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    Recovecos del protocolo

    No es broma

    Hay palabras que pasan y otras, que se instalan. Ya nadie dice adefesio, chambón, banqueta o botarate. No seas tan chambón y tan botarate: esa banqueta es un adefesio. Decíselas a un millennial y te va a mirar como si fueras un marciano.

    En cambio hay una vieja palabra que hoy tenemos en uso activo y actualizado, y que encontramos hasta en la sopa: protocolo.

    Según el diccionario, protocolo quiere decir “conjunto de reglas y ceremoniales que deben seguirse en ciertos actos o con ciertas personalidades”, o también “serie ordenada de escrituras y otros documentos que un notario o escribano autoriza y custodia con ciertas formalidades”.

    Si usted no es Ernesto Talvi, que tiene una Dirección de Protocolo en la Cancillería para organizar el recibimiento de diplomáticos y personalidades en tiempos normales, o de uruguayos varados en los más distantes rincones del mundo en tiempos de pandemia, y si usted no es el escribano Domenech, que hacía las actas de transmisión del mando presidencial en tiempos normales, y ahora hace encendidos discursos en el Senado en tiempos de pandemia, usted no es protagonista de los protocolos, sino una de sus víctimas.

    Ahora los protocolos sirven para reglamentarnos la vida, para reorganizarnos en la nueva normalidad, para fijarnos las reglas estrictas de lo que podemos hacer, y de cómo lo podemos hacer, y, sobre todo, de cómo no tenemos que hacerlo.

    Un suponer. Usted se levanta y se va a lavar los dientes y a bañarse: bueno, primero lávese las manos con jabón de lavar la ropa, que es el que mata mejor al virus. Después lávese la cara, y antes de agarrar el cepillo de dientes y la pasta dental, humedezca una toallita descartable en una solución de hipoclorito al 10% en agua destilada, y limpie bien el cepillo y el pomo de dentífrico, tirando la toallita en una bolsa de nylon que deberá cerrar herméticamente, para llevarla luego a la lata de basura. Enjuague sus manos con alcohol en gel, y ahora sí, lávese los dientes. Luego, antes de entrar a la ducha, pise una alfombrita empapada en la misma solución de hipoclorito al 10%, y pásele un trapo de piso seco al piso de la ducha, y tome una nueva toallita descartable humedecida, limpiando cuidadosamente las canillas de agua fría y caliente. Y así sucesivamente, hasta que salga del baño, y conste que no le comento aquí los detalles del uso apropiado del inodoro y el papel higiénico, por falta de espacio. Pero se los podrá imaginar.

    Si usted es jugador de fútbol, aficionado o profesional, ya habrá leído todo lo que habrá que hacer cuando se retomen las actividades deportivas. El drama de los vestuarios, los equipos deportivos, la camiseta, el short, el suspensor, los cuidados al hacer un gol, no abrazarse con nadie, no escupir en la cancha (van a tener que jugar con tapaboca puesto los futbolistas, para evitar una de sus habilidades más connotadas), no hacer cambios de camiseta al finalizar el partido. Todo eso ya salió en los diarios, y es, además, uno de los temas predilectos de los periodistas deportivos, que no tienen otro tema de actualidad para tratar, junto con la repetición de los goles de la final del campeonato uruguayo del 2015, o el replay del penal del Pelado Cáceres cuando dejamos afuera a Argentina en el Sudamericano del 2011. Pero, supongamos, si lo que usted practica es el ajedrez, nadie le debe haber informado lo que indica el protocolo de este apasionante juego de mesa, para cuando se liberen todas las actividades deportivas.

    Los contendores no se darán la mano antes de empezar, sino apenas un codazo de refilón, antes de sentarse en las sillas, que deberán haber sido desinfectadas con antisépticos en spray y luego recubiertas con un plástico que será desechado en bolsa cerrada al terminar la partida. Cada jugador tendrá a su lado un frasco con la bendita solución de hipoclorito al 10%, y deberá humedecer una toallita descartable, pasándosela a cada una de las piezas, priorizando al rey y a la reina por ser las de mayor tamaño, y teniendo la precaución de limpiar bien a las torres, restregando con cuidado las almenas, en cuyos intersticios se podría ocultar el virus, así como las crines de los caballos, y las estrías de los alfiles.

    Si lo que va a hacer es ir a comprar el pan o bizcochos en la panadería de la esquina, el protocolo exige ir con el tapabocas cubriendo la nariz y la boca, esperar en la puerta de la panadería pero del lado de afuera (y que no le toque un día de ciclón extratropical, porque no debe ser nada agradable), guardando un metro y medio de distancia con los demás clientes que están en la cola, porque solo se puede entrar de a uno. Al ingresar al local el gallego Manuel (que es el dueño de la panadería) con gorro de plástico, lentes de acrílico, guantes de goma y tapabocas, lo rociará con un spray antiséptico de la cabeza a los pies, los cuales habrá desinfectado al ingresar pisando una alfombra sanitaria empapada en hidrocloroquina y retrosivir. Elegirá los bizcochos señalándolos de lejos (“deme dos de esos croissants y tres de aquellos pan con grasa”), y deberá luego al salir, desinfectar la bolsa de papel con el mismo spray con el que lo rociaron al ingresar al local.

    No he visto aún algunas de las precauciones que se dice que los panaderos están exigiéndole al MSP para que las agreguen al protocolo, como la de lavar los bizcochos en agua jabonosa antes de ingerirlos, y espero que no les lleven el apunte, porque deben quedar asquerosos. Ellos dicen que es para evitar que los demanden por la ley de responsabilidad penal empresarial, si alguien se contagia con el bicho después de comerse una medialuna de alguno de sus comercios.

    En fin, aguántense y cumplan con los protocolos, porque no queda otra. La nueva normalidad es un clavo, y ojalá algún día vuelva la vieja normalidad, aquella de tomar unos mates con los amigos, compartiendo los bizcochos y dándose un abrazo antes de volver a casa.

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