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    Profundo desprecio

    Columnista de Búsqueda

    N° 1930 - 10 al 16 de Agosto de 2017

    Lo que mostró Hannah Arendt en su cobertura del juicio a Eichmann es que los criminales de los sistemas totalitarios no son locos ni sádicos, sino personas terriblemente normales que cumplen con decoro todos sus deberes sociales. Tienen, eso sí, un reflejo singular: aparecen como distraídos ante el sufrimiento ajeno, no se enteran de lo que implican sus actos, no les importa no por desprecio sino por desviación del foco rector de la conducta; están, en verdad, como despojados de toda censura moral. Para ellos no hay transgresión en el crimen, tampoco hay sentimientos encontrados; consideran el deber como fin en sí mismo y el imperativo de la eficacia, del que hablaba Kant con reprobación, como la finalidad de toda acción.

    Dos libros que acaban de llegar al mercado local me llevan a compartir esta desoladora perspectiva. Uno es el excelente estudio de Saúl Friedländer titulado suficientemente El Tercer Reich y los judíos (Galaxia Gutenberg, que distribuyue Océano) y el otro es la novedosa investigación sobre La gran hambruna en la China de Mao (Acantilado, que distribuye Gussi), del sinólogo Frank Dikötter, catedrático de Humanidades en la Universidad de Hong Kong. Ambas obras se relacionan visiblemente por testimoniar, y en el caso chino, revelar por primera vez, el modo de exterminio y manejo del poder, y más que eso, el lugar asignado a las personas en los sistemas totalitarios. La raza aria del primer libro o el socialismo redentor de la clase obrera del segundo, son coartadas de un mismo crimen: en los dos casos prevalece el principio de la perversión iluminada que pretende asignar a una élite armada con poderes desmedidos y sin resistencia de ninguna índole, la determinación del destino de decenas de millones de personas sin ninguna consideración ni piedad. La causa superior está por encima de la muerte, del dolor, del desprecio, de la negación absoluta de la condición humana a millones de seres humanos.

    La pieza de Friedländer se presenta en dos tomos que marcan los dos momentos del proceso de odio instruido contra el pueblo judío por parte del gobierno nazi: los años de persecución (1933-1939) y los años de exterminio (1939-1945). Si bien hay una natural continuidad entre una y otra parte, es claro que aquello que hoy reviste mayor interés para el estudioso está más referido a esos primeros años, que al detalle y modo de la imperdonable maquinaria de muerte, tema que otros libros han tratado con mucho detalle y que algunos testimonios reflexivos, como los de Primo Levy y Raul Hilberg han conseguido fijar definitivamente la toma de conciencia de todos los hombres de todos los tiempos. Sin embargo, no hay tanta ni tan informada literatura sobre el despliegue de la progresión represiva, sobre el uso hábil de la amenaza, del miedo, sobre la propaganda directa y subliminal que buscó demonizar a los judíos, sobre las medidas administrativas y los pasos burocráticos —algunos escandalosos, otros sutiles, casi secretos— que fueron armando el espeso ambiente para culminar en las jornadas de odio organizado que precederán la meticulosa devastación del Holocausto. A diferencia de las cámaras de gas y de los hornos, que ya no están aunque tenazmente habitan en la memoria y en el corazón de toda la humanidad, esos procedimientos de persecución y exclusión, todavía se mantienen de pie bajo el signo de otras banderas: el totalitarismo es uno, la mentalidad totalitaria también. Y no hay que ir muy lejos para encontrarla.

    Precisamente eso nos lleva al comunismo, que lo tenemos tan cerca. En China, según lo denuncia con documentos que el gobierno de ese país acaba de liberar a los investigadores, hubo también un holocausto, que se llamó no solución Final, sino Salto Adelante. Se trata de los cuatro años de colectivización forzosa y fracasada que produjeron la muerte por hambre, fusilamiento, tortura y enfermedades de más de 45 millones de personas. Eso ocurrió por decisión del Comité Central del Partido Comunista. El libro de Dikötter reconstruye pormenorizadamente ese enorme asesinato en masa, indica con qué medios se mató, quiénes lo hicieron, qué razones adujeron y, lo peor, cómo siguieron los dirigentes al otro día, al final de la faena: estaban intactos, como si nada hubiera pasado.

    Estas obras recuerdan lo que nunca debe olvidarse. Y de paso, habida cuenta de la realidad que nos ha caído encima, nos advierten. Hay que cerrarles el paso a los discursos totalitarios; cualquiera sea su excusa o ideología.