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    Plantar un árbol, escribir…

    Los días pasan, el verano también y se acercan otros ministros, por ejemplo. Entre el aluvión de anuncios, trato de concentrarme estudiando para preparar los cursos que daré este año.

    Pero la declaración de Marina Arismendi acerca de no pedir contraprestaciones en el Mides me llega como un canto rodado a mis oídos. Una frase suya me lastima el corazón: los niños nacidos en la crisis del 2002 no tienen la culpa de su pobreza.

    Es exacto. En los primeros años del siglo XXI mi barrio estaba lleno de niños solos durmiendo en zaguanes. Cuando a las 6.30 de la mañana me iba a dar clase envuelta en bufandas, en la penumbra, siempre divisaba un pequeño bulto oscuro: uno por cuadra. A veces dos. No podía dejar de mirarlos, me daba vuelta.

    Llegaron las políticas sociales. Y los niños de las calles de mi barrio ya no están por aquí. Ni siquiera mendigando. Una batalla ganada por el Mides. Que no es poco.

    En aquellos días yo estaba muy atenta a lo que hacía y decía Marina. (Qué bonito nombre Marina. Estuve a punto de ponerle así a mi hija pero la historia de la poeta rusa Marina Tsvetáieva, destruida por Stalin, me detuvo).

    Ahora pienso en estas palabras del 2015 de Marina Arismendi. Y no dejo de reflexionar sobre lo que percibo entre líneas.

    Lo que los conservadores llaman contraprestación suena a : “Ah, no vamos a estar regalando nada a esta manga de vagos”.

    Lo que Marina Arismendi denomina contraprestación es, por el contrario, sinónimo de una suerte de castigo. Tras que sufrieron la miseria atroz de la crisis, ¿ahora vamos a exigirles? Fueron víctimas: ¿cómo sobrelleva la sociedad el grupo de víctimas que contiene dentro de sí?

    Pero mi sentido común (aquel que mi amigo Luisito siempre refuta citándome una gran cantidad de sociólogos y filósofos), me dice que aquí hay una falacia.

    Si la contraprestación para los beneficiarios del Mides, según Marina, supone una intolerancia social contra la pobreza, yo, en cambio, humilde docente y escritora de libritos, creo que es un beneficio más. (¡Oh, mi amigo Luisito tiene bibliotecas enteras que me contradicen!).

    Que un niño vaya a la escuela, que un adolescente vaya al liceo (a cambio de unas modestas asignaciones familiares), no es una punición sino un regalo. Aprender a escribir, a leer. Qué bonito. Un don. Qué hermoso salir de la condición de analfabeto. Mi abuelo en Barcelona, luego de la cena, cuando los niños se iban a dormir, se quedaba en la gran mesa de la cocina con las dos sirvientas gallegas enseñándoles todas las noches a escribir y a leer. Aprendían el catalán y el castellano. Los tres habían trabajado todo el día, pero había que aprovechar lo que les había transmitido la Humanidad desde sus ancestros.

    Trabajar no es sinónimo de esclavitud. Es un saber humano.

    Y los beneficiarios del Mides, si trabajaran plantando árboles, por ejemplo, en plazas o escuelas, ¡incluso árboles frutales en una tierra tan fértil!

    ¿No sería hermoso?

    ¡Una cajita de tomates cherry ante una asistenta social!