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    Palabras sobre canciones

    Colección Discos, de Estuario Editora

    Una buena idea: una serie de libros que cuentan la historia de algunos de los discos fundamentales de la música uruguaya. En la segunda mitad de 2017 Estuario Editora, sello hermano de HUM, lanzó los cuatro primeros títulos de su Colección Discos, un proyecto a cargo del investigador literario Gustavo Verdesio, docente en la Universidad de Michigan, y autor del título introductorio, No es solo rocanrol. Con entre 110 y 140 páginas cada uno —extensión acertada para este tipo de libro— los cuatro proponen, con nitidez meridiana, cuatro abordajes distintos del fonograma: académico, literario, crítico y periodístico.

    En un tono innecesaria y exageradamente académico para una pieza breve de divulgación popular, Verdesio sobrevuela los orígenes del rock en Uruguay y Argentina, en los años 60, luego salta a los años 80 cuando el rock alcanza la masividad en esta parte del planeta, y describe brevemente el fenómeno argentino del rock chabón, de los años 90. Pero la lectura sufre abundantes interrupciones por una excesiva cantidad de citas a teóricos del arte y la cultura que atentan contra la fluidez del relato.

    Todo lo contrario ocurre en Tango que me hiciste mal, de Gabriel Peveroni —periodista, novelista y dramaturgo en actividad desde mediados de los 80—, que cuenta el periplo inicial de Los Estómagos, la banda que surgió en el verano canario de 1983 del encuentro entre el guitarrista pandense Gustavo Parodi y el cantante montevideano Gabriel Peluffo. En una crónica en primera persona que se devora en una noche, Peveroni combina sus recuerdos personales de aquel tiempo, cuando era un adolescente con inquietudes literarias y periodísticas que daba sus pasos en el under montevideano, con breves crónicas de encuentros mantenidos con los protagonistas de la banda, especialmente para este libro. Su narración permite conocer con especial detalle a los dealers musicales que abrieron los tímpanos a aquellos liceales huérfanos de influencias roqueras locales a los nuevos sonidos que provenían de vinilos de Joy Division, Loquillo, The Clash y The Fall, traídos directamente de Islas Británicas, Nueva York (punk, postpunk, new wave, etc.), y España. Allí descubrimos al Gonchi López, todo un personaje. Al inicio, Peveroni toma como eje Gritar, una canción de significado tan visceral como esencial, y en torno a ella construye una narración atrapante y seductora, en la que predomina la voz propia, que trae recuerdos de juventud propios y de los íntimos de aquellos tiempos. El texto balancea el análisis crítico de esa fusión de música y lírica, y varios testimonios que bucean en la evolución de ese concepto estético y cultural bastante gelatinoso llamado rock. Se recomienda acompañar la lectura con la escucha del disco.

    Ignacio E. Martínez aún era polvo cósmico cuando los hermanos Musso y Santiago Tavella ya tenían su primer disco. Y tenía apenas siete años cuando Ayuí publicó, en 1994, Otra Navidad en las trincheras, uno de los discos uruguayos más vendidos en la historia. El autor, periodista cultural y político (La Diaria) ya demostró su oficio para construir un relato colectivo en Sin miedo en la oscuridad, la excelente biografía de La Trampa que publicó en 2017. De los cuatro trabajos, este es el más ortodoxo en términos periodísticos: entrevistas a los músicos, descripción de las canciones, interpretación de algunos textos, análisis del contexto cultural y del contexto interno respecto a la obra de la banda, relevamiento de prensa de la época y crónicas de sucesos relevantes como la famosa polémica por la censura a la canción El día que Artigas se emborrachó. Lo esencial. Martínez casi no usa la primera persona. No es necesaria. Leer este libro viene muy bien para entender mejor al Cuarteto, una banda que como pocas quizá en la música uruguaya, se ha pasado más de 30 años mutando, evolucionando, dejando atrás prejuicios y asumiendo con honestidad intelectual el paso del tiempo. Cómo no estar de acuerdo con un tipo de 55 años que dice que hoy no le saldría ponerse a escribir, en clave rompehuevos, una canción como El putón del barrio.

    Caída libre queda inaugurado no por un acorde de guitarra con distorsión, un redoble de batería o un aullido metalero de Spuntone. Lo primero que suena en el desfile sonoro del álbum es el ruido que hace una máquina. Un avión”. Así inicia su exhaustivo análisis musical y letrístico Ramiro Sanchiz, prolífico escritor y crítico literario y musical nacido en 1978 y protagonista del panorama literario local en la última década. Es discutible si Caída libre es el disco más importante de La Trampa. Quizá para muchos sea Calaveras la obra que plasmó mejor esa garra rockera y criolla a la vez. Quizá para otros sea Laberinto la obra cumbre de Garo Arakelián, Ale Spuntone y compañía. Pero Sanchiz plantea con firmeza su tesis de que esta es una contundente expresión artística de la crisis de 2002. Más allá de que fue compuesto antes de aquella feroz devaluación y corrida bancaria que sacudieron al país, a la luz de lo que sucedía mientras era grabado y en los meses inmediatos a su publicación, el planteo —muy pertinente— de Sanchiz es que el escenario en que fue presentado condicionó definitivamente la lectura colectiva de muchas de sus canciones. Y allí está el mérito de un ensayo tan minucioso que quizá peca de un excesivo detallismo en los recovecos y vericuetos sonoros y líricos. De todos modos, encaja muy bien en el marco de sus tres compañeros de esta Colección Discos —que continuará con discos de Jaime Roos y El peyote asesino, entre otros—, y aporta una nueva mirada, sin dudas discutible pero que anima la reflexión y el debate sobre el pasado cultural reciente.

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