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La reserva de Niassa está custodiada por catorce mil elefantes. Ese lugar era el destino inicial de tres viajeros, dos uruguayos y uno portugués, pero el viaje derivó también hacia otras aldeas remotas y escuelas rurales que esperaban útiles escolares.
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Mauricio Bergstein es economista de profesión y viajero por vocación. Nació en Montevideo en 1961 y, desde 1996, está radicado en Florida, Estados Unidos. Ha publicado tres libros en los que cuenta sus fascinantes itinerarios por el mundo: “Páginas de arena” (2000), que narra su pasaje por el desierto del Sahara arriba de un camión ; “La fiesta de los dioses” (2011), sobre su viaje por India, Nepal e Indonesia, y “La soledad del mercenario” (2003), que comienza en Inglaterra y llega al África negra.
En Adiós, Niassa, el escritor relata la travesía de tres aventureros a bordo de una furgoneta llamada “Daktari” por poblados cuyos nombres no figuran en el mapa. Los viajantes deben sortear obstáculos de todo tipo: desde minas terrestres hasta partidos de fútbol con soldados. El libro, editado por Fin de Siglo, será presentado por Horacio “Tato” López y por Daniel Vidart el próximo miércoles 8, a las 19 horas, en el Colegio Alemán. A continuación, Búsqueda ofrece un adelanto de algunos fragmentos.
Niassa, territorio en blanco. Nos habían enseñado que ya no quedaban sitios por descubrir, que cualquiera sea la comarca ya la habían pisado seres provenientes de otras comarcas, que los viajes hacia lugares desconocidos habían pasado a la historia. Sin embargo, parece que hasta allí han llegado muy pocos. En el espacio que intuimos que le correspondería en el mapa no se indican poblados ni caminos. Cómo es posible que en pleno siglo XXI exista un enclave custodiado por doce mil elefantes y nadie sepa de qué se trata. Niassa es un agujero negro en la cartografía.
Las gomas chirrían contra la pista y producen una especie de temblor sísmico de dos segundos de duración. El pasajero que viene a mi lado, quizás habituado a estos precarios aterrizajes, apenas si hace a un lado la revista de TAM (Transportes Aéreos de Mozambique) que ha venido leyendo desde Johannesburgo; alza la cabeza en dirección a la cabina con curiosidad, acaso esperando una explicación que no llegará. Mientras camino sobre el asfalto recalentado me ilusiono pensando en todo aquello que me espera y, sea lo que sea, se transforme en mi destino: la travesía hasta la secreta reserva de Niassa. Me recorre una vaga emoción como si una parte de mí estuviese esperando mi retorno y solo pudiese despertar y cobrar vida en África (¿se puede ser otro en otro país?). Recuerdo cuando diez años antes aterrizaba en Harare, Zimbabwe, y daba mis primeros pasos en el continente. Ambas caminatas —desde las naves hasta las terminales— se parecen. Al igual que entonces África se abre para que uno se zambulla. Lo único que no he perdido en estos diez años es la añoranza del “continente oscuro”, como lo llamaba Joseph Conrad, y de volver.
En el aeropuerto se observa escaso movimiento, es evidente que no son muchos los que deciden vacacionar en Mozambique. El estado de sus instalaciones nos hace saber que los trabajos de mantenimiento más recientes ocurrieron hace cuarenta años. Luego de migraciones y aduanas, próximo a abandonar el edificio, presiento el espectáculo que me espera una vez que traspase el portón de salida y quede atrás la fenomenal protección que ofrece la terminal: un aluvión de gentes lanzándose sobre mi modesto equipaje, tirando de mi camisa y tanteando los bolsillos de mi pantalón.
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Día 4. Tabonga maninga
El paisaje es imponente; la majestuosa vegetación se abate sobre la ruta e invita a zambullirse pero no puedes bajar. Nunca te salgas de ningún camino. Nuestros deseos de internarnos en una caminata sin fin deben frustrarse. Los trotamundos suelen contraer una enfermedad que yo no dudaría en llamar: mal de África. El diagnóstico es preciso: tentación irresistible de perderse, necesidad de adentrarse allí donde se acaban las carreteras y comienzan los senderos que no aparecen en ningún mapa, ignorando adónde o a quiénes nos conducirán. En Mozambique, imposible. “Minas-Perigro”.
¿Por qué no las han erradicado? Dicen que instalar una mina cuesta tres dólares, desactivarla cuarenta. La primera vez, aterrado, redoblo las precauciones, cada paso es objeto de minucioso escrutinio. Procuro no poner el pie encima de cualquier apariencia sospechosa o de lo que me parece que pueda ser la forma de una mina semienterrada.
(...)
Irrumpen los baobabs. El paisaje cambia: la vegetación amaina y emergen estos misteriosos árboles espectrales. Dicen que la semilla del baobab en el puño del esclavo constituía su “diminuto equipaje”; de su vida en las vastedades africanas solo conservaba esa semilla. Puede vivir hasta dos mil años —si así fuera se trata de uno de los habitantes más longevos del planeta—. Sostiene la leyenda que Dios tuvo celos de su belleza y que por eso lo arrancó de cuajo para volver a plantarlo esta vez con las raíces al cielo y las ramas en el barro. Estas lucen esqueléticas, parecen haber sobrevivido a un cataclismo. Durante la guerra civil el baobab se salvó de la aniquilación que arreció sobre todos los seres vivos de Mozambique. Su supervivencia obedeció a la utilidad que proporcionaron al combatiente: sus frutos son ricos en vitaminas, las raíces se pueden ingerir; sus fibras hacen de pegamento o jabón; en cambio la madera no sirve para combustible y tampoco como material de construcción debido a su blandura. Diseminados a la vera del camino, fueron testigos privilegiados de refriegas espeluznantes. Son los únicos que nos pueden contar la verdadera historia de Mozambique.