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    Pobreza y plan verano

    Sr. Director:

    “Puede que los pobres no sigan con nosotros. Hoy el mundo es unas cien veces más rico que hace dos siglos y la prosperidad se está distribuyendo de manera más equitativa entre los países y los habitantes del planeta. La proporción de la humanidad que vive en la pobreza extrema ha descendido del 90% a menos del 10%, y a lo largo de la vida de muchos de nosotros puede aproximarse a cero. La hambruna catastrófica ha desaparecido en la mayor parte del mundo y la desnutrición y el retraso del crecimiento se hallan en un declive constante. La mayoría de los pobres actuales tienen comida, ropa y refugio y disponen de lujos como smartphones, que solían ser cosas inaccesibles para cualquiera, fuera rico o pobre” (Pinker, Steven. 2019. En defensa de la ilustración. Editorial Planeta S. A. Uruguay. Pág. 397).

    “Las neurociencias descubrieron también que nuestro cerebro se transforma de manera constante: la experiencia y el ambiente modifican los circuitos neuronales y regulan la expresión de nuestros genes. Un cerebro que no cambia es un cerebro que está muerto” (Burnett, Dean. 2018. El cerebro feliz. Paidós. Argentina. Pág. 77).

    “A partir del año 1989 en la Universidad de Londres, se estudiaron los casos de los niños huérfanos que habían estado en los orfanatos de la Rumania comunista del dictador Ceaucescu. Hacia fines del año 1980, se calcula que entre sesenta y cinco mil a cien mil niños vivían en orfanatos. Los niños pasaban hasta veinte horas por día sin tener atención. A partir de la caída del dictador comunista, se realizaron campañas en todo el mundo para adoptar a dichos niños. Al momento de ser adoptados, los niños mostraban severos déficits de aprendizaje y exhibían alteraciones marcadas de su conducta. Cuando las familias adoptantes le brindaron dietas adecuadas y mucho afecto, los niños mostraron una gran mejoría. Estos resultados demostraron que el estímulo positivo actúa sobre el cerebro, el que por su flexibilidad puede adaptarse a un destino más conveniente, es decir, más feliz” (Manes, Facundo y Niro, Mateo. 2014. Usar el cerebro. Editorial Planeta S. A. 1ª ed., agosto 2014, págs. 121 y 122).

    “Los vínculos sociales son básicos para nuestra supervivencia, se necesita tiempo y esfuerzo para forjarlos y mantenerlos, por tanto, nuestros cerebros evolucionaron potenciando en forma directa la amistad activa. La sola acción de interactuar con otra persona puede resultar placentera. La razón es que el mecanismo que guía nuestro deseo de interacción social está incrustado en la parte del cerebro responsable de experimentar placer” (Burnett, Dean. 2018. Op. Cit. Pág. 143).

    “La idea general es que gran parte de nuestro cerebro está dedicado a potenciar y facilitar las interacciones sociales, lo que hace que estas son una necesidad básica para un cerebro sano. Por tanto, la interacción social no solo nos hace felices, sino que su ausencia puede dificultar hasta nuestra capacidad misma para experimentar la felicidad” (Burnett, Dean. 2018. Op. Cit. Pág. 150).

    “A lo largo de la historia, las sociedades han padecido dos tipos de pobreza: la pobreza social, que impide que algunas personas tengan las oportunidades de las que otros disponen, y la pobreza biológica, que pone en riesgo la vida de los individuos debido a la falta de sustento y refugio. Quizás la pobreza social nunca se podrá erradicar, pero en muchos países de todo el mundo, la pobreza biológica es cosa del pasado. Hasta hace muy poco, la mayoría de las personas se hallaban muy cerca de la línea de pobreza biológica, por debajo de la cual a una persona le faltan las calorías suficientes para mantener la vida durante mucho tiempo. Las personas todavía padecen numerosas degradaciones, humillaciones y enfermedades relacionadas con la pobreza, pero en la gran mayoría de los países nadie se muere de hambre” (Harari, Yuval Noah. 2013. De animales a dioses. Penguin Random House. Grupo Editorial Sudamericana. Pág. 294).

    Plan Verano. Desgraciadamente, ya van dos inviernos de pandemia, que ministros deben necesariamente ir a recoger gente que duerme a la intemperie para llevarlos a lugares en los cuales no estén en peligro sus vidas. Eso está muy bien.

    Vivir en la calle significa la exclusión total y la calle invade tu cerebro. El ambiente se “mete” en tu cuerpo por la mente y se enlaza con todo el organismo. Esto genera adicción, cuesta mucho sacar las personas de la calle, crean habituación a las condiciones de esa vida de desarraigo social y exclusión. Son individuos enfermos, hay que considerar desde lo molecular a lo social. Se debe cambiar su cerebro, para cambiar su manera de pensar. Cuando cambia el cerebro, cambia el cuerpo y por tanto se dice que al cambiar la mente se cambia la biología de los sujetos (Bonet, José. 2015. Cerebro, emociones y estrés. Ediciones B Argentina S. A.).

    Entonces no solo los tienes que sacar de la calle durante la noche, no puedes dejarlos “solos” en su vida actual.

    Si dejas a esos pobres individuos “solos”, ellos van donde les resulta más cómodo. Tienen grabada en su cerebro la “memoria de dejadez”. Es necesario hacer con ellos “ejercicios de socialización” y tener la férrea disciplina de trabajo sistemático exigente que ayude a subir un peldaño por vez, a “elevar la vara de su vida”.

    Los hábitos pueden modificarse en ocho semanas (Bachrach, Estanislao. 2014. Encambio. Editorial Sudamericana Uruguaya S. A.), no obstante, a mayor edad que comiencen los cambios, más tiempo se requiere. En situaciones tan complejas, el tiempo puede ser mayor.

    Reconstruir la autoestima de los sujetos, ayudarlos a descubrir su propósito en la vida, comienza por cambiar los automatismos adquiridos (hábitos, actitudes, sentimientos) de su inteligencia computacional (inconsciente-cognitiva, motora y afectiva) para que su inteligencia ejecutiva (operacional y consciente) elija las mejores prácticas para una buena vida.

    Se requiere entonces que “el cerebro se construya a sí mismo” (Norman Dodge, en Marina, José Antonio. 2014. La inteligencia en el siglo XXI. Ariel. Barcelona).

    El trabajo y sus hábitos, deporte, actividades sociales para crear nuevas actitudes y sentimientos.

    Ya comenzó el tiempo del Plan Verano, tiempo en el que los que se ocupaban de “levantarlos de la calle en invierno” deben ocuparlo en prepararlos para que el invierno siguiente no vuelvan a vivir allí.

    El próximo invierno del año 2022, nos libraremos de ver por televisión a los ministros del Interior y Defensa Nacional recolectando compatriotas en situación de calle. Si lo hicieran, dejarían en evidencia que no se hizo lo que se debía hacer.

    Porque el Plan Verano no existió, no se hizo, o se hizo mal. A propósito de esto, se escuchó de un acuerdo con el Sunca y reclutar a esta gente para trabajar en el sector. Está muy bien y se apoya. Esto es “políticamente correcto”.

    i.i. “No aprendes cosas porque eres inteligente, sino que aprender cosas te hace inteligente” (Albert Einstein). Una institución educativa en el barrio Casavalle enseña robótica a sus jóvenes y estos fabrican cohetes que los lanzan al espacio.

    El área tecnológica de Uruguay vive limitaciones de mano de obra. Se puede hacer un acuerdo con la Cuti y las universidades para que capaciten a esta gente excluida para que trabaje en el sector.

    Esta puede ser la idea de un outsider que conoce la gente que debe servir.

    Como solo “se ama lo que se conoce”, aplica el efecto Pigmalión: “trátalos como quieres que sean y ellos se comportarán como los tratas”.

    Es que el amor, esa bioquímica personal, ese arsenal químico, combinación de emoción con un importante rol del sistema de recompensa, te brinda la motivación para obtener lo que deseas (Bachrach, Estanislao. 2013. Agilmente. Editorial Sudamericana. Pág. 318).

    Se vive en “democracia la búsqueda de la buena vida, porque es el régimen que reconoce a los individuos y a las colectividades como sujetos, estimulándolos en su voluntad de vivir su vida y de dar una unidad y un sentido a su experiencia”.

    Rafael Rubio

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