿Cómo fue la vida de sus padres en Nueva York?
—Mi viejo empezó acá en Estados Unidos una compañía de importación y exportación que negociaba con Uruguay, Argentina, Chile, Brasil. Trabajó con cueros, piedras preciosas, tuvo una compañía de dulce de leche antes de que el dulce de leche se pusiera de moda en todo el mundo, an idea before it’s time. Acá tengo un hermano mayor y otro menor. Mis padres se separaron cuando yo tenía un año; él se mudó a Miami y ella se quedó en Nueva York. Los dos se volvieron a casar y hoy son los mejores amigos. Trabajaron mucho para mantener esa conexión para nosotros. Y encima, mi madre se casó con otro uruguayo, Ideal, y mi papá con otra uruguaya, Delia. Nuestras familias estaban muy cercanas, al punto de viajar muchas veces todos juntos a Uruguay.
—¿Qué recuerda de aquí?
—Nos íbamos siempre a Punta del Este a pasar las fiestas. Aún tenemos ahí una home away from home. Asados, mañanas en la Mansa, tardes en la Brava y desayunos en Gorlero después de pasar la noche en “Space”. Casamientos, bautismos... no quiero ser aburrido pero para mí Uruguay it’s all about family, gente muy querida que no veo muy seguido. Tengo mil primos que quiero volver a ver. Algo muy importante es la comida y el arte. Siempre vuelvo con algo artístico. Uno de mis pintores favoritos se llama Fernando Fraga y es de ahí.
—¿Y de fútbol?
—Somos una familia de Nacional. Totalmente tricolores. Y aquí no nos perdemos un partido de Uruguay. Ahora estamos enfocados en alentar a la Celeste en el Mundial. Hace poco vi “Tres millones” en un festival latino en Nueva York. Buenísima. Fue increíble verla en la Gran Manzana, extrañando Uruguay como lo extrañamos. Todo eso que forma parte de mi vida, la música, la comida, el sentimiento, las bromas, la sensibilidad uruguaya.
—¿Y cómo la ve?
—Nuestro grupo es muy difícil. Suárez es fantástico, pero personalmente tengo una gran admiración por Forlán. El equipo es buenísimo pero es una serie horrible, ¿no? Cuando miras la serie que le tocó a Argentina, es muy loco...
—Hablemos de su oficio. ¿Cómo se convirtió en actor?
—En la universidad de Massachusetts estudié ciencias políticas y me enfoqué en los vínculos entre Estados Unidos y Latinoamérica durante el siglo XX. Aprendí mucho sobre política y economía latinoamericanas en paralelo con la actuación y el canto. Comencé en musicales tradicionales, trabajé mucho en Broadway, luego en política como voluntario de la campaña de Clinton-Gore en 1996 y me decidí por la actuación, pero seguía siendo el idealista que quería cambiar el mundo.
—¿Era de izquierda?
—Mucho. Súper de izquierda. Cuando empecé como actor me preguntaba: ¿estoy cambiando el mundo como quería? Cuando eres joven piensas que llegar a Washington o al Foreign Service es la vía más directa para hacer la diferencia en el mundo. No ves los obstáculos, solo tienes una noción idealista del cambio, y cuando creces ves que la realidad es mucho más difícil. Por eso me siento realizado en una serie como “House of Cards”, que combina intereses políticos y artísticos. David Fincher, productor de la serie, imprimió un gran realismo a la historia. Creo percibió en mí la idea de que yo podría haber sido un tipo como Lucas.
—¿Hay mucho de Arcelus en Lucas, entonces?
—En medio de tanta gente complicada, es un tipo que quiere hacer algo noble. No sé si es un idealista, es pragmático, pero entró en esta profesión porque quería hacer una diferencia. El problema es que asume demasiados riesgos para sí mismo, se involucra emocionalmente y se encuentra a sí mismo tomando decisiones poco inteligentes.
—¿Es el rol que estaba esperando?
—Un sueño hecho realidad. Es una serie muy dramática, con ideas extremas pero muy auténtica. Para mí “The West Wing” es lo mejor que he visto. Entonces, poder estar en un show que algunos llaman “el anti West Wing” es muy estimulante. Aquella era esperanza, inspiración, idealismo, y esta es la esperanza vacía, la muerte del idealismo. Es solo ambición, poder y obtener tus propósitos a cualquier precio.
—¿Cómo se preparó para el papel?
—Leí mucho. Por supuesto, volví a leer “Todos los hombres del presidente” (de Carl Bernstein y Bob Woodward, sobre Watergate), y leí bastante sobre la transición de los periódicos del papel a la web, asunto fundamental en la serie. Además, la redacción del diario en la ficción está instalada en el mismo edificio donde funciona “The Baltimore Sun”, un periódico de Baltimore, ciudad donde se rueda la mayor parte del show. Usamos un área en desuso del edificio para recrear nuestro “The Washington Herald” (diario que funcionó en Washington entre 1906 y 1939). Abres una puerta y ahí está la plantilla completa del “Sun” trabajando.
—¿Esa proximidad con el periodismo real ayuda a lograr autenticidad?
—Como tú sabrás, uno de los más falsos conceptos acerca del periodismo escrito es esa olla de adrenalina que se ve usualmente en la película, donde todos gritan a la vez y uno dice “¡impriman!, ¡impriman!”. No es así... La realidad es que cada uno trabaja en un cubículo, con tranquilidad. No es tan excitante, y David quiso plasmarlo así.
—La serie profundiza en los conflictos periodísticos, como el dilema del papel vs. Internet.
—Es una idea muy presente. La dificultad entre la vieja y tradicional mentalidad arraigada y el honroso orgullo de haber edificado periódicos fuertes, eficientes y muy prestigiosos en su tiempo, contra la búsqueda ultraveloz de titulares mal chequeados, en soportes como Twitter o BuzzFeed es muy sintomática. Se hace muy difícil oír algo claro entre tanto ruido. ¿Qué te da más hits en Twitter? ¿Los secuestros de mujeres en Nigeria o Kim Kardashian?
—Su jefe en la primera temporada en la redacción es el abanderado del pasado periodístico...
—Es la vieja guardia. Cree en el triple chequeo de los hechos. Una cultura que no se mantiene a flote en esta nueva economía. En la cultura de Zoe, basada en el shock de los titulares, todo vale. Y yo estoy en el medio pero me identifico más con mi jefe.
—¿Qué reacción ha recibido del público?
—En la calle hay gente que te grita “¡Vamos, Lucas!”, y otros que te paran y te increpan: “¡Idiota, deja de hacer estupideces!”.
—¿Puede adelantar algo sobre su personaje en la tercera temporada (a emitirse en 2015)?
—Aún no sabemos nada porque el rodaje es en junio. Por ahora sé que Lucas no está muerto, lo que no es poco. En “House of Cards” hay dos realidades: la que tú te crees y la de las cosas como son. En el mundo de Underwood, que es el mundo que cuenta, él está a cargo, y se vuelve intocable. Lucas es apenas una víctima de las circunstancias. Otro aspecto muy interesante es que Frank Underwood habla todo el tiempo a la cámara, al espectador, y lo hace cómplice, lo que revierte el esquema del bien y el mal. El antihéroe se vuelve el bueno de la película y la audiencia quiere ver a estos tipos hacer el mal. Y alguien como yo se pone a la audiencia en contra. En esta nueva era de la televisión, la gente abraza a antihéroes como Tony Soprano, Walter White y Francis Underwood.
—¿Esta televisión es un buen espejo entonces?
—Cuando Frank nos habla, nos encanta la idea de compartir ese secreto. Funciona como espejo de la parte más profunda y oscura de nuestra alma donde somos capaces de hacer lo mismo. Por supuesto que hay una intención dramática, pero mucha gente cuando mira entretenimiento, disfruta de asumir el desafío de soportar estas pesadillas.