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    Política y educación

    Sr. Director:

    Con el siglo XX vino la decepción política y se acentuó la decadencia de los sistemas educativos en nuestro país y buena parte de América Latina. No podemos salir del retroceso o estancamiento si no acordamos una política educativa de Estado, consensuada entre partidos políticos y sociedad civil.

    Que el siglo XX fue un “conjunto de maldad insolente, no hay quien lo niegue”, como dice el tango. Aquellos polvos nos trajeron estos lodos. Nuestros sistemas políticos, engarzados en débiles democracias, sucumbieron a finales de siglo. Ahora asistimos, con esperanza, al resurgir de la democracia pero esta no logra consolidar algunos anhelos (educación, seguridad) de la gente y se mantiene la decepción en la política y los políticos.

    Parece que los más afectados son los jóvenes. Quienes aún tenemos alguna esperanza somos un poco menos críticos. Los jóvenes ya no esperan de los políticos. Esto es un riesgo grave para la convivencia pacífica y progresista, pues no acertamos a formular otro sistema político posible para nuestras sociedades que no sea la democracia republicana representativa.

    Ciertamente rechazamos la dictadura o el totalitarismo como salida posible. Ya los sufrimos. Solo nos queda revisar y mejorar los engranajes del sistema político democrático para dar seguridad y progreso a nuestros pueblos.

    El desconcierto de los jóvenes nos puede poner frente a panoramas catastróficos, peor aún cuando este es usado por pequeños grupos erráticos y mesiánicos. Es necesario revisar nuestras críticas y reformular los proyectos posibles.

    Cuando se aborda el tema de la confiabilidad de los políticos desde el descreimiento, al barrer, diciendo que son los personeros del imperialismo, corruptos, mezquinos, que se dejan llevar por la inercia interesada, que la política es un negocio de los políticos, ciertamente no queda ningún margen de recuperación.

    También cuando se reivindica la “verdadera política”, cuando se afirma que puede haber otra política de realización de altísimos y sublimes ideales de justicia, de transparencia, servicio y participación desinteresada llevada adelante por militantes puros y entregados en alma y vida, se contribuye a completar un cuadro de extremos maniqueos.

    Obviamente la radicalización extrema, “cuanto peor mejor”, solo podrá interesar a un minúsculo grupo de militantes enceguecidos que se desanimarán cuando tengan que “ensuciarse” las manos tomando opciones en la conducción del Estado (si acaso eso pretenden) al hacer opciones, siempre frágiles, del gobierno y asumir el poder que siempre supone riesgos, conflictos y errores.

    Quienes venimos de la generación de los 60 sentimos que la película se repite. Alentar a los jóvenes a querer realizar “ya” la revolución ideal de fantasías es gravísimo. La realidad es más dura y compleja que la mejor de nuestras ilusiones, solo contribuyen la paciencia, el trabajo constante y el deseo de construir con otros aunque tengan tácticas distintas y visiones compartidas. La realidad es más hermosa que la más sublime de nuestras ilusiones por el solo hecho de ser realidad.

    La política es el campo de lo posible, la negociación y la búsqueda del bien común evitando el mal mayor y aceptando las instancias de posibles beneficios para las mayorías aun sabiendo que no será el bien universal y para todos. El mal menor es también una opción en algunas circunstancias.

    En la vivencia del diálogo los jóvenes preparan su capacidad para aceptar lo posible sin perder el entusiasmo por luchar por lo mejor.

    De aquí que sea necesaria una política educativa de Estado. Un acuerdo consensuado entre todos los integrantes de la sociedad, acuerdos que lleven a aceptar una política educativa nacional es la posibilidad de salvarnos como nación superando los criterios de clase, privilegios o corporaciones. Los acuerdos pueden ser más o menos amplios, pero sin duda debe quedar clara la política educativa que se pretender realizar. Es imprescindible establecer los contenidos educativos y pedagógicos con la financiación adecuada.

    Hay 49.000.000 de migrantes que recorren el planeta buscando “su lugar en el mundo”. Muchísimos de ellos son nuestros hijos, en buena proporción los mejor preparados, los mejor “educados”. ¿Para qué los preparamos y educamos? ¿Para emigrar? El sistema educativo puede ayudar a forjar una sociedad mejor si se encara su formación con dedicación y realismo, con pluralismo y eficacia en la obtención de los objetivos claramente diseñados y aceptados por todos los integrantes de la comunidad educativa.

    En estos momentos vemos aparecer a quienes “tienen” que vivir en situación de conflicto. ¿Dónde hay un conflicto que quiero ser protagonista? Hay quienes no saben vivir si no es en conflicto contra lo que venga aunque no saben contra quiénes van. Incluso aunque sean ellos mismos los perjudicados.

    El sistema educativo necesita revisarse a fondo, superar “el malestar docente” y generar desde los centros educativos la vinculación personalizante que comprometa a toda la comunidad educativa: docentes, alumnos, directivos, funcionarios y padres.

    Hay cosas que podemos y debemos esperar legítimamente de los políticos y partidos, hoy se necesita un liderazgo con visión de nación que logre ubicar estos temas en dimensiones adecuadas para la salud de toda la sociedad. Este liderazgo no parece tenerlo el Codicen pues ni se asoman cuando les ocupan su casa. ¿Será el presidente de la República?

    Las reformas y nuevos planes educativos deben relegar los temas secundarios para ir a los pedagógicos, que son los que importan. Enseñar modos actualizados para insertarse en la sociedad y vivir con dignidad. Acercar a los jóvenes a la realidad que los circunda para mejorarla. Generar espíritu creativo que los lleve a desear lo mejor y poner los medios adecuados para conseguirlo.

    Los necios desprecian la sabiduría, la instrucción y la enseñanza de otros.

    Es sabio e inteligente aprender de quienes nos precedieron. Esto no es fácil enseñarlo. La propia fantasía es más convincente que la realidad. El gran esfuerzo del adulto consiste en que los jóvenes aprendan por sus propios errores pero con las menores heridas posibles.

    Lic. Jorge Scuro