Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs un lugar común decir o reconocer que la democracia está en crisis. Hace tiempo que es así en el mundo (en el que hay democracias, naturalmente). En este descaecimiento mucho tienen que ver los nuevos instrumentos de comunicación y las nuevas formas de socialización. Pero también tienen que ver los partidos políticos. De esto último me quiero ocupar.
La política es el lenguaje de los pueblos. La articulación de ese lenguaje es producida por los partidos políticos y en los partidos políticos. Si no existe esa articulación partidaria, el lenguaje político se anarquiza, se convierte en griterío y cacofonía. Los partidos políticos son indispensables para la democracia.
Cualquier lector contemporáneo con algunos años encima tiene presente la desaparición de partidos políticos que fueron emblemáticos. En Italia entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana llenaban todo el escenario. No existen más. En Chile, los partidos de la alianza que gobernó todos los años desde la salida del período de Pinochet hasta ayer no existen más. Hay muchos otros ejemplos.
Las democracias sin partidos políticos propiamente tales tienen gobiernos débiles y de origen inesperado. Generalmente, son gobiernos que provienen del enojo, del tumulto y la frustración. Hoy es Boric en Chile, ayer fue Castillo en Perú, anteayer Bolsonaro en Brasil y mañana, según adelantan las encuestas, sucederá en Colombia. En todos esos casos son gobiernos con mucho entusiasmo y poco respaldo, con bancadas parlamentarias escuálidas y sin partidos detrás. En buen romance eso quiere decir sin condiciones para gobernar.
El Uruguay tiene partidos políticos asentados y aceptados, que no son combinaciones pasajeras para presentarse a elecciones: son organizaciones con una tradición y acumulación política sustantiva sobre sus espaldas. Muchas veces son los candidatos quienes ganan las elecciones, pero siempre gobiernan los partidos, y si no hay un partido atrás no hay gobierno: en el mejor de los casos, un semigobierno.
Hoy el Frente Amplio está aquejado de un formidable mal humor por haber perdido las elecciones pasadas. Perdió porque le ganaron pero también por una sucesión de errores propios. Si se quiere señalar un símbolo del declive hacia la derrota, tómese la afirmación de Topolanski de haber visto con sus propios ojos el diploma inexistente que Sendic insistía en poseer. El Frente Amplio es hoy en día el partido político más numeroso del Uruguay. En este momento es un partido que importa más por lo que es que por lo que dice.
El malhumor del Frente lo ha llevado a instalarse en una posición negativa: está en contra de todo. Pero eso es coyuntural. En la medida en que vaya comprobando que el uruguayo medio es más vivo (o más cauto) que las propuestas extremas del todo o nada, el Frente irá recuperando su contacto con el Uruguay real y su lugar en el sistema político nacional.
El Uruguay necesita que en su sistema político haya espacios de acogida y contención para el descontento y la desorientación. Necesita un lugar de esperanza para aquellos enojados que, no obstante su enojo, quieren construir en democracia; de no encontrarlo, saltarán hacia un esoterismo político o la fragmentación inconducente (o al “que se vayan todos” y rompemos todo).
En el presente, a causa de su malhumor, el Frente Amplio irrita a los demás integrantes del sistema político y hace difícil el relacionamiento. Una vez pasada la instancia del referéndum (factor de irritación estéril introducido por el Frente a pesar suyo y por su debilidad en relación con el PIT-CNT), el sistema político uruguayo —empezando por quienes ganaron las elecciones y tienen la misión de gobernar— deberá destinar esfuerzos y habilidades en recomponer relaciones en el sistema de partidos uruguayo. Un país dividido o asaz fracturado invita (u obliga) a sus dirigentes políticos a pensar en los estilos, las palabras y las estrategias adecuadas para no cristalizar distancias insalvables.
Cuando Luis Lacalle Pou era candidato a la presidencia solía reunir a sus dirigentes de todo el país una vez al año para un congreso. Allí dijo palabras que recogí textualmente. “Un gobierno para un país dividido, que quiere dejar atrás una cantidad de cosas sin dejar por el camino un pedazo del país, ha de ser un gobierno que no está sordo a ninguno de los reclamos pero consciente de que no debe hacer jugar el uno contra el otro”. Fue en Trinidad el 2 de diciembre del año 2018.
Juan Martín Posadas