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Son seis capítulos en los que el televidente debe contener la respiración más de una vez y contraerse en su asiento. Lo golpea a veces la violencia de una escena, pero con más frecuencia lo sorprende un suspenso administrado de manera magistral, o simplemente el dolor humano de esas vidas desgastadas por el drama existencial cotidiano. En un desplante de la famosa ironía británica, la serie se titula Happy Valley, porque si hay algo que brilla por su ausencia en su transcurso es cualquier asomo de felicidad. Filmada por la BBC en Inglaterra en 2014, fue escrita por Sally Wainwright y dirigida por Euros Lyn, Sally Wainwright y Tim Fywell. Dado el éxito de estos seis capítulos, ya se decidió filmar este año una segunda temporada, que saldrá al aire probablemente en el último trimestre. Los primeros seis capítulos están disponibles en Netflix.
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Como es habitual en las producciones de la BBC, hay un altísimo grado de profesionalismo en todos los rubros, con destaque en el rendimiento de un elenco de campanillas y en la mano directriz, que es capaz de conmover al espectador con la credibilidad de las situaciones y al mismo tiempo administrar un inventario de desgracias personales que en otras manos podría haber resultado tragicómico.
La acción se desarrolla en Halifax, en la zona oeste de Yorkshire, Inglaterra. Dos cincuentonas maravillosas encabezan el elenco: Sarah Lancashire en el papel protagónico de Catherine Cawood, sargento de la Policía local, una vocacional de su tarea para quien lo jurídico está por encima de lo político (atención a la notable secuencia del enfrentamiento con un concejal por conducir alcoholizado) y Siobhan Finneran como su hermana Clare. A esta el televidente que haya visto Downton Abbey la reconocerá como la Miss O’Brien de esa serie, la dama de compañía de la dueña de casa, y podrá así apreciar la ductilidad de Finneran, capaz de dibujar con igual solvencia una mujer conspiradora y retorcida (Miss O’Brien) o una hermana tierna y solidaria (Clare). Hay que ver y disfrutar cómo Clare zurce en todo momento el descalabro familiar de su hermana, con una expresión de resignada ternura, o su rostro de desconcierto y asombro cuando se entera del secuestro de la hija de una compañera de tarea comunitaria. Pero también los extremos de frialdad y fiereza con que Catherine hace su trabajo y dos escenas de antología, donde Lancashire muestra una inusual estatura de actriz dramática: la confesión de su drama familiar a la directora de la escuela, donde concurre su nieto, y el pedido a su ex marido para que asuma la conducta propia de un abuelo para con ese nieto. En esos dos momentos un primer plano casi estático del rostro de Lancashire registra la catarsis de su dolor contenido. Monumental actriz.
Acompaña a estas dos mujeres un elenco de rendimiento parejo, donde se advierte una sobresaliente tarea de casting que apuntala la ya señalada credibilidad dramática de las situaciones. George Costigan como el desesperado empresario cuya hija es secuestrada; Steve Pemberton como su contador, hombre conflictuado, carente de autoestima y de estabilidad emocional; Joe Armstrong, un desarrollador inmobiliario y traficante de drogas; sus empleados y secuaces en el secuestro, Adam Long y el ex convicto James Norton, cuya libertad recién decretada desvela a la sargento Catherine Cawood.
No hay misterio ni intriga: los culpables están a la vista desde el vamos. Lo que abunda es el suspenso y la tensión dramática. Por momentos aparece algún estiramiento innecesario en el libreto en los últimos dos capítulos. Debe señalarse también que la sugerencia para realizar el secuestro parece algo abrupta; habría necesitado un mayor desarrollo en la trama para resultar más natural y creíble. De todas formas son descuentos que no llegan a empañar el disfrute de un producto muy bien terminado, a tal punto que cabe preguntarse si el negocio comanda tanto las decisiones de los autores como para que asuman correr el riesgo de mantener este nivel en una segunda temporada. Habrá que ver.