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    Profundo cambio estratégico en Oriente Medio

    Nº 2092 - 8 al 14 de Octubre de 2020

    Una realineación de alianzas, donde países por décadas enfrentados como Arabia Saudita e Israel son hoy aliados frente al expansionismo turco e iraní, está sacudiendo el ajedrez político regional.

    Mientras los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y el Estado hebreo establecieron relaciones diplomáticas, con la activa participación de Washington, el hecho refleja la nueva realidad. Ambas naciones llevan años de cooperación de hecho. Ahora firmaron oficialmente acuerdos de seguridad, tecnología y turismo. Pronto se abrirán embajadas y habrá vuelos directos sobrevolando el espacio aéreo saudita. El canciller del país árabe, Anwar Bin Mohammed, lamentó la ausencia de relaciones formales en el pasado. “Hace muchos, muchos años hubo una decisión árabe de no tener ningún contacto con Israel. En retrospectiva, fue una decisión muy, muy errónea”.

    Según el experto Eitan Gilboa, del Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos, muchos árabes perciben a Israel con otros ojos. “El mundo árabe sunita ya no ve a Israel como enemigo, sino más bien como aliado (…). El nuevo acuerdo consolidará su legitimidad como Estado judío en la zona”, afirmó al diario Jerusalem Post.

    Según Gilboa, esto también se debe a que muchos estados árabes observan la política exterior persa con gran preocupación, como la intervención de Teherán en Siria, Yemen y Líbano. “Los países del Golfo Pérsico están especialmente expuestos a las amenazas iraníes”, explicó.

    Ankara y Teherán

    La creciente tensión entre sunitas e iraníes ha relegado a segundo plano el antiguo conflicto de Oriente Medio. Enfrentar el peligro iraní, una dictadura islámica con brutales violaciones a los derechos humanos, es más importante que la cuestión palestina. Los musulmanes se han hartado del eterno rechazo de Ramallah a todo plan de paz durante décadas, así como al hecho que las donaciones para resolver problemas humanitarios terminan enriqueciendo a los dictadores palestinos, sea en Gaza o la autonomía cisjordana. Los palestinos, tras haber rechazado un acuerdo definitivo por décadas, se sienten aislados. A su liderazgo se le ha llegado a denominar banda de ladrones en influyentes medios de Arabia Saudita y “ya ha rechazado demasiadas ofertas de paz”, desde Arafat, cuando rechazó el amplio acuerdo que le ofrecieron Barak y Clinton  —acto seguido ordenó la sangrienta intifada—, hasta Abbas, que no solo ha dicho que no rotundamente al plan de Donald Trump, sino que ni siquiera quiso negociar la propuesta que presentó el anterior presidente Barak Obama.

    Por tanto, el perdedor del acuerdo israelí-emiratí es el pueblo palestino. Sus ambiciones políticas perdieron la prioridad de antaño. Le quedan pocos aliados. La teocracia iraní, por ejemplo, criticó el acuerdo. “Esto solo fortalecerá el ‘eje de la resistencia en la región’”, afirmó su ministro del exterior. El gobierno turco —inmiscuido por Razip Erdogan en múltiples conflictos— también se opuso. A su juicio, los EAU han “traicionado a los palestinos por interés propio”. Curiosa reacción de un país que mantiene su embajada en Israel y recibe de allí miles de turistas (antes de la pandemia, claro).

    De todos modos, tanto Turquía como Irán, los dos países islámicos —no árabes— de la región, están aislados. El único aliado de Irán es Siria, completamente destrozada bajo la dictadura de Bashar el Assad. En el resto del área, Irán depende de grupos terroristas que financia a pesar de la brutal crisis socioeconómica que atraviesa. El más importante es Hizbollá, que controla el sur libanés con fuerzas superiores al ejército nacional. Ahora es objeto de un enorme rechazo en el Líbano, tras la explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio de su propiedad… almacenadas en Beirut. Manifestantes quemaron fotos de su líder, Nasrallah, que vive en un búnker, y lo llamaron “títere de Teherán, terrorista y asesino del Líbano”. Arabia Saudita presiona para lograr el desarme total del grupo y su subordinación a Beirut, en lugar de a Teherán.

    Turquía, por su parte, tiene mala imagen en el mundo árabe debido a sus objetivos expansionistas y la ocupación parcial de Chipre. Mantiene una tensa relación con Grecia —Atenas logró el apoyo francés— y Egipto acusa al presidente Erdogan de “neootomanismo”.

    Cabe mencionar el odio —es la palabra adecuada— de Armenia por Turquía debido al genocidio cometido contra este pueblo en 1915, que produjo un millón y medio de muertos. Turquía vergonzosamente niega este hecho histórico.

    Apoyos al “Pacto de Abraham”

    El acuerdo tuvo buena recepción internacional. “La normalización de las relaciones entre Israel y los Emiratos es una contribución importante a la paz en la región”, dijo el canciller alemán, Heiko Maas. Europa, Canadá, Australia y América Latina (salvo Venezuela) han apoyado el pacto. La Cancillería uruguaya expresó su satisfacción por los acuerdos entre EAU, Bahréin e Israel, “los cuales constituyen un significativo esfuerzo para alcanzar la paz y la estabilidad; Uruguay aspira a que esta iniciativa abarque además otras naciones”. Israel solo había logrado establecer relaciones oficiales con dos países árabes: Egipto en 1978 y Jordania en 1994.

    Jerusalén espera que el éxito de los acuerdos con EAU y Bahréin “también animen a Egipto y Jordania a crear relaciones más intensas, que se extiendan más allá de la seguridad”, que es prácticamente la única cuestión en la cual la colaboración es firme. Por parte de EE.UU., su objetivo es claro: lograr que los estados suníes reconozcan oficialmente a Israel, y a cambio Washington les brindará mayor ayuda económica y militar, así como apoyo directo para contener a Irán.

    Los acuerdos suponen un cambio radical en Oriente Medio. Se rompe en gran medida el aislamiento al que Israel estuvo sometido durante décadas y crea un nuevo bloque de aliados en una zona conflictiva. Incluso tiene un alcance mayor que impacta en todo el mundo árabe, pues “el sentimiento de solidaridad panarabista” está en franco declive y —tal como explica el pensador musulmán Ed Hussein—, los estados árabes y muy especialmente los del Golfo están empezando a crear sus propios perfiles nacionales, en los que el odio a Israel no forma parte, pues no necesitan un enemigo común unificador. El nombre elegido para el pacto —Acuerdos de Abraham— transmite un fuerte mensaje simbólico: Abraham como padre común de judíos y árabes, que pasan de ser enemigos a ser hermanos.

    Vale destacar que países como Emiratos, Bahréin y Arabia Saudita tienen importantes intereses comunes con Israel: la estabilidad de la región y frenar el violento expansionismo de Irán, en el terreno de la seguridad. Pero también otros, como las posibilidades enormes de colaboración económica, científica e incluso turística cuando se supere la crisis del Covid. Los turistas árabes podrán conocer lugares con tanto significado para ellos como la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén, y los israelíes podrán visitar sitios interesantes y que tanto esfuerzo hacen para atraer turistas como Dubái. Los próximos en la lista para formalizar vínculos con el Estado hebreo son Omán, Marruecos y Sudán.

    Los hechos parecen indicar que estamos ante un cambio que marca un punto de inflexión en la geopolítica  no solo de una parte estratégica del planeta, sino del mundo entero.