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    Poco para perdonar

    Columnista de Búsqueda

    N° 1720 - 04 al 10 de Julio de 2013

    No sé qué suerte posterior ha de haber tenido en Francia y sobre todo el Inglaterra el libro de Marc Ferro sobre Pétain (Fayard, París, 1987, 789 pags.), que tardíamente acabo de leer. Me consta, porque la seguí en la prensa, que en su momento hubo polémica en torno a ciertos pasajes donde se desmonta mucho del relato que envuelve la santidad de la clase política francesa. Pero ignoro qué destino tuvo en el proceso de una profusa historiografía que en la mayoría de los casos estuvo teñida por la necesidad de mitigar la terrible verdad que tanto afecta la buena conciencia de algunos malos pensadores, a saber: el instinto de colaboración que hubo en amplísimas franjas de la sociedad francesa durante la ocupación alemana.

    La tendencia natural de muchos de los que trafican con la historia llamada reciente consiste en sofocar la topografía de la realidad evocada, delineando una suerte de prolija llanura atravesada por una vasta y profunda garganta, algo así como el gran Cañón del Colorado. En ese imaginario lugar se alinean de un lado del Cañón la moralidad y el conocimiento, y del otro lado, como cruzando el insalvable abismo, la ignorancia y la maldad; los dibujantes del fantástico mapa se encuentran enfilados en la parte virtuosa. El caso de Francia durante la II Guerra Mundial es un perfecto ejemplo de este tipo de operación que busca no meramente demonizar zonas o hechos del pasado, sino más bien servirse de la demonización con el propósito de obtener réditos para un discurso que nada tiene que ver con el pasado y sí mucho con el porvenir.

    La Francia de Vichy, que firmó el armisticio y fue responsable de enviar cerca de 150.000 judíos a la muerte segura, y la Francia de París, ocupada por el ejército alemán, colaboraron empeñosamente con el enemigo mientras éste tuvo poder. Es cierto que hubo resistencia y descontento, pero también es verdad que los bandos no estuvieron diferenciados a la hora de no enemistarse con Alemania. En ambos casos hubo oportunistas que medraron a cualquier precio, intelectuales como Sartre, De Beauvoir o Picasso, entre los comunistas y Drieu la Rochelle o Celine, entre los fascistas, que tuvieron una agradable vida en París; advenedizos y conversos de última hora, entre tanto, se convirtieron en soportes del régimen que Pétain instaló en Vichy como representante jurídico del derrotado Estado francés.

    No creo que Pétain pudiera haber merecido otro perdón que el concedido por su antiguo discípulo y estrecho colaborador Charles De Gaulle, cuando en 1945 se lo encuentra culpable de alta traición y se lo condena a muerte. Aquel joven oficial que aprendió a amar el Ejército bajo la severa y benevolente mano de Pétain, su profesor en varias instancias académicas, aquel vanidoso capitán que supo mostrarse tan servicial a la hora de tomar partido por el mariscal en tiempos que conspiraciones menores renovaban los alineamientos internos de las fuerzas, ese mismo hombre de confianza a quien el vencedor de Verdún le dictó enteramente un libro que publicó con su propia firma, cuando se convirtió en el héroe de una Francia imaginaria a la que los anglo-americanos (y no precisamente la mayoría de los franceses) habían liberado, tuvo la decencia de evitar la muerte al anciano de 89 años al que tanto le debía. Y se la evitó no por el debido reconocimiento a un maestro y a un antiguo jefe y también amigo, sino porque entendió que si bien muchas acusaciones no podían ser levantadas de ninguna manera (es natural: los crímenes asociados al gobierno de Vichy habían sido terribles) terminó por comprender que el mariscal, en sus errores, fue decente; en sus obstinaciones, en su empeñosa voluntad de mantener la dignidad nacional, dejó prosperar protagonismos deleznables que acabaron por quitar cualquier sombra de dignidad al proyecto que los políticos le rogaron que asumiera cuando en 1940 se venía la noche sobre Francia.

    Esa es también la impresión que me queda al tratar con las informadas páginas de Ferro, quien en ningún momento disimula que a medida que se adentró en la investigación se fue dando cuenta, no sin cierto asombro, que durante mucho tiempo había consumido una historia muy diferente a la que ahora estaba encontrando; que Pétain, es cierto, no debió permitir mucho de lo que permitió en Vichy, que debió asumir con más entereza el mando pese a su avanzada edad, pero que igualmente nunca actuó con esa venalidad infausta que le atribuyó durante mucho tiempo el relato de los resistentes a posteriori, intelectuales y políticos que se descubrieron valientes, arrojados y lúcidos una vez que la guerra hubo terminado.

    El libro lo compré, usado, en Buenos Aires. Ignoro sí aquí se puede encontrar. Lo recomiendo.