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    Recuerdos y encuentros con Wilson

    Sr. Director:

    El primero y uno de los más notables, ocurrió en el año 60 en la explanada de la intendencia. Allí, en pleno auge del debate a favor y en contra de Fidel Castro, se realizó un acto muy original. Consistía en que cinco oradores hablaran alternadamente en dicho sentido, pero sucedió que cuando el primer orador que quiso hablar en contra del tirano cubano pronunció sus primeras palabras fue acallado por una gritería infernal y todo tipo de insultos. En razón de ello, los oradores que iban a hablar en contra de Fidel se retiraron, todos menos uno. Ese fue Wilson. Cuando le llegó el turno de hablar, no había dicho tres o cuatro palabras cuando la multitud castrista lo interrumpió con alaridos que le impedían hablar. Tuvo que tomar el micrófono el diputado socialista Arturo Dubra para reclamar silencio y defender la valentía de quien se animaba a hablar en tan difícil situación. Solo así pudo apostrofar a Fidel, aunque brevemente. Así era de valiente nuestro inolvidable caudillo.

    En 1981 volví a ver a Wilson en Río de Janeiro, donde, con motivo de una posterior intervención en un acto de políticos demócratas de varios países en Porto Alegre, aprovechó para citar al Triunvirato a sus secretarios, al Prof. Pivel Devoto y a dos o tres personas más a reunirnos en dicha ciudad carioca. Lo que más recuerdo de ese encuentro de varios días fue que habiendo mencionado alguien la belleza de Río y su cerro Corcovado que estábamos contemplando, Wilson expresó con mucho dolor su inmensa tristeza por el exilio al que estaba sometido. Manifestó entonces el ferviente deseo de volver al país por la frontera del Chuy e ir luego a su campo de Cerro Negro y hasta Castillos. Abrevio porque si no, esta misiva sería interminable.

    Recuerdo que en vísperas de la asunción de la presidencia argentina de Raúl Alfonsín, fui a verlo con Carlos Julio a Buenos Aires. En una reunión en la que participaban Felipe González, Bettino Craxi y otros grandes líderes políticos de diversos países, prácticamente solo habló Wilson, no por latero sino porque todos los europeos querían oírlo hablar de si llegaría el fin de su exilio y el de la dictadura uruguaya, como llegaron, poco tiempo después.

    Luego, tras algún episodio intrascendente, llegó el histórico retorno en barco a Montevideo el 16 de junio del año 84. Aquello más que un evento de preocupación por el hecho cierto de que a Wilson lo iban a llevar preso y no le permitirían ser candidato, parecía una fiesta, algunos tomaban whisky abundantemente y terminamos en una cantarola ruidosa mal imitando, por supuesto, tangos de Gardel. Wilson no parecía preocupado, al punto de que sesionó el directorio. Al amanecer, nadie parecía haber bebido nada y cuando se produjo la absurda escena de un conjunto de barcos de guerra de nuestra Armada que vino en dirección a nuestro buque a detener a Wilson, yo me subí a un lugar no sé cómo y con unos prismáticos que había llevado al solo efecto de ver mejor esa escena ridícula, cuando estaba mirando lo que sucedía, Wilson con el humor que jamás perdía se dio vuelta y con su sonrisa de siempre me dijo: “Che, Gonzalo, así que hoy sábado se corre en Maroñas, por eso trajiste los prismáticos”.

    Por ineludibles razones de brevedad omito todo lo que luego pasó en su descenso del barco, haciendo la V de la victoria que quedó para la historia en una fotografía inolvidable y ahora, salteándome varias partes del relato pero no su grandioso gesto de generosidad en su nocturno discurso de la explanada de la intendencia: “¡Nosotros vamos a hacer algo más, vamos a asegurarle al gobierno la gobernabilidad del país!”.

    El 28 de enero del año 88, último cumpleaños de su vida, lo fui a ver a su casa y me encontré al Dr. Sanguinetti, a Zumarán, al Cr. Laffitte y a Radiccioni hablando con él. Casi enseguida vino Susana y nos dijo que nos teníamos que ir porque Wilson estaba muy cansado. Lo que yo no sabía era que mi madre había ido un rato antes y que Susana le había dicho que yo volviera otro día porque Wilson me tenía que decir algo. Para no ser cargoso, no fui al día siguiente y cuando llamé, Susana me dijo que Wilson ya no estaba en condiciones de ir a su estancia, ni tampoco de recibir a nadie. Por consiguiente, me quedé con la duda de qué era lo que me quería decir. Ciertamente, no era que no me peleara con los correligionarios, porque él sabía que eso nunca lo había hecho. Me quedé, pues, siempre con esa duda, pero no sin la certidumbre que no iba a ser un reproche, porque siempre me había tratado con muchísimo afecto, desde que escribí aquella carta a El Diario que motivó mi prisión por 31 días, por decir en aquella misiva que Wilson no era comunista como se decía en dicho vespertino, acusándolo de algo que ni la famosa DINARP se había atrevido a decir de él.

    Gonzalo Aguirre Ramírez