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    Pájaro de cristal

    N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018

    —Creo que soy una burguesa, como dicen ahora. Lo mío son la radio y las grabaciones; en ellas hay más calma, más soledad, menos bullicio. Es lo que quiero. Me fatigan los escenarios, las giras y hasta el cine y el teatro. ¡Qué le voy a hacer!

    Así respondió a sus preferencias de actuación la cantante de tango Ema Gallardo, a quien artísticamente se conoció como Dora —o Dorita— Davis, en un lejano reportaje concedido a un diario porteño.

    Nació el 6 de setiembre de 1906 en Buenos Aires y murió en la misma ciudad, el 13 de enero de 1980, hija de un matrimonio de clase media afincado en el barrio de Monserrat; no culminó sus estudios, trabajó durante parte de su juventud como oficinista y, ya casada, alcanzó resonancia popular en la década de 1930, aunque, por una timidez persistente, evitó presentarse en escenarios con público numeroso.

    Pese a su éxito de entonces, del mismo modo sereno con que se había conducido desde sus inicios, fue espaciando sus apariciones hasta desaparecer cuando amanecía la década de 1950.

    Y al cruel paso del tiempo su figura se fue desvaneciendo del recuerdo de la gente.

    Ah, pero la vida reserva rarezas. Siempre. Más de 20 años después, una hermosa y calificada presentadora de televisión, Pinky, en 1972, que conducía un largo programa los sábados a la tarde, incluyendo un “rincón de evocaciones”, audaz, decidida, buscó a Dora y la invitó: sorpresivamente, la retirada cantante, ya con 66 años, aceptó. Cantó Yo tan solo veinte años tenía y el público, que en su mayor parte no la conocía, la premió con aplausos y exclamaciones de aprobación. Y aunque rechazó la posibilidad de volver a actuar, Pinky la persuadió de grabar el único larga duración solo de ella que hizo en su vida, sin dúos, sin estribillos y sin instrumentales de orquestas acompañantes.

    Doce temas que fueron un éxito y que —mi certeza es sólida— permitieron recuperarla para la memoria popular de las siguientes generaciones: Barrio reo, Vida mía, Tu olvido, Quiero verte una vez más, Pregonera, Lo han visto con otra, Yo tan solo veinte años tenía, Milonga del aguatero, Bien criolla y bien porteña, Tu vieja ventana, Muchacho y Puentecito de mi río.

    Hay anécdotas impagables en la trayectoria de Dora Davis.

    Su primer intento fue acompañar a su hermana para una prueba como recitadora en Radio Telefunken. Le preguntaron qué sabía hacer: —Canto —dijo con desenfado. Y lo hizo, aunque sin suerte. Seis meses después se presentó con un guitarrista amigo en Radio Belgrano; la respuesta mejoró sus perspectivas, aunque no demasiado: —Mire, tiene linda voz, pero no sabe cantar —fue la sentencia. Sin embargo, la contrataron por apenas 90 pesos mensuales para cantar todos los días y a cualquier hora. La experiencia le sirvió, pero a los dos meses se mandó a mudar, “ofendida por un trabajo esclavo”. Pero, inesperadamente, Francisco Mastandrea, un productor independiente que dirigía el programa Una hora en la pampa en la misma radio, seducido por esa voz agradable, diferente, “como de una calandria”, le ofreció 250 pesos y repertorio a su elección.

    Y, claro, pese a sus reparos conocidos, no solo siguió cantando en Belgrano y emisoras más prestigiosas, sino que hizo dúo con Rosita Quiroga, actuó y grabó con la Orquesta Víctor, con Adolfo Carabelli y con Roberto Firpo, hizo teatro con la compañía de María Esther Podestá, con Gloria Guzmán y con Angelina Pagano, apareció en dos filmes, Ídolos de la radio y Alma de bandoneón y, ¡vaya audacia la suya, frustrada pronto, pero registro histórico al fin!, fue una de las caras presentadas en la primera prueba de la televisión argentina.

    ¿Las otras? Nada menos que Iris Marga y… Eva Perón.

    Además, compuso tres temas, en su momento muy populares: Primer beso, Rayito de sol y Llévame en tus alas.

    Bautizada en las radios como la Graciosa Calandria, tuvo en su haber dos versiones que hasta hoy muchos valoran inigualables: Mi refugio, de Cobián y Numa Córdoba y el vals Rosa en pena, de Di Leone y el poeta Martínez Payva, cuyo nombre, al discurrir de los años, mutó al inmortal Alma en pena: —Puso el alma en la mirada,/ al darme la despedida/ y así se quedó dormida/ sobre el hueco de la almohada.

    Quien mejor definió a Dora Davis tal vez haya sido Enrique Santos Discépolo:

    —Tiene una de esas voces de pájaro de cristal, alegre, sin dejos arrabaleros ni empujes dramáticos. Por eso da placer escucharla.