Es domingo y voy a la feria, pese a las posibilidades de tormenta.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSubo a un 100 vacío que acaba de iniciar su recorrido. El guarda y el conductor se hallan en una animada charla. El primero expone una teoría antropológica: explica al otro la vida del hombre de las cavernas. Cuenta a voz en cuello cómo los varones cazaban en grupo, rodeaban al animal, le gritaban, lo apaleaban y luego lo mataban. Las mujeres se quedaban en la cueva. “Por eso la dominación; ellos conseguían la comida”, dice el guarda. “Y los golpes a las mujeres vienen desde hace miles de años”.
Ambos coinciden en que es natural que se pegue a las hembras. No tienen léxico ni discurso de universitarios. El guarda ha visto algún programa en el cable.
De pronto, me sobreviene un recuerdo, que vuelve raramente. Fue hace años: yo acababa de llegar de España, donde estudié. Volvía del cine, de ver unas amigas. Eran las 10. Debía levantarme temprano para dar clase.
Venía de Pocitos y caminaba a casa, unas cuadras más allá del zoológico. Llevaba una minifalda de jean y medias can can violetas. Un muchacho salió de una barrita y me empezó a seguir. Yo, acostumbrada a una España en donde, al menos por la calle, los hombres no molestan a las mujeres, le dije que me dejara en paz.
Pero unas cuadras más adelante me giré y allí seguía, a unos pocos metros. Por instinto, empecé a correr. Logré volverme otra vez. Él corría mucho más veloz que yo, su cara llena de odio. Atiné a gritar. El barrio era de casas bajas y las ventanas tenían luz: estaban abiertas en aquel noviembre.
Me alcanzó. Con un puñetazo en la nuca. Volé, supongo, porque luego descubrí los desgarrones en mis medias de nailon. Vi luces y estrellas y el dolor en la cabeza fue gigantesco. Perdí el conocimiento. Pero mi grito había alertado a los vecinos, que salieron enseguida. Él huyó corriendo a toda velocidad, detrás los vecinos.
La gente me levantó, yo me agarraba la cabeza, tenía sangre. Todo el barrio alertaba lo sucedido, el pizzero de la esquina lo persiguió dos cuadras en su fusquita, hasta que éste se le quedó.
Terminé en La Española, con una cicatriz en la cabeza que aún me duele cuando llueve y moretones en la parte de atrás de las piernas, que revelaban las patadas recibidas mientras estaba tirada en el suelo.
En la comisaría me miraron con cara de desprecio.
La semana pasada fui al Festival de Cinemateca a ver una película catalana, sin saber de qué se trataba, solo porque necesitaba ver Barcelona y, además, porque suelo ver películas con protagonistas adolescentes.
El filme mostraba a un hombre “común” que aterrorizaba a su familia a puñetazos. Una noche termina matando con una escopeta al hijo adolescente, a la nena abrazada a su muñeca y a la madre de ambos con la cara magullada.
Los espectadores salimos con una paliza en las almas.
Una mujer muy bonita, tal vez argentina, comentó: “¡Oh, Montevideo, domingo, lloviendo, y encima esta película!...”.
Espero que no haya subido a un ómnibus con un guarda dando discursos, ahora pienso.