—Sí, pero la gestiono yo —dijo Pisciottano mientras se acercaba con la mano abierta e intentaba tomar el brazo derecho de la periodista para levantarla de la silla donde estaba sentada. La periodista esquivó el manotazo y logró evitar que Pisciottano le agarrara el brazo.
Entonces, se produjo el siguiente intercambio:
—No, no me toque, ¡no me toque el brazo!
—¡Se va! ¡Se va de acá! —gritó Pisciottano.
—¿Por qué?
—No, no. Venga, venga, acompáñeme porque esto lo administro yo, no usted. (Pisciottano se dirigió a la escalera que lleva a planta baja y a la salida de calle del Inumet. Señaló con vehemencia escaleras abajo para que la periodista bajara con él).
—Yo lo acompaño con gusto. Yo solo quería preguntar cuántas estaciones meteorológicas funcionan. Es información pública.
—Yo le envié una nota que decía que hoy tenía otras cosas que hacer. Así que, ¡se va inmediatamente! Yo no le dije nada.
—Usted me dijo más temprano que me recibía. Sus secretarios me dijeron que...
—…yo no le dije nada. Bueno, ¡váyase! —gritó otra vez mientras bajaba con rapidez la escalera. Se dirigió a la puerta y la señaló, exigiendo la salida con gestos nada cordiales.
—Pisciottano, ¿por qué no puedo saber cuántas estaciones meteorológicas funcionan? (El director del Inumet se adelantó y abrió la puerta de hierro y vidrio ubicada sobre la calle Barrios Amorín. Nuevamente, realizó gestos con la mano exigiendo que la periodista cruzara la puerta).
—Usted me abre la puerta…
—¡Mire en la página! ¡Ahí están todas las estaciones meteorológicas! (Según los trabajadores, hay 23 estaciones meteorológicas. En cambio, en la página web del Inumet los números cambian según la hora. A mediodía funcionan 20 estaciones, mientras que por las noches solo reportan tres).
—¿Y los 30 millones de pesos? (Los funcionarios habían dicho en el Parlamento que “sobraron $ 30.000.000 de salarios” en el ejercicio de 2015 del Inumet, que les falta personal y que “se podría haber evitado”).
—Yo después cuando tenga tiempo hablo todo lo que quiera. ¡Hoy no tengo tiempooo! ¡Vayaséee! ¡Sí, vayaséee! (Pisciottano vociferó notoriamente alterado mientras sostenía la puerta y acompañaba sus palabras con movimientos amenazantes).
—Discúlpeme, usted no tiene derecho a gritarme así...
—¡Síii, vayaséee! ¡Tengo derecho! ¡Por supuesto que tengo derecho! —continuó gritando.
—Señor: es información pública.
—¡Váyase de acá! ¡Tengo otras cosas que hacer! ¡La información pública está en la página! ¡Se va inmediatamente!
—¿Cuántos funcionarios tiene el Inumet? ¿Tiene 139 como dicen los trabajadores o no?
—¡Se va de acá, por favor!
—Yo me voy a ir, ningún problema.
—¡No, no! ¡Se va porque yo digo! ¡Porque yo soy el que administro acá! (Funcionarios del Inumet se acercaron al escuchar los gritos e intentaron calmar los ánimos. Pero el presidente del Inumet, visiblemente molesto, continuó gritando. Tenía una mano en la puerta del Instituto para mantenerla abierta y con la otra señalaba con vehemencia el piso del escalón entre la puerta y la calle).
—¡Cruce esa raya! —le ordenó a la periodista señalando el límite entre el Inumet y la vereda.
—¿A usted le parece tratarme así?
—¡Cruce esa raya! —gritó aún más alto.
—¿A usted le parece tratarme así?
—Bueno. ¡Se va! ¿Está claro?
—¿A usted le parece el modo? Le estoy pidiendo información pública. Los 30 millones de pesos, ¿se ejecutaron o no?
—¡Se va! ¡Se va!
—¿Por qué me tiene que tratar así por hacerle una pregunta que es sobre información pública?
—Se va de acá.
—¿Le molesta que le pregunte por información pública?
—No me molesta; tengo otras cosas que hacer.
—¿Y por qué me trata así, señor? Sus secretarios me trataron amablemente.
—Por un error mío.
—¿Cuál es su error?
—Tratarla así.
—Sí, es un error. Perfecto. Y no puede decirme cuántas estaciones tienen...
—¡Mire la página! ¡Se va! ¡Primero se va! —volvió a gritar.
—Discúlpeme, ¿los datos (climáticos) se perdieron porque faltaban funcionarios o no?
—Usted sabe eso.
—Mucha gente acá me dice que si no hay turnos (de trabajadores) las estaciones que no son automáticas no funcionan.
—Haga usted su trabajo como le parezca. Usted cruza ahí y se va.
—Sí, sí, yo me voy. Usted vaya a su oficina; tranquilo que yo me voy.
—Sí, yo voy tranquilo si puedo… porque muchos días no estoy tranquilo.
—Sí, ya veo que no está tranquilo. (La reportera, afectada por lo ocurrido, se sentó en una silla a pocos metros de la puerta de entrada).
—Usted tampoco.
—Yo necesito sentarme.
—¡No, no! ¡Usted se sienta afuera, señora! (Cuatro funcionarios rodearon a la periodista y a Pisciottano. El presidente del Directorio del Inumet miró a los trabajadores y señaló la escalera de acceso al primer piso). Les ordenó:
—De acá (marcó con el dedo el comienzo de la escalera), que no suba de acá. ¿Está claro?
—Es una falta de respeto cómo me está tratando…por hacer preguntas de información pública.
—Cuando yo decido, no cuando usted decide.
—Discúlpeme. La información no la tiene por qué dar usted; la puede dar cualquier persona de acá adentro que usted autorice. Quédese tranquilo que voy a hacer un pedido de acceso a la información pública.
—Haga lo que quiera. Usted hace su trabajo como usted quiera y yo hago el mío como yo quiero.
—Ya veo… como usted quiere. Tratando mal a la gente.
—No trato mal a la gente.
—¿No le parece mal?
—Yo le pedí que se vaya.
—Usted me está exigiendo retirarme de la puerta de un local como si fuera una delincuente. (Pisciottano se acercó allí a la periodista que estaba sentada. La señaló una y otra vez con el dedo a la cara, a escasa distancia de su rostro).
—Yo le estoy diciendo que yo resolví que usted se vaya de acá.
—¿Usted es el dueño de este lugar?
—No, señor; soy el responsable designado de acuerdo a la ley y la Constitución.
—¿Por qué me señala así con el dedo? (Pisciottano cambió el ángulo y comenzó a apuntar para arriba).
—Estoy señalando el cielo.
—“El cielo”…mire qué bien. (Pisciottano pareció retirarse hacia las escaleras pero retrocedió).
—¡Usted váyase de acá! —gritó otra vez desde las escaleras.
—Usted tranquilo. Falta tranquilidad en su tono de voz.
—Sí, sí. Le falta tranquilidad a mucha gente en el Uruguay. Los periodistas no deciden lo que yo hago. ¡Lo decido yo!
—¿Qué tiene que ver eso?
—Tiene que ver porque yo le indiqué que usted se vaya, ¿ta? Acá, a este local, no puede entrar cualquiera. Es de todos los uruguayos pero no pasa cualquier cosa acá.
—Yo hablé con su secretario y me recibió. Así que yo acá de incógnito no estoy; yo me presenté. (Pisciottano subió unos peldaños y desde la escalera volvió a vociferar).
—¡Se va! ¿Está claro? ¡Se va! Es lo único que tiene que hacer.
—Usted es un autoritario.
—¡Sí, claro que soy un autoritario! —confesó a gritos desde la escalera mientras subía hacia el primer piso de su oficina.
Luego del episodio, funcionarios del Inumet denunciaron lo que había pasado ante el Ministerio del Interior y la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo.