Nº 2155 - 30 de Diciembre de 2021 al 5 de Enero de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando por allá por mayo de 2021, el exministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Carlos Uriarte, afirmó públicamente que las cifras de abigeato eran “casi similares a los femicidios”, las reacciones no se hicieron esperar. Es lógico, ¿a quién se le ocurre comparar algo tan atroz como los asesinatos de mujeres con el robo de ganado? Como lo expresó en aquel momento el sindicato del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP): la violencia contra las mujeres (en particular la muerte por motivos de género) “no es comparable con un delito que solo protege la propiedad privada y el capital”. El femicidio es un problema grave en Uruguay; según la ONU, el país tiene una de las tasas más altas de América Latina, y, lamentablemente, por el momento parece estar lejos de retroceder. Por el contrario, las cifras son mucho más auspiciosas para el abigeato, de hecho, es el delito que más bajó respecto al 2020, presentando una caída de 41,6%.
Pero lo que me queda resonando de toda esta infeliz comparación es lo siguiente: por un lado, por supuesto, preocupan las altas cifras de asesinatos a mujeres, el fin de las vidas de esas mujeres en manos de hombres. Por otro lado, preocupa la violación a la propiedad privada, el “robo de ganado”. Sin embargo, lo que parece no preocuparle a casi nadie en todo esto, son precisamente esas vidas que están en juego en el “abigeato”: las vidas no humanas. Se trata de miles y miles de vidas que ni siquiera son pensadas como vida sino simplemente como “factores productivos”.
Claro que es difícil verlo de otro modo con leyes que no consideran a los animales como sujetos de derecho sino como “bienes de propiedad privada” (decreto N° 204/017 que reglamenta la Ley de Protección, Bienestar y Tenencia De Animales). Pero podría al menos resultar chocante, por ejemplo, que un portal de noticias publique artículos titulados como “El Mata Mata” para hablar de la cantidad récord de animales que se mató en el año. Por el contrario, a nadie impacta un titular así; son animales, no personas, son vidas que a nadie le importa matar.
“¿Existen especies matables?”, se pregunta la filósofa de la ciencia Vinciane Despret (2012), profesora en la Universidad de Lieja y en la Universidad Libre de Bruselas (Bélgica). Y es interesante la reflexión que plantea, porque ni siquiera habla de “no matar”, sino de no volver “matables” algunas vidas, en el sentido de que existen animales que tan solo cuentan como “kilos de carne para consumo”. Así, Despret hace referencia a cómo se “desingulariza” a los animales y se los transforma en “toneladas de carne” o “cabezas faenadas”. Señala la tendencia a borrar todo lo que podría recordar al animal vivo, en lo que la socióloga Catherine Remy llama la “desanimalización” y el “desensamble” del animal. De este modo, lo que llega a las mesas y a los platos son “chivitos”, “hamburguesas”, “asado”, “matambre”, “ojo de bife”, términos que disimulan la anatomía y la vida detrás de lo que se come, borrando la violencia que precede al menú, sacando de cuadro al propio animal que proveyó el alimento. “Nuestras prácticas son prácticas de olvido”, dice Despret.
La filósofa estadounidense Donna Haraway constata que estadísticamente “la forma más frecuente de relación de un humano con un animal es el hecho de matarlo”, y plantea que “nos hace falta encontrar una manera de honrar” a esos animales. Despret sugiere que una posible manera de honrar es que los animales que hayan sido matados —ya sea para comer o por otra razón— se conviertan en “difuntos”. En un difunto y no en kilos de carne, “un difunto cuya existencia se prolonga, sino en nuestras memorias, en nuestro cuerpo”.
La pregunta simple, que únicamente se suele escuchar desde los grupos veganos y antiespecistas pero que sería bueno empezar a hacerse más a menudo, es: ¿por qué algunos animales no cuentan como vidas? Una vaca puede vivir más de 20 años, una oveja entre 10 y 12, un cerdo entre 15 y 20: quizás más que lo que vive tu gatita o tu perro, o más años de los que tiene ahora tu sobrino o tu hija. Y ojo, no se trata de comer con culpa el asado de fin de año, se trata de hacer el ejercicio de ver las cosas de otro modo. Considerar la posibilidad de honrar las vidas detrás de lo que se come puede, quizás, ayudarnos a comprender que los cuerpos y las vidas no humanas valen mucho más que el lugar en el que insistimos en ponerlas.