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    Quién es quién

    ¿En qué preciso momento de su carrera de hombre de negocios y estrella de televisión decidió Donald Trump competir por la Presidencia de los EE.UU.? The choice (EE.UU., 2016), un documental hecho para el portal periodístico Frontline del Public Broadcasting Service (PBS) dirigido por Michael Kirk, con guión de este y de Mike Wiser, nos ilustra sobre ese momento de quiebre desde el inicio mismo de la película.

    Fue en Washington el 20 de abril de 2011, en ocasión de la cena anual de corresponsales ante la Casa Blanca, un evento donde se junta lo más granado del periodismo, la banca, la bolsa, la industria y todos los etcéteras. Cena de etiqueta, todo el glamour de las alfombras rojas, seiscientas personas dispuestas en mesas redondas. Uno de los invitados es Donald Trump, quien últimamente se había unido al coro de los que dudaban sobre la autenticidad del certificado de nacimiento de Barack Obama, alegando una posible nulidad en una eventual reelección si el presidente no era ciudadano americano. Se anuncian palabras de Obama, quien se dirige al atril y desde allí, después de agradecer de manera burlona la presencia de Trump, empieza a ridiculizarlo y humillarlo en público con una sarta de ironías durante unos interminables minutos. Trump está tieso en su asiento con una sonrisa forzada y helada. La escena es de una tensión tal que el espectador se siente incómodo. Y si uno se siente así calcule usted cómo se habrá sentido Trump. Un colosal error político de Obama, que dio el puntapié inicial a un deseo de revancha de Trump “al haber sido humillado por el primer presidente negro” según la opinión de testigos y analistas políticos del hecho. A partir de este arranque de impacto, el filme explora por igual la infancia, adolescencia y carreras de ambos candidatos.

    El repaso a la vida de Hillary nos revela que sus padres se llevaban muy mal; su padre era un violento y su madre una desgraciada. La joven Hillary fue deslumbrada por la prédica “progresista” de Don Jones, el pastor de su iglesia; sintió admiración por Luther King; estudió leyes en Yale donde fue compañera de clase de Bill Clinton; terminó los cursos pero perdió el bar exam, que en los EE.UU. es una prueba final para permitirle al estudiante ejercer la profesión de abogado. Decide entonces irse a Arkansas junto a Bill y dedicarse a la política. Allí contraerá matrimonio en 1975 y comenzará una carrera donde tratará de equilibrar políticamente ser siempre funcional a su marido y al mismo tiempo hacerse una imagen pública propia. Ese periplo implicará varias mutaciones, desde aspectos menores como adelgazar, cortarse el pelo, usar lentes de contacto, pasar de llamarse Hillary Rodham a llamarse Hillary Rodham Clinton y luego Hillary Clinton hasta detalles no tan menores como sustituir su discurso progresista-rupturista en la graduación de Yale por uno netamente conservador cuando primera dama; soportar las múltiples infidelidades de su marido con otras mujeres; fracasar con su propuesta política del plan para la salud; tolerar que para la campaña de reelección de Clinton los asesores de este le pidieran que se apartara de su marido por lo negativo de su imagen; sentir que en el “ala Oeste” de la Casa Blanca siempre le estaban moviendo el piso; aguantar que en 1998, con siete meses de diferencia, Bill dijera primero que las declaraciones de Mónica Lewinsky eran “una conspiración de la derecha” (enero) y luego que eran ciertas y que pedía perdón a su señora y al pueblo (agosto). Esa mujer vuelve a sonreír una y otra vez pese a que la historia seguirá mostrando la repetición de sus fracasos: pierde contra Obama la nominación de su partido; como secretaria de Estado aconseja a Obama la desafortunada intervención militar en Libia (2011); se hace luego públicamente responsable de las fallas de seguridad en el ataque al consulado americano en Bengasi (2012).

    Donald Trump tiene una historia más lineal y quizás por eso menos atractiva. Nace en cuna de oro, donde no le falta nada. Su padre Fred es una máquina de trabajar y hacer plata. La filosofía paterna es simple: en la competencia de la vida hay ganadores y perdedores. La palabra con la que Fred designa a los ganadores es más cruda y reveladora: “killers”, cuya traducción literal es asesinos o matadores. En ese entorno donde el mundo es blanco o negro, el joven Trump completa su formación en la Academia Militar de Nueva York con un barniz de orden y severidad que el padre consideró apropiado para un joven que pintaba algo arrogante y suficiente. Luego obtendrá su título de grado como bachiller en Economía en la Escuela de Negocios Wharton de Pensilvania. Como a Hillary, a Donald también lo cautivó cuando joven el pastor de su iglesia, Norman Vincent Peale, con su prédica centrada en el pensamiento positivo que todo lo soluciona y en una suerte de evangelio de la prosperidad donde el fin último es perseguirla hasta alcanzarla. En los 70 Trump se muda de Queens a Manhattan y comienza su carrera de negocios inmobiliarios con torres, hoteles y casinos. Contrata como abogado a Roy Cohn, un siniestro personaje que le enseña a Trump que no hay mejor defensa que un buen ataque y con ello refuerza en los tribunales la fama de hombre duro que Trump traía de los negocios. Sorprende a todos cuando al iniciar el emprendimiento de la Trump Tower en Manhattan, designa a dos mujeres: una para dirigir la obra y otra para lidiar con los sindicatos. Se casa tres veces y las cuestiones de alcoba alimentan los tabloides de todo tipo y color. A fines de los 80 empieza a opinar públicamente de política. En los 90 quiebra pero los bancos le refinancian sus deudas y sale del problema aunque deja varios heridos. Más cerca en el tiempo se da cuenta del valor de su nombre y entonces abandona las complicaciones urbanísticas y reglamentarias del negocio inmobiliario y se dedica a vender la marca “Trump” para edificios, hamburguesas, computadoras y lo que venga. Para muchos esta ocurrencia es la que le genera más ganancias y menos dolores de cabeza. Agrega a su currículum haberse transformado en estrella de televisión con el reality show El aprendiz (The Apprentice) en el que varios empresarios compiten para ganar 250.000 dólares y un contrato para dirigir una de las empresas de Trump.

    El filme muestra excelentes archivos de imagen, salpicados con testimonios de periodistas, politólogos, compañeros de clase y amigos muy cercanos de los dos personajes. Una edición inteligente aligera el relato y mantiene el interés al saltar permanentemente de una personalidad a la otra.

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