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    Pese a tener mayor nivel educativo, las mujeres siguen ganando menos que los hombres, según investigación para Naciones Unidas

    Cada año la cantidad de mujeres que cursa estudios terciarios aumenta y en muchas carreras son la mayoría de estudiantes. Sin embargo, una vez que egresan y consiguen trabajo su remuneración es menor que la de los hombres. A pesar de que las mujeres representan el 63% del total de asalariados con nivel educativo terciario, la brecha salarial en ese nivel sigue siendo elevada.

    Esta es una de las conclusiones de una investigación realizada por las economistas Soledad Salvador, Alma Espino y Paola Azar para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que fue presentada ayer miércoles 13.

    Según las autoras, las mujeres con mayor nivel educativo tienen tasas de actividad y de ocupación mayores que el resto y similares a las de los hombres. Sin embargo, “la diferencia de horas trabajadas entre los sexos se mantiene incambiada, y la brecha de ingresos, si bien se ha reducido, lo ha hecho en menor medida en el segmento con educación terciaria que en el resto del mercado laboral”.

    Al realizar un relevamiento de la situación a 2011, las autoras señalan que trece ocupaciones reúnen al 75% de la población asalariada femenina con nivel educativo terciario mientras que solo el 47% de los hombres realiza tareas similares. “En varias de esas ocupaciones la brecha salarial se ubica entre 20% y 30%”, señalan.

    Esas ocupaciones son docencia, oficinista, auxiliares contables y financieros, medicina, especialistas en ciencias sociales, vendedores de tiendas, enfermería, profesionales de derecho.

    Las mayores diferencias se dan en ramas de actividad como servicios sociales y de salud, actividad inmobiliaria, comercio, industria, intermediación financiera, transporte, construcción y agro.

    En la información relevada se observa además que en 12 de 26 carreras universitarias, más del 70% son mujeres (varias vinculadas a la salud y las ciencias sociales), y en siete son entre el 50% y el 70% del total de estudiantes.

    “El análisis de la información constata que los avances educativos, aunque son de suma importancia para disminuir la discriminación por razones de sexo y mejorar las oportunidades laborales, no resultan suficientes para eliminar las brechas salariales de género. Factores relacionados con el hecho de ‘ser mujer’ que podrían reflejar alguna forma de discriminación contribuyen a mantener la brecha, así como la existencia de espacios feminizados dados por la segregación laboral por tipo de ocupación y rama de actividad”.

    En la investigación se afirma que entre los factores que contribuyen a ampliar la brecha entre hombres y mujeres con educación terciaria figuran la “discriminación por razón del sexo del individuo (menores salarios en promedio), la incursión laboral de las mujeres en ocupaciones y ramas de actividad altamente feminizadas y el hecho de ser en menor proporción jefas de hogar (dado que los jefes tienen salarios superiores a los y las no jefes)”. Los factores que tienden a reducirla son estar en un puesto de trabajo a tiempo completo y la segregación por tamaño de empresa.

    “Las ventajas que presenta el empleo femenino con estudios terciarios se ven limitadas por las restricciones para avanzar en estudios de posgrado al mismo ritmo que los hombres, no alcanzar las ocupaciones de mayor jerarquía y concentrarse en campos disciplinarios considerados tradicionalmente femeninos. Por ello, cuando las mujeres ingresan al mercado laboral, tienden a hacerlo en puestos de trabajo correspondientes a ocupaciones relativamente devaluadas en términos de remuneraciones promedio”.

    Propuestas.

    A partir de estos resultados, dicen las autoras, las “implicaciones de políticas públicas se dirigen tanto a la oferta como a la demanda”. Respecto a la oferta, “es claro que los factores culturales —lo que se entiende como habilidades naturales de mujeres u hombres, las expectativas de trayectorias laborales, las aspiraciones respecto al peso de la vida familiar y la carga de trabajo doméstico y de cuidados— pesan a la hora de elegir las carreras profesionales o tecnicaturas. Esto significa que las mujeres y los hombres tienen diferentes puntos de partida —determinados en buena parte por la discriminación en diferentes ámbitos— y que, por tanto, las políticas públicas que promuevan medidas de acción positiva deben procurar reequilibrar las desigualdades de partida”.

    Las investigadoras plantean “modificar patrones de género mediante campañas educativas que promuevan la igualdad en todos los grados de enseñanza, especialmente en las instituciones de enseñanza técnica, incluyendo, por ejemplo, la información a las jóvenes y la capacitación a docentes y personal escolar para que reconozcan y eviten estereotipos”.

    Agregan que es “imprescindible” avanzar en el desarrollo de un sistema de cuidados que “promueva la redistribución de roles y responsabilidades en la atención de la población dependiente (ya sea por su edad o discapacidad) entre el Estado, la familia y el mercado, y entre hombres y mujeres”.

    En cuanto a la demanda de trabajo, consideran importante “promover la contratación basada en certificaciones, los concursos, los procesos de ascenso por méritos, las políticas de capacitación y actualización dirigidas a mujeres, tales como cursos para fomentar el acceso y la permanencia en trabajos mayoritariamente masculinos y las medidas de promoción específicas para ocupar puestos de responsabilidad”.