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    Quejas de una turista

    Agradecería publique esta carta en la cual relataré experiencias que viví personalmente junto a dos turistas europeas que fueron mis huéspedes durante unos días a fines de enero. Aunque a mí estas líneas solo me servirán de catarsis, mis invitadas se llevaron consigo las malas impresiones. Aclaro que ya hice las quejas correspondientes a las distintas empresas que nos rindieron los servicios que paso a describir y que todos nuestros desplazamientos en capital e interior fueron en transporte público.

    Después de una encantadora estadía en una estancia turística, la gerencia del establecimiento se ofreció a ir hasta la terminal más próxima a comprarnos los pasajes de regreso a Montevideo ya que debíamos tomar un ómnibus en una parada sobre la Ruta 1. Un llamado desde la estancia a la terminal un rato antes recordó al encargado de avisar al chofer de la empresa COT de las tres pasajeras que debía levantar de camino. En la parada diez minutos antes de que el ómnibus debía recogernos, a la hora señalada efectivamente pasó un bus de COT a gran velocidad y sin la más mínima intención de parar, por cuanto supusimos que no era el coche que debía recogernos. Cuando a la media hora no había pasado otro, llamamos a la estancia pidiendo ayuda. Teléfono va, teléfono viene, nos informaron que no había otro bus que hiciera parada en ruta hasta una hora más tarde. O sea que ¡en una parada de ómnibus sobre la ruta, con un calor de casi 40º, sin agua y sin un baño cerca, nos vimos obligadas a esperar una hora y media hasta que pasara el próximo bus de la empresa COT! Cuando le pregunté al guarda de ese coche si sabía qué había pasado que no nos había parado el bus anterior, me contestó con soberbia y de muy mal modo, en lugar de intentar calmarnos o disculparse en nombre de la empresa, aunque no supiera qué podía haber pasado. Ya en Montevideo llamé por teléfono para informar, pero a una semana del suceso la empresa COT no se ha dignado ni siquiera a ofrecer disculpas. Volvimos a viajar por la misma empresa a otro destino y tanto la atención telefónica, como en mostrador y a bordo del coche, fue francamente antipática.

    En Punta del Este, la experiencia no fue mejor. En la terminal de ómnibus nos acercamos a la parada de taxis porque aunque el hotel estaba a pocas cuadras, era uno de esos días de calor sofocante y no queríamos ir caminando con nuestros bolsos. Para nuestro enormísimo asombro ninguno de los taxistas nos quiso llevar. ¡Excelente bienvenida al balneario que tanto enorgullece a los uruguayos!

    Aunque nos hospedamos en un hotel de poquitas estrellas, era de esperar que en una habitación para tres personas hubiese al menos tres ganchos para colgar tres toallas. Pues no: había uno solo. En la era de equipos electrónicos que nos acompañan en viaje, como celulares, i-Pads y laptops, el único enchufe eléctrico existente en la habitación era el de la televisión, que hubo que desenchufar y turnarnos para cargar nuestros equipos. El desayuno de una pobreza y calidad decepcionantes: jugo de naranja rebajado con agua, pan blando sin posibilidad de tostar, total ausencia de nuestro típico dulce de leche o manteca y un queso absolutamente incomible. Por otra parte la obligación de dejar el hotel a las 10 de la mañana en lugar del mediodía, como es habitual en el resto del mundo (seguramente por falta de suficiente personal que limpie las habitaciones y las deje prontas para los próximos huéspedes) priva de realizar cualquier otra actividad por la mañana.

    Un city-tour por Punta fue otra decepción. En una van, el guía hablaba sin micrófono, o sea que quienes estábamos sentados atrás, no le oíamos. La puesta de sol desde Casa Pueblo, que nos anunciaba el paseo con bombos y platillos, no estaba incluida en el costo del tour y recién nos enteramos que debíamos pagar el acceso al lugar, en la misma entrada. ¿Por qué el engaño, por qué no incluirlo en el precio total? ¿Será para que parezca menos caro? Si se anuncia como parte del paseo, no es un opcional. El pago en dólares y en efectivo al guía, sin recibo. Lo más indignante fue la parada obligada en La Barra, donde un kiosquito de mala muerte cobra $ 70 por una botellita de agua de medio litro, mientras que en un buen quiosco sobre Gorlero, la mismísima botellita cuesta $25. Ante mi consulta-protesta, el guía muy suelto de cuerpo me explicó que “¡La Barra es como St. Tropez!”. Conocedoras de ambos balnearios, sentí vergüenza ajena y me alegré de que mis turistas no le escucharon. Al final del paseo le pregunté a ese guía —supuestamente conocedor de Punta del Este— por la dirección exacta de una conocida chivitería, para que mis invitadas probaran esa especialidad uruguaya. Me indicó cómo llegar, sin la delicadeza de ofrecer llevarnos hasta ahí, ya que éramos las últimas pasajeras en la van y seguía el calor sofocante. Caminamos las diez cuadras y para nuestra sorpresa, el restaurant ya no existe en ese lugar, desde la temporada pasada. Me quedó la duda si fue su actitud de desidia o que el guía no estaba informado debidamente.

    Como broche de oro de esta experiencia turística, teníamos entradas para el desfile de Llamadas del viernes. Sin información al momento de comprarlas de qué pasaría en caso de suspenderse, calculamos que si llovía el desfile pasaría para el sábado. O sea que mis invitadas planificaron partir el domingo. Como muchos otros turistas (sé de argentinos que vinieron especialmente por el fin de semana para asistir a ese desfile, habiendo invertido en pasajes y hotel), se fueron de Uruguay el domingo al mediodía, con tremendo desencanto, en muchos aspectos.

    Lilian Steinhardt

    CI 997.359-9

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