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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el dia de ayer, jueves 14 de marzo del corriente, a las 17.30 horas, me subía a mi auto en Pablo de María entre Maldonado y Canelones, cuando un hombre de unos 28 años abre la puerta de mi vehículo y me arrebata la cartera. Freno el auto, me bajo y empiezo a perseguirlo, él corriendo con mi cartera y yo atrás suyo gritando que me había robado la cartera. Toma por Bvar. España, luego Blanes, cruza Canelones y al llegar a Charrúa dobla a la derecha, hacia Pablo de María, yo siempre atrás corriendo y gritando. Los vecinos de la zona me indicaban con gestos (sin hablar) hacia dónde iba. Al llegar a Charrúa, veo dos agentes de policía -un hombre y una mujer-, a los cuales a la carrera les digo que delante mío iba el chorro que me había robado la cartera, a lo que no solo ni se mueven, sino que me dicen “cálmese”. Yo sigo corriendo, (ellos dos atrás mío caminando lentamente) y llego a la esquina de Charrúa y Pablo de María, donde el chorro se mete en una casa pintada de rojo, casi vecina a la librería Escaramuza. Los comentarios que escucho son que es una boca de pasta base, donde viven más de 60 personas y que tienen a la zona asolada con los robos. Me paro enfrente y empiezo a decirles a los que estaban parados allí (jóvenes en su mayoría) que me devuelvan la cartera, que solo tiene documentos que no les van a servir de nada, y me dicen que no los insulte, que ellos no hicieron nada, tratándome a mí de delincuente. Los dos policías, parados al lado mío, no solo no dicen nada, sino que me hacen gestos de que me vaya. ¿Qué puedo decir? Que lo habrían podido agarrar in fraganti, no solo no lo hicieron, sino que ni trataron de hacerlo. Su presencia en las calles debería intimidar a los chorros, lo que tampoco sucedió. El chorro pasó al lado de ellos, como si nada.
Voy a hacer la denuncia a la Seccional 5 de Policía (en la calle Joaquín de Salterain) donde solo había un policía atendiendo y había más de 10 personas esperando que se las atendiera, con la consiguiente demora. Cuando finalmente llega mi turno, hago la denuncia a la cual adjunto una foto que me envía mi esposo desde su celular con la localización exacta de mi celular: en la calle Pablo de María, al lado de la librería Escaramuza. Me dijeron que le enviarían la denuncia a Fiscalía y que el juez sería el que decidiría o no hacer un allanamiento.
Me podrán decir que esto pasa cientos de veces cada día, que es una suerte que no me lastimaron, que el daño podía haber sido mucho peor. Miles de razones para que me conforme con lo sucedido, porque en definitiva son bienes materiales que no tienen ninguna importancia y bla bla bla.
Pero como ciudadana responsable de mis derechos cívicos, que paga sus impuestos religiosamente, que trata de cumplir con las normas, me siento impotente. Impotente que solo funcionen las cámaras para imponer multas de transito y no las de seguridad, impotente que en las casas nos encerremos detrás de las rejas perimetrales, mientras que los chorros andan sueltos, impotente porque en pleno barrio Cordón de Montevideo me digan que está imposible por los robos, impotente porque la Policía sabe perfectamente que ahí funciona una boca de pasta base hace más de cinco años y que roban a todo el barrio, impotente porque este era el momento de darle una lección a uno de ellos, por lo menos y a la Policía no le interesó… y en realidad esa es la impotencia más grande: que me educaron para creer que la Policía mantiene la seguridad y el orden, hace respetar las leyes y protege a los ciudadanos, y que la Justicia imparte eso, justicia, pero eso ayer brilló por su ausencia. Nada funcionó, nadie tuvo ganas de que funcionara, ganó la desidia, el ¨si igual sacamos estos, vienen mil más¨, el defender el derecho del victimario en lugar de las verdaderas víctimas, “no podemos entrar sin orden judicial y es muy difícil que el Juez la dé” y en definitiva que continúe este status quo en un equilibrio precario que mientras no se cobre una vida seguirá igual, porque en definitiva las víctimas son ciudadanos que en su mayoría no se quejan por miedo y en definitiva van a seguir pagando los impuestos que si no saben bien adónde van, igual no importa, no importa porque igual nadie escucha su voz y además el miedo a las posibles represalias siempre gana.
Le saluda atentamente, una (buena) ciudadana desengañada,
CI 1.624.339- 7