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    Poeta sin barreras

    Nº 2100 - 3 al 9 de Diciembre de 2020

    Hay un poema donde figura este tramo: El día que me quieras tendrá más luz en junio. / La noche que me quieras será de plenilunio, / con notas de Beethoven vibrando en cada rayo / sus inefables cosas / y habrá juntas más rosas / que en todo el mes de mayo…

    Hay un tango que incluye este verso: El día que me quieras / la rosa que engalana / se vestirá de fiesta / con su mejor color. / Al viento las campanas / dirán que ya eres mía / y locas las fontanas / se contarán tu amor…

    El poema es de Amado Nervo. La letra del tango pertenece a Alfredo Le Pera. Uno y otro llevan el mismo título: El día que me quieras.

    ¿Plagio? Suena exagerado. Cabría decir que el creador que llevó a Gardel al más alto nivel por la calidad de sus canciones pidió ayuda, tal vez excesiva, a su admiración mayor y confesada: aquel que escribió, entre tantas obras admirables, La amada inmóvil.

    No fue la única vez que lo hizo, aunque sin reflejarlo tan nítidamente en sus creaciones. Tampoco es lo único que llena a El día que me quieras de debates.

    Si bien es la obra del binomio que mayor difusión internacional alcanzó, obviamente potenciada por la película homónima de la Paramount filmada en los estudios de Joinville, en Francia, no representa, ni por asomo, su punto más alto de calidad musical y poética. La mayoría de los historiadores coinciden en que, por encima, están, cuanto menos, Volver, Soledad, Volvió una noche, Sus ojos se cerraron, Mi Buenos Aires querido y hasta el primer tango juntos, Melodía de arrabal, que, hay que recordarlo, contó con la colaboración de Mario Battistella.

    Tereg Tucci, director musical de los filmes de Gardel, dejó escrito:

    —El método heptasílabo con que se inicia la segunda parte —“El día que me quieras, la rosa que engalana…”— se repite catorce veces en el curso de la canción y, aunque con un apoyo melódico singular, deja al descubierto una pobreza rítmica, una monotonía empobrecedora. Le Pera le encontró la vuelta, después de muchos intentos, escribiendo unas líneas en verso libre para el final. Esa larga frase, añadida a los versos de tres líneas de la primera parte, redimió a la obra y la convirtió en una pequeña joya, con la ayuda, claro, de la intensidad romántica del cantor.

    —Acaricia mi ensueño / el suave murmullo de tu suspirar. / ¡Cómo ríe la vida / si tus ojos negros me quieren mirar… (primera parte) … La noche que me quieras / desde el azul del cielo / las estrellas celosas / nos mirarán pasar, / y un rayo misterioso / hará nido en tu pelo, / luciérnaga curiosa / que verá que eres mi consuelo… (final).

    Le Pera nació en San Pablo (Brasil), en 1900, porque sus padres, inmigrantes italianos de clase media, que viajaban entre Europa y Argentina con frecuencia, debieron detenerse allí durante uno de ellos para el inminente parto. Pero a los dos años la familia se afincó definitivamente en Buenos Aires. Quien sería compañero inseparable de Gardel durante solo tres años, y moriría junto a él en Medellín, fue un hombre ilustrado, periodista, dramaturgo, traductor —hablaba cuatro idiomas—, poeta y letrista. Luego de haberse vinculado al cine mudo argentino, escribiendo los sobreimpresos, lo contrató la Paramount en 1932, por sugerencia de Edmundo Guibourg a Gardel, para redactar los guiones de las películas que este protagonizaría y componer, con un lenguaje universal, sin lunfardismos y más culto de lo habitual, las letras de las canciones que aquellas incluirían.

    Le Pera evitó lo autorreferencial —incluso se sabe que muchas veces apeló a circunstancias propias porque entendía que la vida de Gardel no era tan rica en anécdotas como se suponía—, y fue en sentido contrario, por ejemplo, a Manzi, que escribía sobre lo conocido y lo perdido, y a Discépolo, que expresaba siempre su pensamiento existencial.

    Fue esencial para al gran despegue de Gardel, ayudado por la enorme difusión de las películas. Empero, el primer tango que escribió en Argentina fue Carrillón de la Merced, con Discépolo.

    Apartando a El día que me quieras y sus vericuetos, quizás haya sido Troilo quien mejor definió, en 1970, la relación —que supo de encontronazos, rencores y reconciliaciones— del binomio:

    —Gardel era un tipo muy inteligente. Recurrió a Le Pera porque escribía muy bien. Él estaba solo, rodeado de franceses y norteamericanos. Hicieron una trampa portentosa: conservaron lo nuestro, más pulido, en un ambiente completamente extranjero.

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