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    La cifra lo dice todo: Grecia ya recibió (y malgastó) 350.000 millones de euros. O sea 350.000.000.000 euros. En las arcas quedan centavos. Por eso, para pagar las jubilaciones y sueldos públicos de abril, el gobierno pasó la aspiradora y requisó toda la plata que tenían los diferentes entes del Estado, los municipios y los ministerios. Pero a lo largo del próximo mes, Grecia debe desembolsar 4.000 millones de euros. De dónde saldrán los 747 millones de euros para el FMI el 12 de mayo es un misterio propio de la ciencia ficción. Sin embargo, el principal problema es la actitud infantil (y estúpida) del gobierno griego, que pretende imponerles condiciones a sus acreedores.

    El Estado griego continúa gastando fortunas en el pago de jubilaciones anticipadas, mantiene el mayor gasto per cápita en toda la UE por su aparato de defensa, no combate la corrupción y no ha hecho nada para mejorar el sistema fiscal.

    Es natural, dentro de este escenario, que varios ministros no abonen impuestos por el alquiler de sus propiedades o sus ganancias ad hoc.

    Quienes solo miran para adelante no miran nunca para atrás. Craso error que siempre se termina pagando con generosos intereses. Por eso, propongo mirar para atrás. Más precisamente, cuatro años atrás. La crisis griega iba por su segundo año y yo escribí una columna en Búsqueda titulada Sacrificio inútil.

    Cito un párrafo de la misma, comentando el monto adeudado por Grecia en el 2011: “Sin embargo, esa cifra de vértigo no explica la esencia del problema griego, que no es de plata sino de mentalidad. Solo los ilusos creen que los dolores de cabeza de Grecia se solucionan con un préstamo, por grande que sea. Solo quienes ven la crisis helena como una cuestión económica y financiera creen que la solución a la misma es económica y financiera. La crisis es netamente cultural y su solución implica profundos cambios culturales. Todo lo otro son cuentos chinos”.

    Hoy, la realidad ha demostrado contundentemente la veracidad de dichas palabras. Y las preguntas retóricas que hacía en dicho texto siguen manteniendo su vigencia: “Pregunta política: ¿podrá el gobierno griego imponer esas medidas? Pregunta financiera: ¿podrá Grecia pagar todas sus deudas y los intereses? Pregunta social: ¿podrá Grecia transformarse en una sociedad de alta competitividad? … La respuesta es no, no, no y no”.

    Ya hace cuatro años en Grecia veían a Alemania como el culpable de su crisis. Los griegos acusan a Alemania de sus males como los latinoamericanos acusamos a Estados Unidos de los nuestros. Somos parte del mismo entramado cultural, tan reacio a hacernos cargo de nuestros propios errores.

    Latinos (americanos y europeos) y griegos despreciamos por igual a quienes tienen una ética de trabajo, de ahorro y de capacidad innovadora. Los acusamos de ser explotadores. Consideramos que “viven para trabajar” en vez de “trabajar para vivir”. Y nos reímos de ellos por su falta de “viveza criolla” (¡somos tan vivos, nosotros!).

    Pero cuando el agua nos llega a las narices y no hacemos fondo y se nos acaba el oxígeno exigimos que esos malditos explotadores y tontos de colección vengan a salvarnos.

    ¿Por qué deberían hacerlo?

    La conclusión de mi aludido texto de 2011 era que no existe en el Universo dinero suficiente para salvar a Grecia (como no lo existe para salvar a Argentina, por ejemplo), pues el problema de fondo es la identidad cultural de estos pueblos, su forma de ver la vida.

    Por eso (concluía hace cuatro años), “lo mejor para todos es que Grecia quiebre, que abandone el euro, que vuelva a su moneda nacional y que devalúe. Y que se arregle como pueda”.

    Si este modesto consejo se hubiera seguido entonces, buena parte del problema ya estaría en vías de solución. Pero se siguió el camino contrario. Las consecuencias de este error se ven en un par de datos centrales: en cinco años, la desocupación griega subió del 11% al 25,7% y los salarios cayeron un 17%; la natalidad disminuyó y los suicidios se triplicaron.

    Bajo el gobierno “progresista” griego han empeorado todos los índices negativos: con Syrisa, Grecia sufrió una fuga de capitales de 50.000 millones de euros (el 30% de su PBI) y se han paralizado todas las inversiones.

    El viaje del jefe de gobierno griego a Moscú (para jugar con fuego acercándose al enemigo número uno de Europa) terminó en sainete y zarzuela: Rusia tiene una economía tan desastrosa que el único acuerdo firmado entre Tsipras y Putin establece que Rusia le mandará gas subsidiado a Grecia y Grecia lo pagará con limones y duraznos.

    ¿Qué ha propuesto el gobierno heleno frente a esta situación abismática? Que Alemania pague 278.000 millones de euros como compensación por la ocupación nazi de Grecia durante la guerra.

    Lo sostengo desde hace muchos años en libros y columnas: el problema del desarrollo es cultural; las crisis de los países atrasados no se solucionan con dinero; darles enormes préstamos a gobiernos corruptos e ineptos pensando en que así lograrán mejorar la calidad de vida de sus pueblos es como creer que se puede curar un cáncer terminal con aspirinas.