La imagen es en blanco y negro. Primeros planos de instrumentos y manos y rostros interpretando una canción delante de un paisaje rural helado y nevado. Hay chozas, perros, caballos, gallinas, mujeres trabajando. Y un niño que observa a los músicos. Y hay, claro, música. Una canción sobre un hombre que llorando pide a la mujer que abra la puerta y lo deje entrar. Créditos: letras blancas sobre fondo negro: Cold War.
Es 1949. Wiktor (Tomasz Kot), Irena (Agata Kulesza) y Kaczmarek (Borys Szyc) recorren poblados aislados del interior de Polonia. Wiktor e Irena son músicos. Kaczmarek es funcionario del gobierno. Juntos rastrean, graban y clasifican canciones que se hunden en las raíces del folclore polaco. Buscan cantantes, músicos y bailarines locales para conformar un elenco estable que interprete esas y otras canciones representativas de la tradición y la cultura del país. Durante la realización de este scouting, Wiktor conoce a Zula (Joanna Kulig), “la chica del flequillo”, una rubia bien rubia que ni siquiera es del campo y que canta una canción que poco y nada tiene que ver con las raíces, la tradición, la vida rural y todo ese color local y popular que ellos están buscando. La canción se llama Corazón y la rubia del flequillo la sacó de una película. Hay que ver la cara de Wiktor cuando la mira. Está fascinado.
Nominada al Oscar como Mejor película de habla no inglesa, Cold War es la última realización de Pawel Pawlikowski, cineasta de origen polaco, radicado desde hace varios años en Londres (más específicamente: tiene 61 años, su mudó a Gran Bretaña cuando tenía 14, aunque vivió durante un tiempo en Alemania). Pawlikowski fue distinguido como Mejor director en el Festival de Cine de Cannes de 2018. Anteriormente dirigió Ida (2013), una joya que se llevó el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa en 2015. Fue la primera película que rodó en su Polonia natal y hablada en polaco. Ambientada en los años de la posguerra, narra la experiencia de Anna, una joven huérfana que se contacta con su única pariente viva antes de ordenarse monja en el convento donde fue criada, y las revelaciones que este encuentro saca a la luz. Rodada con sobriedad en un riguroso blanco y negro, atravesada por elipsis y actuada con sutileza, Ida condensa en 82 minutos una historia personal y universal sobre asuntos bastante dolorosos. Con esta sorprendente película sobre la necesidad del silencio y la contemplación interior, Pawlikowski generó bastante ruido y, con más de 60 premios a cuestas, volvió a poner al cine polaco en el mapa. Aunque llevaba varios años trabajando en el ámbito cinematográfico. Antes de Ida filmó The Woman in the Fifth, un thriller dramático basado en la novela de Douglas Kennedy, y una maravillosa historia de pasión y despertar sexual, Mi verano de amor, que proyectó internacionalmente la carrera de Emily Blunt. Y antes filmó varios documentales, como Serbian Epics y Dostoievsky’s Travels, tanto para cine como para televisión. Está preparando la versión cinematográfica de Limónov, basado en un libro de Emmanuel Carrère. Se puede decir que Pawlikowski recorrió un camino largo. Y que ese recorrido lo condujo nuevamente a casa.
Ahora, en Cold War, vuelve a filmar en blanco y negro y demostrar que es un verdadero maestro de la composición, concentrando y expandiendo la película en cada plano, desde el momento que muestra las curtidas manos de los campesinos interpretando una canción típica hasta cuando registra los ensayos del grupo de baile o se despliega un telón enorme con el rostro de Stalin sobre el escenario.
Cold War es la historia de un romance trágico, contundente y conmovedor que se extiende, con lagunas de interrupciones, malentendidos y desencuentros, a lo largo de 15 años, trascendiendo fronteras geográficas, ideológicas y musicales. La chispa se enciende durante aquella audiencia, cuando Zula canta Corazón, y atravesará varias turbulencias. La gira sale maravillosamente bien y el gobierno quiere aprovechar la volada para meter un poco de propaganda (en realidad, bastante propaganda), y ahí es donde todo empieza a pudrirse. No conviene revelar demasiado, pero basta decir que mientras Wiktor busca una salida, Zula, que tiene antecedentes penales, no se siente preparada para empezar de nuevo en Occidente.
Cold War es la historia de un romance trágico, contundente y conmovedor que se extiende, con lagunas de interrupciones, malentendidos y desencuentros, a lo largo de 15 años, trascendiendo fronteras geográficas, ideológicas y musicales.
Pawlikowski no solo sugiere con la imagen, también lo hace con la ausencia de la imagen: Cold War está repleta de lagunas y elipsis, de momentos en los que la música, simplemente, se corta, y que ilustran la inestabilidad de una relación impura, fracturada, condicionada por obstáculos tanto internos como externos. La película elige mostrar algunos de los momentos en los que ambos logran encontrarse, sea en Polonia, Alemania, Yugoslavia o Francia. Sea en un bar llamado El Eclipse, en una buhardilla en París, en un campo de trabajo forzado, en un espectáculo decadente de música cubana con artistas polacos ataviados con sombreros símil mexicanos, en un banco rodeado de maleza agitada por el viento. Sea en 1954, 1959 o 1964.
Con cada nuevo episodio se ve una nueva versión del mundo. Y también de ellos, que han cambiado, aunque, sin embargo, son los mismos. Es tarea del espectador averiguar/suponer qué pasó. Hay indicios y acciones y también diálogos que contribuyen en la composición. Pero así como muchas escenas se complementan con las imágenes que se reflejan en otras superficies (como esa, desconcertante y poética, del enorme espejo en un vestíbulo), hay partes de la película que introduce el espectador. En ese camino también puede verse la evolución de la vida a ambos lados de la Cortina de Hierro, la cultura popular manipulada y degradada por la propaganda. Al igual que la fotografía, el uso de la música es extraordinario, es algo que une y separa a los personajes, algo que puede notarse en el contraste entre el repertorio férreamente controlado por el partido y la improvisación del jazz o el desenfreno del rock que se despliega en el bar parisino.
Todo esto está notable en buena medida porque también las actuaciones son notables. Kot calza perfecto en el papel de Wiktor, un tipo atractivo, culto y sensible que intenta mantener las emociones bajo control. Kot ha trabajado en más 30 películas y más de 20 obras de teatro, además de docenas de series de televisión. Recientemente participó en Bikini Blue, de Jaroslaw Marszewski, y su labor fue premiada en el Festival de Cine de Milán. Por su trabajo en Cold War fue distinguido en los European Film Awards.
Aunque es Kulig la que construye y derrumba simplemente con la mirada. Es una presencia asombrosa. Hay algo de ella que recuerda a Brigitte Bardot, Juliette Lewis y Jennifer Lawrence. Pawlikowski y Kulig reconocen haberse inspirado en Lauren Bacall, aunque ella también tomó como referente a Amy Winehouse.
El director conoció a Kulig 10 años atrás, realizando el casting para otra película, una versión temprana de Ida, y, del mismo modo que Wiktor en la audición de Cold War, Pawlikowski quedó completamente encantado: Kulig no era la adecuada para el papel pero la impresión que dejó fue tan fuerte que decidió crear uno para ella en The Woman in the Fifth, filmada en 2011. Tiempo después, cuando la convocó para interpretar a Zula, le cambió la edad al personaje, que tenía 17 en las primeras versiones del guion y pasó a tener 24, para que lleve su piel. Fue en ese momento cuando el cineasta le agregó al personaje ese pasado criminal, una decisión clave, jugada, que a su vez es un elemento crucial en Zula y también algo decisivo en la trama. Semejante modificación demuestra también que los guiones de Pawlikowski son abiertos y están en constante movimiento. Esa apertura y ese movimiento también se dan en las canciones. Más específicamente en una canción, Corazón, que aparece un total de cinco veces en diferentes versiones. Como sucede con el lazo que une a los protagonistas en contraste con el entorno, la melodía y los ornamentos cambian pero la canción es la misma.
Pawlikowski se inspiró en una historia muy cercana. La de sus padres. Aunque realizó notables modificaciones.
Lo que sigue no es spoiler aunque puede dar esa impresión. Para empezar, porque los padres del director también se llamaban Zula y Wiktor. También es una historia de pasión, en el sentido salvaje de la expresión, que pertenece a la familia etimológica de padecer. Pero a diferencia de Zula y Wiktor de Cold War, su historia de encuentros y desencuentros se extendió a lo largo de varios años más: 40 en total. Se conocieron en 1948, cuando ella tenía 17 y él 27. Ella quería ser bailarina; él estudiaba Medicina. Pawlikowski la recuerda como una rubia llena de una energía contagiosa y cambiante. Evoca a su padre como un hombre alto, atractivo, misterioso, un estilo Gregory Peck. Se enamoraron apenas se conocieron. Él tuvo que hacer el servicio militar, se separaron, se reencontraron, se traicionaron, se distanciaron, volvieron a juntarse. “Él era terriblemente mujeriego”, recordaba en una entrevista. Tenía asumido que un hombre tiene todo el derecho a ser mujeriego. Ella inmediatamente tomó represalias. Se separaron, volvieron a juntarse, se casaron, tuvieron un hijo, su único hijo, Pawel, se divorciaron. Ella después se casó con un británico y se marchó a Londres junto con su hijo, que entonces tenía 14 años. Aunque la historia de encuentros y desencuentros de sus padres no termina ahí. Porque los amantes volvieron a encontrarse en Alemania, donde dejaron a sus respectivas parejas. Entonces permanecieron juntos hasta 1988, año en que ambos fallecieron. Es fascinante y turbulenta y conmovedora y en algunos puntos es similar a la que se cuenta en el filme. Pero sin música.
Cold War. Polonia, 2018. Dirección y guion: Pawel Pawlikowski. Con Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza y Borys Szyc. Duración: 89 minutos.
?? Especial Oscar 2019
2.7.0.0