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    Patrimonio (II)

    Sr. Director:

    A propósito de demoliciones. He leído una serie de comentarios referentes a la demolición de la sede de la empresa Assimakos, en Avenida Italia. Debo confesar que no comparto las opiniones vertidas recientemente con referencia a esa obra.

    Debo expresar que no conocí al Arq. Jorge Caprario, aunque admiro su postura con referencia a la inclusión de expresiones plásticas incluidas en sus obras de arquitectura, aunque estimo totalmente equivocada su forma de hacerlo. Reconozco los excelentes valores del edificio llamado “de las mariposas” en la avenida de circunvalación del parque de Villa Biarritz.

    Pero me siento obligado a reconocer aciertos y errores. Resulta que durante un tiempo ocupé un departamento en Villa Biarritz y desde mi sillón enfrentaba muy directamente al edificio conocido por “el indio”. Y cada vez que disfrutaba de la presencia de ese precioso y no muy bien tratado parque, tropezaba con la vista imponente del “indio”, que ni siquiera era un indio criollo o vernáculo, como podría haber sido un Tabaré, sino una deformada versión de una especie de piel roja a todo galope de su caballo. Como soy, por mi profesión, respetuoso del clima y de las condiciones de asoleamiento, me parecía absurdo que el mejor frente del edificio, por su orientación, fuera usado como exhibición de una creación tan controversial.

    Reconozco el enorme mérito del Arq. Caprario, que debe haber trabajado de manera tremendamente dura, como un artista inspirado, para formar con pequeñas piezas los huecos que configuraban la silueta del cacique indio galopando a toda marcha sobre su caballo, en una doble pared que posibilitaba su iluminación nocturna. Pero también Miguel Ángel transpiró a mares en la Capilla Sixtina. Los resultados no son ni remotamente comparables. Entre un formidable acierto y lo que considero un error, hay abismos de diferencia.

    Algo similar ocurre con la fachada de la antigua, pero no tanto, casa de las alfombras. Como culminé mi carrera en 1947, soy contemporáneo de esa obra. Desde entonces, desde mi incorporación al gremio, conocí ese edificio y siempre me pareció un tremendo absurdo y un error garrafal. No es de extrañar que las gentes y más aún los vecinos se hayan acostumbrado a verlo durante algo más de cincuenta años; también nos hemos acostumbrado a contemplar el Palacio Salvo y no deja de parecerme un engendro maléfico, con todo el respeto que debo a la persona del arquitecto Palanti.

    Dice mi tan estimado colega y gran profesor, arquitecto Mariano Arana, a quien por muchas razones respeto y admiro, que la ciudad es una obra coral, enunciando con dos palabras un espléndido concepto. Pero, en el coro, cuando una voz desafina, el director lo hace callar. Cuando en entorno arquitectónico, por mediocre que este sea, se yergue un acento absurdo, aunque se transforme en un hito de ese entorno, el tal hito está desafinando y es un grito destemplado; se está maltratando la lógica de un concepto arquitectónico y no me duele haya desaparecido, aunque lo haya hecho de mal manera.

    Me siento como un viejo ladrillero y soy más que respetuoso de mi profesión y me aferro a las normas de la lógica constructiva, que a través de los siglos nos han ido enseñando los valores estéticos y utilitarios de la arquitectura. Por tanto, desdeño las lágrimas vertidas sobre la fachada de la fábrica de alfombras y las considero fruto del acontecer de una cultura de lo pasado, admirable cuando es un valor que merece considerarse importante e inocuo cuando es resultado de un tremendo error conceptual y de ejecución.

    Arq. Francisco Villegas Berro