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    Quién le quita lo bailado

    Muhammad Alí, mucho más que el mejor boxeador de todos los tiempos

    Con los genios el tiempo se detiene, inexorablemente. Pueden mostrar imágenes del hombre ya veterano, tembloroso, con la piel apergaminada. Incluso pueden detallar la procesión de un grandioso funeral. Todo eso va por fuera, es pura anécdota. Los próceres tienen el soporte de la patria y de las instituciones, que los catapultan hacia el mármol y el bronce. Los genios, en cambio, se ganan ese lugar por su mera condición individual. Y quedan encapsulados en su mejor momento.

    —De pequeño siempre escuché el mismo cuento —dice muy locuaz—. El patito feo era negro, y para ser bello y querido tuvo que transformarse en un cisne blanco. Blancanieves era la pureza; la bruja, de negro. Si dos autos corrían, el blanco era más rápido y en el negro iban los malos. Ni siquiera un niño criado en plena selva podía ser negro: ahí tienen a Tarzán, blanco.

    A su alrededor los periodistas y curiosos festejan las ocurrencias y ríen. Y se entiende, porque ese hombre, además de ser el boxeador más completo de todos los tiempos, es un ocurrente animador, un irónico humorista que sabe decir las cosas con ritmo y punch, un líder nato, y si lo hubiese deseado, un político de fuste o, mejor dicho, un político peso pesado. Ese hombre es Muhammad Alí, que el viernes 3 definitivamente se ganó la inmortalidad, a los 74 años.

    Las imágenes se sucedieron en todos los canales, en todos los informativos: Alí contra Ringo Bonavena, las bromas en el pesaje y después la tremenda batalla en el Madison Square Garden, que finaliza en el round 15 con un corto de izquierda que manda a la lona al argentino; Alí y sus épicos combates contra Joe Frazier; Alí con 18 años y su medalla olímpica en Roma, cuando todavía se llamaba Cassius Marcellus Clay; Alí bailoteando y humillando a So­nny Liston, el boxeador de la mafia, el asesino, a quien mandó a dormir en dos oportunidades; y claro, Alí y Foreman en Kinshasa, esa pelea que será insuperable, única, de otro mundo, cuando el ganador se convierte definitivamente en un superhombre.

    Pero también aparecen las imágenes de Alí encendiendo la llama olímpica en Atlanta 96 con un terrible Parkinson que, según dicen, siempre llevó estoicamente y hasta con buen humor; imágenes del padre de nueve hijos, del veterano en un gimnasio lanzando golpes al aire con niños que lo festejan. Y una lluvia de mensajes de los cientos de deportistas y personalidades que lo admiran, como Obama, como May­weather, como Clinton, como Pelé y Maradona, como Pacquiao y Tyson. Y todos coinciden: es el más grande. Alí no fue, es

    Habla Foreman, el gran derrotado en aquella batalla de 1974 en Zaire. No puede ser más claro: 

    —Alí no solo fue el mejor boxeador de todos los tiempos; también fue uno de los seres humanos más importantes que pisaron este planeta.

    Y Foreman no exagera. Deja de lado la cuestión estrictamente deportiva e intenta transmitir el embrujo, la fascinación que sintió ante un hombre mayor que le decía al oído, contra las cuerdas y ante cada descarga brutal de golpes que asimilaba de forma increíble: ¿Eso es todo lo que tienes para dar, George? Y sí, recuerda Foreman, eso era todo, no tenía más. Foreman pegó y pegó y quedó vaciado antes de caer como un roble en el octavo round.

    “Ha de saberse que un puñetazo bien orientado y con toda la masa de un peso pesado detrás puede llevar la fuerza equivalente a cuatro toneladas y media: un golpe que el cerebro tiene que absorber en su gelatinosa masa”, dice Joyce Carol Oates en su libro Del boxeo (Tusquets, 1990). Saquen la cuenta, hagan números.

    La admiración de Foreman es, por supuesto, hacia el deportista que inventó el baile como técnica y también como principio estético para un deporte que no es solo pegar y aguantar, cosa que nunca entenderán sus detractores, que en este asunto se quedan únicamente con la sangre y la hinchazón. Por encima de todo, Foreman admira al hombre brillante, inteligente, que defendió a los de su raza sin confrontar ni exaltar odios. Admira al campeón del mundo que se negó a combatir en Vietnam, y por eso le quitaron el título (“No voy a viajar diez mil millas para matar a alguien que no me ha hecho nada”, una verdad sencilla, incuestionable). Admira al genial púgil de más de un metro noventa, con inusitada velocidad para su peso, que tuvo las fuerzas necesarias para levantarse una, dos, tres veces y ser campeón. El engañoso baile de la mariposa, que pica como una abeja.

    Foreman admira al bravucón, al bocazas e incluso al payaso que desacomodaba a sus rivales antes de las peleas (“Te voy a machacar, idiota, soy Dios, no le puedes pegar a Dios”, frase de Alí a cualquier rival), que los hacía entrar con sus fanfarronerías (“Un loro de metro noventa”, así lo definió Norman Mailer), pero también a quien una vez terminada la contienda demostraba realmente ser un pacifista y un hombre del Islam, religión de paz, al margen de lo que realizan algunos fanáticos descerebrados. El show de Alí era parte de su autenticidad.

    Nuestro Alfredo Evangelista, que tuvo la oportunidad de combatir con Muhammad Alí, llegó a declarar en el documental Bichuchi, de Aldo Garay: “Yo intercambié guantes con Dios”.

    No ocurrió lo mismo con Frazier, que sufrió los insultos de Alí porque se los tomó muy en serio. Era incapaz de decodificar los niveles de show que proponía Alí. En este asunto del boxeo, Frazier es la figura más sufriente, más trágica, más de película de serie negra. Y eso que fue tal vez el mayor castigador del superhombre, a quien tumbó con su temible gancho de izquierda en 1971, cuando ambos boxeadores dispu­taron el cetro mundial.

    Alí no era un noqueador. No estamos hablando de una máquina de lanzar golpes. Estamos ante un estilista, un elegido que nació un 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky. En realidad, el estilista nació cuando andaba en bicicleta con su hermano. Se detuvieron en un comercio del barrio y al salir ya no estaban los rodados. El niño Cass­ius Marcellus Clay juró dar con los ladrones y hacerles pagar su fechoría. Un señor que estaba en la vuelta le dijo: “Antes de encontrar a los que te robaron la bicicleta deberías aprender a defenderte”. Y Cassius le hizo caso. Así comenzaron sus días de entrenamiento y gimnasio.

    Sonny Banks, quien murió trágicamente por un golpe, peleó con Cass­ius Clay en 1962 y lo derribó con una izquierda. Luego perdió la pelea, por supuesto. El británico Henry Cooper también mandó al suelo a Clay con otra izquierda, y luego se comió una furibunda paliza en Wembley, en 1963. Los tres hombres que acostaron a Dios ya no viven.

    Después está Chuck Wepner, el hombre que inspiró a Stallone para componer su personaje Rocky. Wepner se adjudica una dudosa acostada al Más Grande en 1975. ¿Qué diría Alí de Wepner?

    —Un don nadie.

    Números: 56 peleas ganadas, cinco perdidas. Jamás una derrota por KO. Tres veces campeón del mundo de los pesos completos. Una medalla olímpica. Existen récords más impresionantes en la historia del box. Hay peleadores que jamás perdieron una pelea, como Rocky Marciano, como Carlos Monzón, como Floyd May­weather. Sin embargo, ninguno de esos deportistas se le puede aproximar. Repito: aproximar.

    Alí es un mito, una iconografía de los años 60, como Jimi Hendrix. En 1968, la revista Esquire le realiza una serie de fotografías para su portada. Alí posa atravesado por flechas como el mártir cristiano San Sebastián. El superhombre que paga por nuestros pecados. El poderoso peleador que derriba a sus oponentes pero rehúsa ir a la guerra. Ese es Alí: eterno bocotas de pantalones blancos y bailoteo alrededor de sus rivales, con el jab sonando como un latigazo: zac, zac, zac.

    Alí grababa las conversaciones con sus seres queridos. Una voz suave, delicada, paciente, que habla a sus hijos pequeños: ¿Cómo te fue hoy en la escuela? ¿Has comido tu compota? Debes comerla, así te pondrás fuerte y crecerás como papá. Dicen que era muy dulce y cariñoso como padre. También que no podía quedarse quieto en cuanto a las mujeres.

    Hay muchos documentales que hablan de Alí. Vean, por ejemplo, Muhammad Alí: el hombre detrás de la leyenda (2014), de Clare Lewins (recientemente colgado por Netflix) o When We Were Kings, de Leon Gast (1996, Oscar al mejor documental), sobre la batalla con Foreman en Kinshasa. Sobre este mismo tema, lean el maravilloso libro de Norman Mailer El combate (Contra, 2013). También está la larga crónica de Gay Talese Alí en La Habana (El silencio del héroe, Alfaguara, 2013), donde se detalla con sublimes toques el encuentro en 1996 entre el boxeador y Fidel Castro. Alí con Parkinson casi no habla, pero de pronto realiza un truco de magia con un pañuelo rojo; Fidel, un tanto gagá, queda excitado: ¿Cómo lo hizo? ¿Dónde está el pañuelo? ¡Hágalo de nuevo!

    Otra vez Foreman:

    —El boxeo es el deporte al que aspiran todos los demás deportes.

    Está claro. El resto de los deportes son juegos apasionantes que implican varias destrezas, pero juegos al fin. El box es la batalla por la supervivencia de los hombres más fuertes, rápidos y resistentes. El boxeador se despoja de todo, se quita la bata y sube al ring. Lo que queda es el cuerpo a cuerpo.

    Zaratustra profetizaba que saber morir a tiempo es un arte. Aún más difícil es mantener la vigencia a lo largo de la historia, que tarde o temprano se reducirá a un puñado de ruinas, cacharros y postales cuando todos los sistemas —virtuales, reales— hayan colapsado. Manos —o garras— extraterrestres debidamente enguantadas para no destrozar las evidencias arqueológicas, depositarán sobre una superficie las pocas antiguallas encontradas en la chamuscada Tierra. Y entre ellas aparecerá lo que nosotros conocíamos como una postal, la de un boxeador negro con la boca abierta, señalando a uno de sus tantos rivales o sencillamente al observador: “¡Te mataré, idiota!”.

    Tiemblen, extraterrestres: Alí está con nosotros.

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