Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPérez Castellano está en su apogeo. Hay muchas tiendas de souvenirs y neoantigüedades para turistas de crucero. Hay tres tiendas nuevas de chirimbolos para fumetas pero sin marihuana. Miles de empleados bajan del ómnibus en Cerrito por esta peatonal para marcar tarjeta antes de las ocho, en Aduana, Puerto y Turismo. Tres panaderías los abastecen de cruasanes y pan con grasa que van comiendo en el camino, o guardan para la hora del cafecito. Sentado en el balcón con mi primer mate, trato de adivinar por su atuendo y su andar, sin son del diez por ciento que trabaja y mueve los expedientes, o si son del noventa por ciento que chatea en las compus del Estado. Al rato aparecen en mi cuadra las ecuatorianas que despliegan sus sombreros y mantas de colores, aparecen los pedigüeños, y los de la ONG que limpia los canastos y la basura desparramada de la noche anterior. Cuando hay barco aparecen los primeros turistas y se sacan fotos contra el bebedero de bronce del Mercado. Aparecen los policías deslizándose en unos graciosos monopatines eléctricos. Se multiplican los puestos ambulantes, los pintores y los músicos. A veces aparecen estudiantes del Conservatorio y tocan Bach y me liberan un rato del pop criollo. Los adolescentes que hace cinco años me querían asaltar, ahora son muchachos grandes que me saludan con respeto, amedrentados por las cámaras que en cada esquina vigilan todo con su ojito redondo. Enfrente al flamante hotel-boutique que alguien puso en Cerrito y Pérez, una docena de menesterosos esperan en la vereda a que el refugio les dé comida y descanso. Algunos comercios, incluido un restorán del Mercado, ponen parlantes en la vereda y música a todo lo que da. De tarde cuando se van los barcos y los policías, los alcohólicos que piden plata a los turistas ya están muy borrachos, hacen pis en los portales y se gritan improperios unos a otros. Ya en esta época las murgas ensayan o actúan hasta las dos de la mañana en el Museo del Carnaval y ponen los parlantes tan fuerte que los huéspedes del hotel-boutique de enfrente, “art déco” reciclado a un costo millonario, huyen despavoridos. Hay muchas casas en alquiler, en venta o clausuradas. Fueron compradas muy baratas por extranjeros cuando la Ciudad Vieja era prometedora pero muy peligrosa. Con las cámaras aparecen los policías deslizándose en unos graciosos monopatines eléctricos, los primeros la seguridad mejoró mil, y los precios subieron, pero nadie quiere invertir en un negocio formal si luego en la puerta se instalan los vendedores ambulantes y demás especímenes de la fauna local. Cuando miro desde mi balcón por Pérez Castellano a lo lejos, me viene con nostalgia el recuerdo de mi viaje a La Habana Vieja en el año 1962.
Daniel Heide